sábado, 19 de julio de 2014

El binomio tardío

      

Don Cándido Recóndito regentaba la estrambótica tienda de la esquina de la calle Arístides con la plaza Lacónica desde hacía más de cincuenta años. La inauguró el día de su trigésimo cumpleaños y ninguno de los presentes acertó a adivinar qué clase de tienda era aquélla que vendía, únicamente, objetos esdrújulos: láminas artríticas, cántaros  maquiavélicos, anémonas magnéticas, máquinas escuálidas, básculas atónitas, brújulas fantasmagóricas y toda suerte de adminículos polifacéticos. Objetos esdrújulos. 

      «Objetos, no: artículos», se defendía el joven Cándido.

      El establecimiento estaba cubierto de madera: suelo, paredes, anaqueles y mostrador. Al abrir la puerta, una campanilla daba la bienvenida y despedía al visitante. Por las tardes, un amplio ventanal que hacía las veces de escaparate llenaba de luz el establecimiento. El negocio no daba pingües beneficios, de hecho, era un tanto ruinoso. No obstante, como la trastienda era el domicilio que Don Cándido había heredado de sus padres, poco gastaba en arrendamientos y suministros, pues dos fluorescentes iluminaban el local y él personalmente se encargaba de la limpieza y mantenimiento. Y era un hombre austero. «Austero, no: místico», corregía.

      Veinte años después, allá por los años setenta, el paso del tiempo había llenado de polvo los rincones y las baldas superiores, pero el mobiliario permanecía exactamente en el lugar de origen. Acaso más deslucido. El ventanal seguía iluminando la estancia y evidenciando pequeñas moléculas flotantes así como el devenir diario de extramuros. Entrar en aquella tienda era como viajar al pasado. Los mismos clientes, que buscaban nuevos artículos como excusa para una amigable conversación con el dueño, frecuentaban el establecimiento desde su inicio. Una clientela que había ido plateando sus cabellos, en el mejor de los casos, al compás de los de Don Cándido. 

      Don Cándido agradecía la compañía, pero aun siendo solitario soñaba con un día en que aquella campanilla emitiera un tintineo de amor, preludio de una persona que llenara de luz el lúgubre local. Y que todo pareciera más brillante y esplendoroso a partir de entonces… Por si se producía el milagro aprendió de memoria incontables poesías y estaba preparado para dedicar a su amada las frases de amor más bellas de la historia de la literatura. Sumido en esa ilusión pasó, sigilosamente, medio siglo sin besos, ni abrazos, ni caricias. Sin conocer aquello sobre lo que tanto había leído: el amor.

      Aquél era su último día en la tienda y la víspera de su octogésimo cumpleaños. Apenas quedaba media docena de objetos a la venta: una cámara con trípode, un bolígrafo metálico, una estilográfica con una libélula, una espátula rústica, un termómetro esperpéntico y unos prismáticos básicos. Se vistió su mejor y único traje, el mismo que llevó el día de la inauguración. Don Cándido seguía siendo un alfeñique. Se anudó la corbata a la altura de otro nudo que anidaba en su garganta, porque esperando al amor de su vida se le había ido ésta. Y se preguntó a dónde irían aquellas bellas palabras que tenía preparadas si finalmente no encontraba a su amada.

      A las nueve en punto levantó, no sin esfuerzo, la persiana, que era el pasivo más moderno de la empresa y que había tenido que comprar para proteger el negocio de posibles vandalismos. Una inmobiliaria le había entregado una pequeña fortuna a cambio de su negocio-domicilio y podría vivir cómodamente el resto de su vida. Pero de nada servía el dinero si no podía compartirlo con una mujer especial. De pronto, la campanilla sonó y entró una dama encantada de sus sesenta y dos primaveras. Era espléndida, rolliza, morena, enérgica, con vivarachos ojos negros y labios brillantes de carmín rojo, a juego con el estampado de su vestido ajustado. Era ella.

      —Buenos días. Estaba esperando que abriera porque quiero preguntarle si tiene usted…
      —Sí. Tengo todo el tiempo para pasarlo con usted.

