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miércoles, 13 de junio de 2018

Relato que incluya las palabras en negrita



Noche, verano, vacaciones, velada, mar, descanso, libro, niños, alegría, helado

Si por algo me gusta mi trabajo es porque con la recepcionista imaginamos historias dignas de Oscar sobre los clientes del hotel. Por ejemplo, el señor que llegó la semana pasada era el hombre más guapo que había pasado por allí. Alto, fuerte, guapo y con el pelo blanco. Seguro que tenía un trabajo exitoso y una vida perfecta con una mujer perfecta en un mundo perfecto. Pidió un Montrachet bien frío y subió a su habitación.

Vine de Cádiz hace quince años, por amor. Y así como el amor inglés no me satisfizo, sí lo hizo este país. Empecé a trabajar en un hotel muy sencillo donde limpiaba habitaciones a destajo, pero hace unos diez años que estoy en este hotel boutique, cuyas tarifas astronómicas garantizan una clientela selecta y civilizada que ensucia menos.

Soy condescendiente con los clientes que cuelgan el letrero de «no molestar» en la puerta, porque a todos se nos puede ir el santo al cielo después de una agradable velada, pero si a las tres de la tarde no han dejado la habitación, tengo la obligación de entrar. El apuesto caballero de la junior suite no había devuelto la llave, por lo que era probable que estuviera dentro. Llamé dos veces antes de entrar y, al no responderme, por un momento lo imaginé recostado, esperándome en paños menores. Me equivoqué. En su lugar hallé su maleta cerrada junto a la cama. La habitación estaba recogida. ¡Qué raro! Entré en el baño y lo que vi me dejó sin palabras durante los siguientes días.

El cuerpo sin vida del huésped más guapo que jamás había visitado el hotel estaba en la bañera, sumergido en su propia sangre. A su lado, vacíos, la botella de Montrachet, una copa y varios blisters de ansiolíticos. El rigor mortis no afeaba su cara perfecta.

Cuando llegó la policía ya me había quedado muda y perlática. El director del hotel encontró una nota del cliente dirigida al servicio de limpieza en la que me pedía disculpas por los inconvenientes, con una retórica inglesa que no por ceremoniosa me hizo recobrar la voz. Mi jefe me obligó a tomarme unos días de vacaciones en Cádiz. Y aquí vine, a pasar calor.

*

Mis hermanas y mis amigas de siempre han cumplido con su aspiración: casarse. Suele pasarme lo mismo cuando llevo unas horas aquí, que recuerdo por qué no dudé en irme a vivir a Inglaterra cuando conocí a James. Quince años después siguen quedando en la playa de la Caleta todos los días después de la siesta, lo que resumen lo mucho que ha cambiado la vida por estos lares. Como suelo venir en verano, el protocolo es: quedamos, Mari lleva la mesa y las demás una silla plegable, jugamos al cinquillo y si hace mucho calor, hacemos un corrillo en la orilla del mar, hablan de lo que han preparado para comer y despotrican de sus maridos, mientras nos refrescamos las piernas y nos comemos un helado. Y así, todos los días.

Cuando vengo a Cádiz, como mi padre me deja su coche, me gusta acercarme a Conil. La playa es ancha y los gritos de los niños se difuminan en la amplitud del paisaje. Me gusta tumbarme en la arena, sentir el sol, leer un libro y reconocer que mi tierra es preciosa, aunque ya no pertenezca a ella. Y si me asalta la morriña, con el coche me acerco a Gibraltar o a Jerez, que también tiene un cierto aire inglés.   

Pero estos días se me están haciendo extraños. No estoy, exactamente, de vacaciones y la imagen del huésped guapo muerto me atormenta a todas horas e imposibilita mi descanso. Por la noche no puedo conciliar el sueño y por las mañanas, temprano, salgo a correr como las locas, bordeando la costa de la tacita de plata. Con el cuerpo empapado en sudor, compro un cucurucho de churros para desayunar con mis padres, que me están ayudando mucho en estos momentos. Esta mañana he abierto la puerta comiéndome uno y mi madre se ha acercado a recibirme.

