miércoles, 20 de mayo de 2015

Relato ambientado en el circo a partir de la primera frase.





Por los pelos

Una noche en el circo recobré un lenguaje perdido en el momento que los jinetes con antorchas en la mano galopaban en ronda feroz sobre corceles negros. De repente, un lenguaje que habitaba latente en mí fluía de mi boca con inusitada soltura.

En la negrura de la noche aquellas antorchas intimidaron a los trabajadores del circo que se asomaron temerosos desde las caravanas. No se trataba de ningún número del circo, sino de los sicarios del temible Walter McFire.

Me había tomado unas copas de más, es cierto, por ello me costaba mantener la verticalidad y, en lugar de acudir al encuentro de los jinetes, como hicieron los valientes domadores, me escabullí hacia las jaulas de los animales. Los leones me dan miedo, así que me escondí entre los elefantes. Se acercó Maxy, el más anciano de los elefantes y escupió un bramido que comprendí.

―¿Qué haces aquí? ¿No tienes una caravana donde meterte?

Y yo, ni corto ni perezoso, le respondí:

―Sí, pero esta gente me da mucho respeto, que están muy locos ―esta frase la pronuncié en un lenguaje elefantino del que no me tenía por conocedor.

―¡Anda! ¿Hablas nuestro lenguaje?

―Sólo cuando estoy trompa ―respondí.

Se fueron acercando todos los elefantes y me manifestaron sus quejas: que si comían poco y mal, que bebían poco, que tenían que sostener mucho peso, que les incomodaba tanto desplazamiento, que su trabajo era muy monótono…  Les presté poca atención por dos motivos: porque me aburrían sus reniegos y porque estaba ebrio.

De pronto, Maxy levantó la trompa e hizo mantener el silencio. Había oído un ruido extraño. Nos quedamos todos en silencio y pudimos oír cómo resoplaba un caballo. Me dirigí al exterior con alguna que otra dificultad locomotriz y encontré a uno de los sicarios de McFire.

―¿Qué buscas aquí?

―Quiero llevarme a la mujer barbuda.

―Ni hablar. En Alabama todos vienen a conocerla. Es nuestro principal activo en este circo.

―Oye, mira, vamos a arreglarlo. Necesito tres pelos de la barba de la mujer barbuda para una pócima que curará a la hija de Walter McFire. ¿Me ayudas a conseguirlos?

 ―No. No te imaginas las malas pulgas que se gasta.

―Es que si no me ayudas los jinetes quemarán la carpa y vuestras caravanas.

―¡Ah! En ese caso, vamos a ver qué podemos hacer.

―¿Cómo podemos entretenerlos?

Gracias a mi lenguaje elefantino convencí a los elefantes para que hicieran el número estrella: todos en fila apoyando las patas delanteras en el torso del elefante delantero. Accedieron con reticencia, bajo la amenaza de morir chamuscados.

Mientras el resto de jinetes contemplaba absorto el espectáculo espontáneo, el avanzado y yo irrumpimos en la caravana de la mujer barbuda, que dormía a pierna suelta y emitía unos ronquidos que hacían peligrar la incandescencia de la antorcha. Le arrancamos tres pelos de la frondosa barba y nos escurrimos dejándola atada, cualquiera se atrevía a dejarla suelta.

―¡Menuda barba de hipster! ―exclamó el jinete.

Con el botín en sus manos, los sicarios abandonaron las instalaciones del circo. Los elefantes me gruñían y no entendía qué querían. Claro, con las emociones vividas se me estaba pasando la borrachera.

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