      Salió de detrás del mostrador, colgó un letrero en la puerta de la tienda y, una vez en la calle, ofreció su brazo a aquella dama a la que llenó de amor obsoleto e intenso todos los días de su vida. «Agradecidísimo. Cándido», rezaba el cartel.

   

martes, 15 de julio de 2014

Relato en el que se produzca un reencuentro 



Desencuentros reencontrados

—Hola, Claudia —oyó antes de quedarse petrificada.
De todos los momentos emocionantes, Claudia aguardaba con especial euforia el de la cola de embarque de EasyJet para ir a Londres. De vez en cuando hacía una escapada que le servía, principalmente, para ver a su príncipe azul, Tom, y además, para evadirse de la sensación de sentirse observada en su ciudad. Durante las dos horas de vuelo trazaba un plan de actividades en su cabeza, para no perder un segundo a partir del aterrizaje.
Pero aquellas dos palabras la descentraron, porque habría reconocido aquella voz entre un millón, aunque hubieran transcurrido casi dos décadas. Alguna vez había fantaseado con la remota probabilidad de encontrarse con Tomás, su primer novio, con el que compartió cinco años de su vida. Y allí estaba, aguardando su turno para embarcar hacia la misma ciudad donde iba ella. Los dos, de nuevo, el mismo punto.
No confiaba en tener una reacción relajada y una batería de imágenes del amor compartido empezó a desplegarse en su memoria a velocidad de vértigo. Había sido una bonita historia de amor, ella había puesto todas su ilusiones, pero aquella personalidad arrebatadora le fue arrebatando su seguridad. Tomás se convirtió en una persona irascible, neurótica y explosiva, tensando la distancia entre ellos y demostrándole su paulatino desamor, mientras ella se desvivía por mantener encendida la llama del amor.
Un mal día Tomás le comunicó su decisión de abandonarla, sin más explicaciones, de un modo cobarde y ruin, y Claudia estuvo llorando todas las noches durante tres meses.
No le guardaba rencor, porque había empleado su inteligencia y su indiscutible buena pasta para atesorar los recuerdos más bellos del lustro que pasaron juntos. No obstante, no deseaba que fuera mucho más feliz que ella. Como mínimo, igual. Más, no.
Claudia giró su cabeza en un gesto engañosamente relajado y fingió alegrarse de verlo. O tal vez no fingió, porque dentro de ella había un rescoldo. Tomás también se sorprendió de lo bien que el tiempo y la vida habían tratado a su exnovia: además de conservar la belleza, tenía el brillo que le producían estas escapadas a la pérfida Albión.
Se sentaron juntos, pues esta compañía no facilita asientos numerados, y estuvieron charlando durante todo el trayecto. Tomás no tenía pareja estable e iba a Londres por negocios. ¿Por negocios el fin de semana? Seguía siendo un embustero. El vuelo fue agradable, se pusieron al día de sus vidas y algunas miradas inquietas se encontraron en el apretado espacio.  
El aeropuerto de Gatwick acogió el aterrizaje y salieron ambos con sendas maletas. A Claudia la esperaba Tom, con unos ojos azules con los que la joven soñaba y  navegaba por los confines de sus deseos. Tomás se despidió de Claudia y se alejó entre la concurrencia. Tom abrazó a su chica y ella no pudo evitar mirar sobre el hombro del inglés para confirmar su sospecha de que algo se había removido en Tomás: si se giraba, se habría encendido, de nuevo, la llama. Se alejaba y se giraba, mirando con cierta envidia aquella relación que le pareció idílica.
El trayecto desde el aeropuerto al piso de Tom solía ir colmado de besos, caricias y disputas para tomar el turno de voz, pero aquel día Claudia estaba distante. Se agolpaban en su pecho los recuerdos y las palabras, recientes e históricos. Tom era impecable, pero Tomás era su gran amor, no tenía sentido seguir engañándose. Y, sin darse cuenta, empezó a comportarse con Tom como Tomás se comportó con ella: con pequeñas quejas continuas, con distancia, con total falta de ternura… entonces comprendió dos cosas: que Tomás había estado con otra mujer mientras fueron novios y que Tom no podría darle nunca la salsa que necesitaba para condimentar su vida.
Y en aquella cama cerca de Paddington decidió cortar con los dos para poder seguir amándoles eternamente. Claudia siempre había sido una romántica.   