Un inglé pregunta por ti, Paqui.    

Y en el comedor de casa de mis padres, sentado en la mesa camilla y tomando un café, justo antes de desmayarme, me encuentro al inglés alto, fuerte, guapo y con el pelo blanco que me había encontrado pajarito en la bañera del hotel. Qué alegría. El día promete.

 

 

martes, 12 de junio de 2018

Relato en primera persona narrado por un asesino con poco aprecio por los animales



Soy una fiera

Bellania, mi tercera mujer, no paraba de darme la matraca con eso de que quería pasar una temporada en un lugar tranquilo, con menos asfalto y más silencio. Como sé que no voy a encontrar otra mujer que sea más guapa y que anteponga mi dinero a denunciar mis métodos poco éticos para ganarlo, accedí. Nos mudamos a Halton Hills, en Ontario.

Sí, sí, lo que queráis. Es un lugar muy apacible y fotogénico, pero yo soy un hombre de acción y esto de que todos los días sean iguales, todos los días se vean las mismas caras y nunca pase nada interesante a veces me supera. Cogería el rifle y me liaría a tiros con todo. Permitidme que me presente. Me llamo Ronald Trush, soy americano y republicano y mi sueño es presidir la Asociación Nacional del Rifle, aunque una pitonisa una vez me dijo que llegaría a ser presidente de los Estados Unidos.

Aquí, en Halton Hills, como Bellania me conoce y sabe que soy un hombre de acción, de vez en cuando me prepara el equipamiento para ir a cazar. Las perdices ya no tiene ningún interés para mí. Bueno, por el rollo de la puntería, pero nada más. Lo de los renos y arces está mejor, pero ahora, lo que me mola, es cazar crías de osos. Las madres se vuelven locas cuando disparo a sus crías y es un espectáculo verlas llorar. Ayer mismo vi a una madre osa jugar con su cría y disparé. ¡Qué puntería! Me cargué al pequeño oso a la primera. ¡Ríete, Clint Eastwood!

Por alguna razón, los intentos de Bellania de establecer una amistad con los vecinos, dos  escoceses que vivían en la finca de al lado, no había prosperado. A mí no me gustan los escoceses en general. ¿Qué clase de hombres llevan falda? Los mismos que cuando llegan de trabajar cuidan su jardín. Cuando desde las habitaciones de arriba veo a Bill regando, podando y aclarando las plantas se me caen los testículos al suelo. ¡Será nenaza! Lo que me costó convencerlo para que se comprara un rifle, aunque sea para defenderse si un animal entra en su casa. Si bien Bellania dice que nuestros vecinos son muy buenas personas, a mí me parecen muy raros, no han querido aceptar ninguna invitación a nuestra casa, aunque la escocesa, una tal Dorothy, se lleva aparentemente bien con mi mujer. Por lo menos ella sí que es una mujer como Dios manda, que no trabaja para poder cuidar a su hijo en condiciones.

Tienen un bebé. Por lo visto a la pelirroja le costó quedarse preñada. Ya lo digo yo, los hombres con falda no son hombres de verdad. De vez en cuando lo sacan al jardín, para que le dé el aire. Desde que aprendió a gatear me va muy bien para afinar mi puntería a través del mirador de mi rifle.  

Hoy es domingo. Bellania esta mañana se estaba arreglando para ir a misa. Los escoceses, que nunca van a la iglesia, estaban desayunando. Hacía un día precioso y el pequeño gateaba por el césped. De pronto he visto que los arbustos se movían y ellos también lo han visto, pero no se han inmutado, porque no veían lo mismo que yo desde arriba: la osa de ayer estaba entrando en casa de los vecinos. Me fui a buscar el rifle y, cuando volví a la ventana, lo que vi me dejó perplejo. La osa jugaba con el pequeño igual que ayer jugaba con su hijo. El pequeño se deslizaba por su lomo como si fuera un tobogán, mientras Dorothy apuntaba con el rifle y el niñato del marido miraba la escena atónito. Parecía que les gustaba lo que estaban viendo. ¿A qué esperaba a disparar? Sólo oía las risas del pequeño.

