martes, 15 de julio de 2014

Relato en el que se produzca un reencuentro 



Desencuentros reencontrados

—Hola, Claudia —oyó antes de quedarse petrificada.
De todos los momentos emocionantes, Claudia aguardaba con especial euforia el de la cola de embarque de EasyJet para ir a Londres. De vez en cuando hacía una escapada que le servía, principalmente, para ver a su príncipe azul, Tom, y además, para evadirse de la sensación de sentirse observada en su ciudad. Durante las dos horas de vuelo trazaba un plan de actividades en su cabeza, para no perder un segundo a partir del aterrizaje.
Pero aquellas dos palabras la descentraron, porque habría reconocido aquella voz entre un millón, aunque hubieran transcurrido casi dos décadas. Alguna vez había fantaseado con la remota probabilidad de encontrarse con Tomás, su primer novio, con el que compartió cinco años de su vida. Y allí estaba, aguardando su turno para embarcar hacia la misma ciudad donde iba ella. Los dos, de nuevo, el mismo punto.
No confiaba en tener una reacción relajada y una batería de imágenes del amor compartido empezó a desplegarse en su memoria a velocidad de vértigo. Había sido una bonita historia de amor, ella había puesto todas su ilusiones, pero aquella personalidad arrebatadora le fue arrebatando su seguridad. Tomás se convirtió en una persona irascible, neurótica y explosiva, tensando la distancia entre ellos y demostrándole su paulatino desamor, mientras ella se desvivía por mantener encendida la llama del amor.
Un mal día Tomás le comunicó su decisión de abandonarla, sin más explicaciones, de un modo cobarde y ruin, y Claudia estuvo llorando todas las noches durante tres meses.
No le guardaba rencor, porque había empleado su inteligencia y su indiscutible buena pasta para atesorar los recuerdos más bellos del lustro que pasaron juntos. No obstante, no deseaba que fuera mucho más feliz que ella. Como mínimo, igual. Más, no.
Claudia giró su cabeza en un gesto engañosamente relajado y fingió alegrarse de verlo. O tal vez no fingió, porque dentro de ella había un rescoldo. Tomás también se sorprendió de lo bien que el tiempo y la vida habían tratado a su exnovia: además de conservar la belleza, tenía el brillo que le producían estas escapadas a la pérfida Albión.
Se sentaron juntos, pues esta compañía no facilita asientos numerados, y estuvieron charlando durante todo el trayecto. Tomás no tenía pareja estable e iba a Londres por negocios. ¿Por negocios el fin de semana? Seguía siendo un embustero. El vuelo fue agradable, se pusieron al día de sus vidas y algunas miradas inquietas se encontraron en el apretado espacio.  
El aeropuerto de Gatwick acogió el aterrizaje y salieron ambos con sendas maletas. A Claudia la esperaba Tom, con unos ojos azules con los que la joven soñaba y  navegaba por los confines de sus deseos. Tomás se despidió de Claudia y se alejó entre la concurrencia. Tom abrazó a su chica y ella no pudo evitar mirar sobre el hombro del inglés para confirmar su sospecha de que algo se había removido en Tomás: si se giraba, se habría encendido, de nuevo, la llama. Se alejaba y se giraba, mirando con cierta envidia aquella relación que le pareció idílica.
El trayecto desde el aeropuerto al piso de Tom solía ir colmado de besos, caricias y disputas para tomar el turno de voz, pero aquel día Claudia estaba distante. Se agolpaban en su pecho los recuerdos y las palabras, recientes e históricos. Tom era impecable, pero Tomás era su gran amor, no tenía sentido seguir engañándose. Y, sin darse cuenta, empezó a comportarse con Tom como Tomás se comportó con ella: con pequeñas quejas continuas, con distancia, con total falta de ternura… entonces comprendió dos cosas: que Tomás había estado con otra mujer mientras fueron novios y que Tom no podría darle nunca la salsa que necesitaba para condimentar su vida.
Y en aquella cama cerca de Paddington decidió cortar con los dos para poder seguir amándoles eternamente. Claudia siempre había sido una romántica.   

No hay comentarios:

Publicar un comentario