lunes, 28 de julio de 2014

Penoteca




Núria, una de mis gourmetferidas ha vuelto a nacer después de un susto coronario y lo hemos ido a celebrar por todo lo alto. 


Esta vez ha sido en el restaurante Enoteca, ubicado en la primera planta del Hotel Arts.




Curiosamente le han concedido dos estrellas Michelín. Tenemos cita para el Celler de Can Roca y ya hemos probado a Xabi Bonilla y sus delicatessen caseras, por lo que nos faltaba completar la serie. ¡Pero no hemos triunfado!

No es que hayamos cenado mal, lo que pasa es que, como dice Nerea, mi otra gourmetferida, faltó el factor UAU. Ningún plato nos dejó extasiadas de placer y eso es imperdonable en un dos estrellas. Las comparaciones son odiosas, pero cuando pienso en el veneciano restaurante Met, pienso que Enoteca tiene que ponerse las pilas o una de las estrellas se convertirá en fugaz. 


Vaya por delante que el local es precioso. Es todo blanco y a través de los cristales de una de las paredes se ve el final de la calle Marina, alegre y bullicioso en una noche estival. Nos recibe la directora, nos acompaña a nuestra mesa. Al cabo de una hora se llena hasta la bandera.

El menú degustación cuesta (no vale: cuesta) 145€+ IVA. Por ese precio quiero cohetes.

Nos proponen tomar una copa de cava. Accedemos, es cava Recaredo, vamos bien, pero por las dos copas nos cobran 25€+IVA.  Un abuso.

Decidimos el vino. Más que la carta de vinos nos traen una enciclopedia. Acordamos que queremos un vino blanco, así que nos vamos a Galicia, hace tiempo probé As Sortes de Val do Bibei y me encantó, como me encantó encontrármelo en la carta… pero no tuvimos suerte, no había. El sommelier nos recomendó otro: Quinta de Buble.


Nos traen los primeros aperitivos:


Snack crujiente de piñones, sabroso, pero medio bocadito.


Ensalada Waldorf, la presentación es de nota, pero el apio se come todo el resto de sabores.


Donut de foie: Presentación sorprendente, buen sabor, pero para mi gusto falta algo de pan que sustente el foie.


Siguen los entrantes: ¡Viva México! Guacafoie, Tacos y Chipotle. ¡Cuidado con el chipotle, que hay comerlo de un bocado porque existe el riesgo de ponernos perdidas. Muy rico y muy original.


Ahora nos ofrecen dos tipos de pan, y escogemos el de avellanas. A Nerea le traen uno sin gluten.


Llega el primero de los platos: raviolis de langosta. Visto y no visto, demasiado escueto, pero rico.


A Nerea le traen atún.


Espardenyes Thai. Muy ricas… demasiado breve, tal vez por lo ricas que están.


Huerto de verduras con foie. Muy rico el foie fresco, pero no para estrella Michelín, en cualquier bar de Pamplona ponen un foie así de bueno, pero mucho más grande.


Arroz a banda. Que venga la banda, porque este arroz merece un himno. Muy rico, pero muy poco.


San Pedro con risoto de calamar. Muy buenas las dos cosas, pero escuetas.


Wagyu con diez contrastes. No sabíamos lo que era guañu, por lo visto es un tipo de carne como kobe, pero de la madre patria. Rico.


¡Que vienen los postres! El primero, selva negra. Demasiado pretencioso: la selva negra cuanto más auténtica, mejor.

 


El segundo, Tarantino: blanco por fuera y rojo por dentro. Yogur con coulis de frutas rojas. Un pelín empalagoso.

Pedimos infusiones y Roiboos, casi 30 euros por tres infusiones. Eso sí, acompañadas de petits fours.


Nuestro imbatible grupo tiene un inconveniente: Nerea es celíaca e intolerante a la lactosa, avisamos con tiempo y, en lugar de tenernos preparada una sorpresa, tuvieron que improvisar los platos al momento. La pobre se quedó con un solo plato de postre.

Si en lugar de una cena hubiera sido una comida, nos habríamos quedado con hambre después de pagar 200€ por melena. El chef brilló por su ausencia.

Terriblemente decepcionadas para un dos estrellas. Mencionamos en varias ocasiones el chuletón que Nerea y yo nos comimos en Pamplona. 

La semana que viene… ¡Nectari! A ver si nos deja mejor sabor.



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