No dudé. Un disparo certero acabó con el juego y con la vida de la osa, que se desplomó en el jardín. El pequeño Willy, asustado por el ruido, rompió a llorar. Bill se avalanzó para coger en brazos a su hijo, Dorothy seguía sosteniendo el rifle y yo grité desde mi habitación:

¡De nada!

jueves, 17 de mayo de 2018

Relato en el que a un personaje A, con una personalidad muy definida, le sucede algo que le transforma en personaje B





Viejo y cojitranco

James se miró en el espejo del club. Se encontraba tan arrebatador, que comprendía por qué todas las mujeres caían rendidas a sus pies. Estaba orgulloso de haber alcanzado los cuarenta años sin enamorarse de nadie. Esta circunstancia le permitía regocijarse en su vida de castigador, sentía cierto placer haciendo daño a las mujeres. Era guapo, estaba en buena forma física y podía permitirse una vida acomodada.

Colocó los palos de golf en el maletero de su Audi y ensayó su guiño sensual a su propio reflejo en la ventanilla. Subió al coche, lo encendió y aún con las ventanas cerradas se pudo oír la canción que sonaba:

“I’m just a gigolo, and everywhere I go people know the part I’m playing… “.

Esa noche no saldría. Quería ponerse al día de su correo atrasado. Aparcó en la puerta de casa y cruzó ufano el camino de piedra que conducía al portal. Sacó las llaves para abrir la puerta, pero ésta se abrió antes de que pudiera encajar la llave. La abrió Lily, la vecina adolescente de la planta baja, y su precioso cachorro salió impetuosamente y apoyó sus pequeñas patas en el pantalón Armani de James sin dejar de mover el rabo.

¡Kilt! le gritó a su perro agarrándolo del collar ¡Estate quieto! Disculpe, Sr. Sullivan.

James no disimuló que no podía soportar a aquel cachorro que lo miraba con inocencia desde su pernera.

A ver si tienes más cuidado, parece que atraigo a tu perro y a mí los chuchos no me gustan.

Lily cogió en brazos a Kilt, que le regaló alegres lametones en la cara y, tras contemplar la cara de asco del vecino, la joven volvió a disculparse con tristeza. Aquel señor era muy poco sensible y era natural que cayera mal a toda la escalera.

Kilt, con lo bonito y bueno que eres, ¿cómo puede alguien no ser cariñoso contigo?

James entró en casa y antes de cerrar la puerta miró lascivamente la silueta de Lily, que se agachó para dejar al perro en el suelo y se alejó para dar un paseo. Ya no era una niña. Si no fuera porque seguro que olía a perro y su ropa estaría rebozada de pelos, le echaba la caña.

Una vez en casa miró si tenía alguna llamada perdida o algún whatsapp, pero no. Encendió el ordenador y después de responder algunos correos miró su agenda para el día siguiente. Le tocaba revisión médica, por lo que evitó el güisqui de la noche y se fue a dormir temprano. ¡Qué bien se duerme solo!
* * *

—Me temo que tengo malas noticias, Señor Sullivan. Hemos encontrado un tumor en su páncreas, no se puede operar espetó el médico con gravedad-. Lo siento.

No podía ser. Debía de tratarse de un error porque él se encontraba perfectamente. James salió del hospital abatido y aterrorizado. A pesar de que llevaba días haciéndose pruebas, su secretaria no lo había llamado.  Nadie lo había echado de menos, a juzgar por la ausencia de mensajes en su iPhone. Tan concentrado iba en sus pensamientos y en su espantoso futuro inmediato que no se dio cuenta de que Laura, una ejecutiva con la que había salido docenas de veces, pasó por su lado. Ella sí lo vio, pero actualmente se sentía tan bien amada por su nueva pareja que no le apeteció saludar al aburrido de James.

Se veía incapaz de pasar solo por aquel trance. Su agenda estaba colmada de nombres de mujeres, pero sabía que ninguna de ellas lo acompañaría en el final de su vida.

Derrotado, recorrió el camino de piedras que conducía a su casa y se volvió a encontrar con Lily y con Kilt, que hizo el gesto de lanzarse a sus piernas, pero que Lili pudo frenar.

