miércoles, 11 de diciembre de 2013

 

El Santero de San Saturio
 
La mañana acarició gélida las mejillas de Neftalí Alvargonzález. En la austeridad de su celda, reconoció aquel helor que le despertó con los claros del día. Abrió tímidamente el postigo de la ventana y, en efecto: había llegado el invierno. Una luz blanquecina e intensa llenó la humilde estancia y Neftalí contempló enmudecido la belleza del paisaje.

Un manto denso y níveo había cubierto en silencio el monte de Santa Ana y tapaba los tejados de Soria. A juzgar por el peso que sostenían los esqueletos de los chopos llevaba varias horas nevando y los copos, majestuosos en su tamaño y macizos en su morfología, se iban posando mansamente unos sobre otros, como preparando un lecho de ángeles para los que seguían descendiendo. El río Duero, que se había vestido de gris para recibir las nieves, parecía de acero bruñido. Sin duda, la primera nevada del año, aunque añadía complejidad a la labor del santero, era un acontecimiento esperado.

Don Neftalí desayunó frugalmente sin dejar de contemplar desde el ventanuco el idílico escenario con el que Dios le había obsequiado aquella mañana y llevó a cabo sus precarias abluciones. Abandonó la ermita y hundió sus pasos en el medio metro de alfombra blanca que le llevaría a Soria, y en la que sus pasos firmes irían dejando pequeñas máculas en forma de trazado hacia la ciudad que aquel día, después de meses, se veía más pequeña. Al adentrarse tan sólo encontró jovencitos que jugaban con la nieve de camino a la escuela, y alguna que otra figura que se desplazaba con torpeza, probablemente eran criadas y barrenderos, porque los funcionarios todavía estaban retenidos por el calor de las mantas.

—Don Neftalí, pase y tómese un café con leche y unos roscos —vociferó Claudio desde la taberna de Garrín, acompañado de una cuadrilla de agentes de la Benemérita que frotaban sus manos para entrar en calor.  

El santero gustaba de mezclarse con el pueblo, acostumbrado como estaba a su vida de ermitaño. Conocía bien a todas las familias y las necesidades posbélicas que la guerra despiadada había dejado. Sabía bien que el duque de Saavedra no podía pagar la luz de su caserón y que su alacena solía estar baldía casi de manera consuetudinaria; que si Don Hipólito de Fuentemayor quería echarse algo a la boca, tenía que robar un pastelillo del aparador de la confitería Herrero cada vez que entraba a saludar al laborioso pastelero; sabía que, tanto ellos como muchos otros, se escabullían en su presencia para evitar la vergüenza de admitir que no podían dar dinero para el santo. Don Neftalí, que era pobre hasta para pedir, se conformaba con unas perras gordas que, sobre todo, le procuraban las criadas en un acto desesperado de fe. Aquel día regresó con la faltriquera ligera, pero llevaba el entusiasmo impregnando su espíritu y no le importó.

De regreso a la ermita, la nieve interrumpió su caída pertinaz, el sol cegaba y los barrenderos habían devuelto a la ciudad una cierta normalidad y también habían profanado el impoluto paisaje. Los vecinos retiraban la nieve, sucia y pisoteada, delante de sus casas. «¡Qué lástima!», pensó el santero. Pero pronto llegó a San Pedro, y justo después, al soto, venturosamente nevado todavía, y deshizo el camino sobre sus pasos por Santa Ana, para dejar el paisaje que había estrenado hacía unas horas lo más nítido posible. Al llegar al portalón de la ermita, se secó las lágrimas que el viento helado había posado en sus ojos y contempló, en todo su esplendor, aquel maravilloso milagro de la naturaleza. El Duero había recobrado su color azul, pero Nefalí sabía que pronto caería otra nevada, y esta vez sería de antología.