martes, 6 de mayo de 2014

El misterio macabro de El crimen de Lord Arthur Saville
relato en el que se unen sueño y realidad 

Valentín era un hombre moderado, discreto, capaz de controlar cualquier emoción que pusiera en jaque su equilibrio. Se enamoraba con templanza, se entusiasmaba sin perder la contención y nunca perdía los papeles, ni levantaba la voz.
Sólo había algo que hacía tambalear su aplomo: un sueño intenso, de ésos que durante horas o, tal vez días, hacen dudar si fue un sueño o un viaje a una dimensión desconocida.
Todo empezó el día que soñó que vivía en una casa orientada al oeste y en cuya terraza leía un libro de Óscar Wilde titulado El crimen de Lord Arthur Saville. Aquella tarde tenía una cita para ver un piso y fue convencido de que no le podría gustar más que el de su sueño, pero se quedó sin palabras porque era, en toda su extensión semántica, el piso de sus sueños. Lo compró y, una vez instalado, encontró un libro en el altillo: El crimen de Lord Arthur Saville. Le quitó el polvo acumulado durante años y lo leyó en la terraza.
Trataba de un joven al que un vidente le echa las cartas en una fiesta y le dice que va a matar a alguien. El chico, un tanto perturbado, empieza a obsesionarse hasta tal punto que decide poner fin a su tormento buscando una víctima y así cumplir con el destino.
Otra noche soñó que sostenía un bebé en brazos. No le gustaban los niños y ni siquiera tenía pareja, pero durante el día se le aparecía la imagen del bebé con claridad diáfana, así que le preguntó a su hermana ―que sabía mucho de Astronomía, de energías, de piedras, de interpretación de sueños y de ciencias ocultas― qué podía significar y le respondió que el bebé simbolizaba un cambio favorable. Aquel fin de semana conoció a Conchi, la mujer de su vida. Desde entonces viven juntos y sabe que algún día tendrán un bebé como el de su sueño.
Con la misma terca intensidad soñó el fallecimiento de su padre, la defenestración de su jefe, su accidente en bicicleta y otros acontecimientos. Por desgracia había aprendido a identificar cuándo un sueño se convertía en inevitable y aquella noche había tenido otro: soñó que empujaba por la escalera a Consuelo, su vecina del cuarto. Consuelo era un ser insufrible y chismoso que se pasaba la vida espiando a los demás. Había intentado en vano romper el hielo con Valentín en varias ocasiones en el irrespirable espacio del ascensor, pero él siempre evitó las camaraderías. No le gustaba aquella mujer, estaba claro, pero empujarla escaleras abajo le parecía excesivo.
Durante su jornada laboral se sintió inquieto, pues detestaba la sensación residual que dejaban los sueños intensos. Era como revivir El crimen de Lord Arthur Saville. Mordidas las uñas, empezó a roer la carne de sus dedos, poseído por la inquietud que le producía el futuro inmediato. Su mujer, sabedora del malestar de su esposo, le propuso  hacer algo diferente aquella tarde: irían a un mercadillo de libros de segunda mano que habían instalado muy cerca de casa. A Valentín le pareció buena idea y le pidió a Conchi que llevara el libro de Óscar Wilde que tantos problemas le había ocasionado. Lo vendieron por veinte céntimos y, tras tomar un vino y unas bravas, entraron en el portal de casa con Alberto, un vecino adolescente aficionado a la guitarra que venía de ensayar con los amigos y estaba entusiasmado con su compra: El crimen de Lord Arthur Saville por un euro en un mercadillo que encontró de camino a casa.
Valentín y Conchi se cruzaron una mirada de preocupación y, al salir del ascensor, encontraron en el rellano a Consuelo. No podía ser ningún otro vecino, sino Consuelo. Se disponía a bajar las escaleras cuando Alberto le dio un golpe sin querer con la guitarra mientras buscaba las llaves.
Valentín corrió a capturar a la vecina chismosa que había iniciado el descenso en caída libre y evitó la catástrofe. Alberto no se dio cuenta del incidente, pero para Valentín aquel acto heroico puso punto final a su agonía. Lo que desconocía era que la verdadera agonía estaba por llegar: Consuelo se sintió en deuda con él y estuvo más plasta que nunca por los siglos de los siglos.










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