lunes, 7 de julio de 2014

Perder el sentido es fácil en Cinc sentits




Cinc sentits es un tesoro escondido en el Eixample. El nombre del restaurante es acertado, aunque no da fe de todo cuanto acontece sobre sus manteles, porque además de recrear la vista con presentaciones imaginativas, el oído con crujidos insólitos, el tacto con tapillas imposibles de alcanzar con cubiertos, el olfato con olores intensos y el gusto con sabores exquisitos, Cinc sentits hace alarde de un sentido de la elegancia extensible a todos los niveles medibles en restauración: el respeto a la altísima gastronomía, trato atento, decoración del local, interés por el disfrute de los clientes y una lista casi inacabable de parabienes.

La iluminación es tenue, si la visita al restaurante es de día, la sensación de oscuridad al entrar es extraña, pero conforme nuestras pupilas se adaptan al nuevo medio, el comensal percibe que las luces enfocan, principalmente, los platos y, por extensión, a los comensales. Los camareros participan en el show desde un segundo plano, casi en penumbra. Su presencia es constante, las copas siempre están llenas por arte de magia. Pero está claro: la protagonista es la comida. La primera pregunta que hacen es en qué idioma deseamos hablar, por lo visto conocen un amplio abanico de lenguas. A continuación escogemos un menú entre cuatro posibles: de 109€, de 79€, de 59€ y de 49€. Escogemos el de 59€. La ocasión lo merece, porque mi tía Maruja cumple 75 años y me invita generosa y amablemente.



Y empieza el festín: cuatro tapas: crujiente de bacalao (explosión de sabor), pan con romesco (delicioso) , pan con tomate (deshidratado y desmenuzado, muy original) y oliva gordal marinada con ajo y hierbas de Collserola, buenísima.



Y otra tapa de propina: Chupito de jarabe de arce, nata, sabayon de cava y sal de mar. Se toma de un golpe, hasta que se nota la sal en contraste con el jarabe, que está un poco caliente. Una sensación indescriptible y un postgusto largo y delicioso.



Empiezan los platos serios y, para acompañarlos, nos dan a escoger tres tipos diferentes de pan: pan de cereales, pan ahumado de trigo y pan blanco. Está muy bueno y sólo puede mejorar de una manera: con aceite. Podemos escoger: de Les Garrigues y L’Empordà.



Primer plato: pulpo con limón, pimienta bord de Mallorca, ostra y alga. De rechupete.



Segundo plato: Verat (caballa) con manzana congelada (es decir, ralladuras congeladas de manzana verde), apio, zanahoria y crumble de pistachos. Muy gustoso. El pescado en su punto de sabor intenso y de cocción.



Tercer plato (y, a mi gusto, el mejor): Huevo de corral con patatas y anchoa. Impresionante. El huevo estaba poché, con un poco de yema cruda en el centro, lo justo, que mezclada con el puré de patata y el de achoa, estaba de lagrimilla. Una lástima cuando se acabó.


Cuarto plato: Arroz cremoso de bacalao con guisantes y crujiente de miel. El arroz, correcto: ni duro, ni blando; vamos bien.  El bacalao buenísimo y todo mezclado con el crujiente de miel ganó en intensidad y en constraste.



Quinto plato: ya lo decimos los taurófilos: no hay quinto malo. Y éste no iba a ser una excepción. Ternera con chirivía y coliflor. La coliflor estaba crudita y fría, para contrastar con la ternera rebozada, que estaba deliciosa.



Mi tía Maruja, que rezuma glamour y estilo por los cinco sentidos y más allá, me advirtió para entonces de lo ahíta que se encontraba. Entonces llegó el postre.

Plátano en cuatro texturas. Mousse, bizcocho, helado y macerado. A cuál mejor. ¡Qué barbaridad!



 Cada manjar se emplata en una fuente diferente. Todos ellos sorprendentes en forma y fondo. Presentaciones asombrosas y sabores intensos.

Llegan los cafés y hay azúcar para todos los gustos: blanco, moreno, con vainilla y de piedra. 

Y, para acompañar los cafés: tentaciones de pan con chocolate, músico en gelatina y nube de naranja. Todo ello acompañado de una original galleta María.




Galleta María del Cinc Sentits 


Al escoger el menú de 59€ asumimos el riesgo de salir con hambre. Pero no, Cinc Sentits satisfizo todos nuestros sentidos. ¡Repetiremos!  


lunes, 16 de junio de 2014

Relato homenaje a Cortázar
El Oráculo de Delfos



Otro día igual, asqueado en el sofá, restos de pizza en la mesa auxiliar, latas de cerveza vacías acumuladas, colillas rebosando del cenicero, nada interesante en la tele ni en el WhatsApp. Se miró los pies, tenía que cortarse las uñas, pero ya encontraría un momento, al fin y al cabo con las sandalias no le molestaban. También se tenía que afeitar, no lo hacía desde el viernes y era lunes festivo por la noche. Tenía el cuerpo empapado en sudor y apestaba a sebo consolidado.
Desde que Natalia lo había abandonado, superadas las primeras semanas de euforia desaforada, Alberto era un desecho humano. Dès lors, ses échecs sont de plus en plus nombreuses. Y lo sabía, pero no lo remediaba. Todo le aburría. Tedio enfermizo que apaga la luz. Su insufrible verborrea provocaba fugas a su alrededor, se había quedado solo. Vacío masticable que se le atragantaba.
Iba a dormir cuando vio que empezaba una película: Shirley Valentine. Trataba de una señora inglesa que, aburrida de su marido, decide irse sola de vacaciones a Grecia y allí descubre que está llena de vida. Se quedó hasta el final y, ante la visión de sí mismo como un despojo vomitivo durante sus vacaciones, inspirado por el film decidió ir a una agencia de viajes. Escogió Grecia como destino. «A Santorini, a ver si pillo algo».
Apareció en Santorini con su aspecto de cuarentón perdedor dispuesto a hacer pesca de arrastre y llevarse por delante todo aquello que se dejara, pero no le fue fácil. Las italianas huían cuando veían la dejadez de su aspecto. Las españolas buscaban hombres italianos. Las inglesas no le entendían cuando hablaba. Las alemanas detectaban que les iba a costar dinero... y que a todas luces no valía lo que costaba. Y las griegas… no había griegas en Santorini.
Paseaba por  las playas volcánicas, que le parecían horribles a su mente estrecha. Iba de un extremo al otro, con un contoneo de latin lover trasnochado y un bañador ridículo que apenas cubría sus flácidos atributos. Las mujeres lo miraban, sí, pero sorprendidas de que aún quedaran ejemplares de aquella especie. Intentó iniciar alguna conversación, pero desprendía tal negatividad que las mujeres se retiraban ipso facto.
Llevaba tres días en la isla y no había sido capaz de mantener una conversación de más de veinte segundos. Un fracaso, como su vida distópica y su futuro presente. Envidiaba a las parejas que iban de luna de miel y cuando miraba la luna desde su humilde y calurosa habitación, la suya le parecía una luna de hiel. No era capaz de asumir su parte de culpa, prefería quejarse y considerar a las mujeres como seres irracionales e inferiores: había aprendido a hacer de la necesidad, virtud.
Una tarde se sentó en la terraza Edelweiss y pidió un café frappé. A su lado vio una mujer que le recordó a Shirley Valentine. Estaba sola y se la veía encantada de su soledad. Por el tono de su piel se adivinaba que llevaba varios días de vacaciones. Alberto se acercó y le preguntó si podía sentarse con ella. Ella accedió con reticencia. Era española.
—Curioso país éste de Grecia. Cuando estamos en España nos parece que está al borde del abismo, y uno llega y se encuentra un paraíso. —La mujer asintió por compromiso y Alberto siguió hablando con los ojos cerrados, para escucharse mejor—. Oh, Oráculo de Delfos, tríglifos, naves que llevan a la eternidad, Parnaso, coloso de Rodas, She loves you yeah, yeah, yeah. La luz de sombra quema el templo de Zeus y un crujido de historia abre una grieta en la playa. Escala de Richter a punto de hervir. Frisos de retsina, suave brisa —entreabrió un ojo para cerciorarse de que no estaba solo y encontró la silla vacía.
«¿Qué les pasa a las tías? No están preparadas para conversaciones de nivel», pensó. «Ya sé lo que pasa. El amor ya no quiere ser amor. Por eso ha adoptado forma de smart phone».


Aquella era la puesta de sol más bonita que había visto… y tragó la saliva amarga de la soledad. Todavía no había encontrado un momento para cortarse las uñas de los pies. 

viernes, 6 de junio de 2014

Descripción de personajes mediante pequeños gestos 



¡Bingo!

Alexia encontró un trabajo cuando faltaban dos semanas para agotar su prestación de desempleo. Había estudiado Ciencias Exactas por devoción y Psicología por afición. Gracias a la primera de sus carreras consiguió un empleo cantando números en un bingo.
En el fondo le resultaba humillante el puesto, el proceso de selección y tener que hacer público que las horas de estudio y su experiencia laboral le habían hecho merecedora de un trabajo de esa guisa, pero no podía arriesgarse a quedarse sin ingresos. El encargado del bingo, Alfonso Castro, no pudo encontrar una fisura en su currículum por más que lo releía mientras éste temblaba en sus manos nerviosas y tapaba una pequeña parte de su enorme estómago. Sus gafas pequeñas se aguantaban en la punta de su nariz y sobre ellas unos ojos inseguros y lascivos intentaban fijar la vista en los de Alexia, pero inevitablemente descendían al escote. Aunque era consciente de que la candidata estaba sobrecualificada, decidió contratarla y, una vez firmado el contrato, le pidió que procurara llevar escotes tan pronunciados como el de aquel día. Alexia supo que trabajar allí iba a ser un error, pero a lo hecho, pecho. Empezó a trabajar el día siguiente.
Alfonso Castro la observaba con un codo apoyado en la barra. Sostenía en la mano un vaso de tubo con bourbon Four Roses que agitaba de forma mecánica haciendo chocar los cubitos de hielo. Daba sorbos largos sin quitar la vista de Alexia y se secaba los labios con la mano. Su mirada era viciosa. Seguro que se mataba a revistas porno en la soledad de su casa. Llevaba camisas de manga corta con los botones de arriba desabrochados y mostraba pecho peludo y cadena de oro.
Cuando llevaba una semana trabajando empezó a identificar a los clientes habituales. Como Andrés Corominas, un sesentón que iba al bingo ataviado en sus mejores galas, generalmente trajes claros con americana cruzada. Solía beber coñac del bueno y también quedarse hasta que cerraban el local. Si había algo que estaba claro era lo mucho que le desagradaba Alfonso Castro, y ello le garantizó cierta simpatía por parte de Alexia. En ocasiones se quedaba inmóvil, con la mirada perdida en algún tiempo pasado tal vez, y jugaba a incrustar el cartón del bingo entre la uña y la carne de su dedo pulgar. La soledad le había abocado a un mundo disoluto de juego, alcohol y esporádicos amores meretricios del que sólo podría salir si encontraba un amor verdadero, pero buscar un amor no estaba en sus planes, y era una lástima porque de estarlo no pasaría las noches sin levantar la vista de los cartones y se daría cuenta de la presencia de Carmen. Mucha fachada, pero su timidez lo había devorado y lo estaba reduciendo a la mínima expresión.
Carmen Merino era una cincuentona gruesa y peluda. Su pelo recio, negro y abundante era lo que más destacaba de su fisonomía. Debió ser una mujer de bandera unas décadas atrás, porque quien tuvo, retuvo y su empaque era de categoría. Le sobraba maquillaje y vestía con un estilo tan extremado que a veces rayaba en la chabacanería. Se perfumaba en exceso, pero era evidente que era una mujer limpia como los chorros del oro. Bebía vino tinto. El de la casa, mismo. Y si la copa dejaba un cerco de agua en la mesa, lo secaba con una servilleta. Trabajaba haciendo limpiezas domésticas y su acento era murciano. No se sabía su estado civil, pero por la avidez con la que miraba a los clientes, estaba claro que necesitaba compañía. Procuraba dar la espalda a Alonso Castro y evitar a toda costa cualquier tipo de contacto con él, incluso el visual.
 Alexia empezó a aburrirse en el trabajo. Cantar números se le hacía matemáticamente insufrible y aguantar las indirectas y las miradas de Alfonso Castro, así como esquivar su mano atrevida después de unas copas era muy duro de llevar. Aquel jueves su objetivo era sentar a Andrés Corominas y Carmen Merino en la misma mesa y dejar que Cupido hiciera el resto. Los jueves solían llenar el bingo y aquel no fue una excepción. Cuando llegó Carmen no cabía un alfiler y Alexia llamó a una camarera y le pidió que juntara a los clientes de la mesa de Andrés para que cupiera la murciana con semblante depredador, pero más mansa que una paloma. Así lo hizo y, aquel día, Andrés y Carmen salieron del brazo después de haber cantado dos líneas y un bingo, y nunca más aparecieron por allí.

Todavía quedaba el asunto Alfonso, que se agravaba por momentos. Alexia conocía este perfil de psicópatas, y sabía que en cualquier momento se le insinuaría y no aceptaría un no por respuesta, por ello siempre llevaba el móvil en el bolsillo y grababa las pocas conversaciones que cruzaba con él. Hasta que sucedió. Por suerte, Alexia grabó la propuesta de él y la negativa de ella y lo denunció. Por lo visto atesoraba un extenso historial de denuncias. Alexia ganó el juicio y su abogado la contrató a tiempo parcial, lo que le permitió acabar la tesis doctoral. La experiencia binguera le había dado mucho material para completarla. 

miércoles, 4 de junio de 2014

Relato basado en una máquina de escribir





Tardes de Olivetti

 

Algunas tardes mi madre me llevaba a la fábrica de mi padre y me sentaban en el despacho, junto a Aurora, la secretaria que se encargaba de todo. Yo balanceaba las piernas mientras la observaba trabajar y la miraba con admiración. Aunque apenas llegaba a los veinte años, me parecía mayor. Solía llevar blusas abrochadas hasta el cuello, faldas por debajo de las rodillas, zapatos de tacón y la manicura perfecta. Me podía pasar horas mirando cómo tecleaba la Olivetti con aquellos dedos delgados y, si se le atascaban las barras de tipo, entonces las desagrupaba con sus dedos delicados en un gesto femenino y elegante.

Cuando mis padres iban juntos a inspeccionar la zona de producción, Aurora y yo nos quedábamos solas en el despacho y me preguntaba las tablas de multiplicar, los ríos de España y a qué especie pertenecían los animales que elegía al azar. Si contestaba bien, que era casi siempre, me premiaba con un caramelo y, lo mejor: tecleaba siguiendo el ritmo de una canción cuyo título tenía que adivinar. ¡Así me podía pasar horas!

Los chasquidos de aquella máquina de escribir eran mágicos, pues llegaban a hipnotizarme casi tanto como la destreza de Aurora. ¡Y qué decir de la campanilla al final de línea!

―Deberían inventar máquinas de escribir que tuvieran memoria, porque ésta ha vivido toda la de esta empresa. Nunca te deshagas de ella ―me dijo un día mientras me dejaba teclear sentada sobre su falda.  

Nunca lo hice. La Olivetti está en el altillo, envuelta y metida en una caja. Aurora no vivió para ver que se inventaron «las máquinas de escribir con memoria», memoria frágil, pues me han fallado dos discos duros y voy por mi tercer ordenador. No podría vivir sin él… pero si tuviera que dejar un mensaje a alguien a mis biznietos,  utilizaría la Olivetti que ve pasar el tiempo desde el altillo y no ha fallado jamás.

sábado, 24 de mayo de 2014

Relato inspirado en la arquitectura de Gaudí, en el que intervenga la naturaleza y una espiral 



Naturaleza muerta

Habían transcurrido apenas tres meses desde que Narciso recibió aquel misterioso telegrama de Don José Luís Sáenz-Robles de Vinuesa, el notario. Acudió a la cita enigmática para comprobar, atónito, que su madrina, a quien no había vuelto a ver desde su bautizo, lo había nombrado heredero universal de su patrimonio.
La tía Margarita no había tenido hijos ni sobrinos carnales, pues era soltera, hija única de buena familia por parte de madre y pájaro libre. En realidad le daba igual a quién iban a parar los bienes que no le diera tiempo de patearse, pero después del bautizo de Narciso hizo testamento y empezó una vida alejada de encuentros familiares. En aquella sala modernista de techos altísimos decorados con relieves con formas vegetales, Narciso se sintió pequeño y asustado y firmó tembloroso la aceptación de herencia sobre una mesa de caoba brillante, cuyos nudos parecían decirle «no lo hagas».
Heredó, entre otros bienes, un piso en la casa Batlló. Él vivía en una oscura planta baja en el Carmelo y era el único trabajador de una lúgubre oficina de peritajes en Horta. Los peritos se pasaban el día verificando y él se ocupaba de todo el papeleo. No tenía pareja, no tenía padres y su vida era tediosa. Era muy delgado, su tez tenía un color cetrino y ello, añadido a su carácter introvertido y tímido, lo hacían un hombre muy poco atractivo.
Pasaba tantas horas sin hablar con nadie en el trabajo que en ocasiones notaba cómo las paredes grises se agitaban y emitían un sonido de planchas metálicas. Era un ruido que le aterrrorizaba. La pequeña ventana empequeñecía hasta desaparecer, los fluorescentes se atenuaban hasta dejar la oficina en penumbra. Cuando esto ocurría, que era con frecuencia, Narciso cerraba los ojos y se acurrucaba bajo la mesa en posición fetal.
Mª Rosa, la hermana de Narciso, desconocía el padecimiento de su hermano, no obstante, veía como cada año que cumplía crecía su descontento y le recomendó irse a vivir a la casa Batlló, un cambio de entorno le sentaría bien. Hizo caso a su hermana y se trasladó al Paseo de Gracia, eso sí: con reticencia.
Cuando introdujo la llave en la cerradura, notó que alguien le observaba detrás de él, se giró con cuidado y no encontró a nadie, aunque la mirilla de la puerta vecina le pareció unos ojos que lo observaban. Era una mirilla idéntica a la de su casa que, por cierto, también le pareció que lo miraba. Abrió la puerta con las manos temblorosas y respiró aliviado al cerrarla tras su espalda. Ya estaba en casa. En su casa heredada y recién pintada, una casa sin apego y sin memoria, con paredes polimorfas, con redondeces y ornamentos hasta el aburrimiento. Una casa que no era un hogar. Visitó una por una todas las estancias, siempre con la sensación de ser observado por animales camuflados en las molduras, muebles y baldosines. Se sentó en el sofá y pudo escuchar con claridad el rumor de las hojas que decoraban los marcos de las puertas. En la chimenea del salón, los ojos de un búho lo seguían con la mirada. Aquella era una casa-bosque, y no pertenecía a nadie más que a los que en ella habían morado siempre.
La ansiedad de Narciso se agudizó cada día que pasaba allí dentro. Perdió mucho peso, no tanto por el tejido muscular que había perdido, sino porque sus huesos se estaban aligerando. Era como si se estuvieran convirtiendo en huesos de madera. Sus nudillos sobresalían como el nudo de una rama. Incluso al moverse, su esqueleto simulaba el crujir de las ramas de un chopo.
Su tez pasó de cetrina a verdosa y se le transparentaban los nervios bajo su piel. Cuando volvía a su casa de Paseo de Gracia notaba como durante su ausencia la vegetación había brotado con inexplicable fuerza expansiva. Las raíces de las plantas se asomaban desde los zócalos. Dragones, lechuzas, pájaros… un mundo animal había anidado en aquella casa de los horrores naturales. Las paredes y puertas cobraban vida. Hasta que una noche se quedó dormido en el sofá, se acercó una serpiente de escayola y tan sólo dejó de él sus huesos de madera.

Mª Rosa lo había estado llamando desde hacía unos días, pero Narciso respondía. Como tenía una copia de las llaves entró en la casa y la encontró como si su hermano hubiera salido a comprar algo y lo tuviera todo dispuesto para cenar. Encontró unas delgadas ramas junto al sofá, se agachó para cogerlas y encendió la chimenea con ellos, para sorprender a Narciso y que se  encontrara la casa calentita. Quien tiene una hermana tiene un tesoro.