Quieto, Kilt. No molestes a este señor.

¿Este señor? ¡Demonios! ¡Pero si estaba en la flor de la vida! ¡Pero si era un chaval!

Con los ojos humedecidos entró en su casa, en silencio ensordecedor. Se miró en el espejo de la entrada y no se encontró tan joven, ni tan alto, ni tan esbelto. Se sentó en el sillón. No podía llorar, ni hablar con nadie. Su vida se había interrumpido en un vacío inexplicable. Estar solo en un momento así no le gustó. Una  ducha caliente siempre es buena idea. Volvió a sentarse en el sofá, reducido. Sintió frío.

Apenas logró conciliar el sueño. Era extraño, todavía nadie se había interesado por él. ¿Qué era aquello? ¿Una broma macabra?

Al día siguiente se acercó a la oficina. Claire, su secretaria, llevaba puestas las gafas de sol.

¿Por qué llevas gafas de sol en la oficina?

Hace dos semanas que las llevo. Tengo conjuntivitis y se quitó las gafas para mostrar los ojos hinchados y enrojecidos.

En dos semanas, James no se había dado cuenta de que su secretaria estaba mal. No sólo eso, ni siquiera le había agradecido que en lugar de curarse en casa, estuviera cumpliendo en el trabajo. A lo mejor no era tan perfecto como él pensaba. A lo mejor no había sido capaz de lograr que alguien lo quisiera de verdad y por eso estaba solo.

Iba a abrir la puerta de su despacho cuando salió de estampida de la oficina y se subió al coche. Buscó en su iPhone la dirección de la perrera más cercana y se dirigió allí.

Quiero un perro viejo y enfermo.

Así fue como Toby adoptó a James. Salían todos los días a pasear juntos, veían la televisión juntos y cuando James salía de trabajar, sólo deseaba llegar a casa para encontrarse con su perro viejo y cojitranco, que no se separaba de su humano en ningún momento. Nadie lo había amado tanto, por eso no echó en falta su vida de casanova, jamás se había sentido incondicionalmente querido. Su ropa, su casa y su Audi estaban llenos de pelos. Vivieron un idilio que duró unos meses, hasta que la salud de ambos inició una caída libre y el veterinario comunicó a James que tenía que sacrificar a Toby.

Subieron al coche y casi llorando le preguntó a su perro:

Toby: ¿has visto Telma y Louise?

 

miércoles, 4 de abril de 2018


Relato de invierno 


Días de frío y sorpresas

Yo me meo en el hombre del tiempo sentenciaba Michael cada dos por tres.

Apoyado en la barra, con su amigo Bryan, todas las tardes hablaban de nada o de lo que aparecía en el televisor del pub. Era curioso, porque aunque el parte meteorológico de Escocia era en general bastante fiable, siempre olvidaban que en aquel precioso pueblo del regio condado de Fife había un microclima que nadie conocía mejor que Michael.

Cuando en el este de Escocia arreciaba un frío implacable, en Foil hacía fresco. Cuando una racha de lluvia incesante nutría los campos de golf de alrededor, en Foil tomaban cervezas en las terrazas.

Michael, tendríamos que tener nuestra propia televisión y tú deberías ser nuestro hombre del tiempo dijo Joe, el dueño de The ship Tavern, mientras guardaba en el interior del local la pizarra con los platos del día . Bloody hell, hoy no hay quien aguante este frío exclamó cerrando la puerta.

—No nieva de puro frío, pero mañana caerá una nevada de antología —vaticinó Michael.

Bryan, el inseparable amigo de Michael, parecía ausente. Había tomado demasiados güisquis, muchos más que de costumbre y eso quería decir que otra vez le tocaría llevarlo a su casa. ¡Qué gana tenía de que encontrara una nueva pareja que le ayudara a superar el fallecimiento de su mujer! Pero con esa vida que llevaba era imposible que una mujer en sus cabales se fijara en él.

Con cuatro pintas en su cuerpo, Michael se vio capaz de enfrentarse a la ola de frío y salió del pub, pendiente de la falta de equilibrio en las piernas de Bryan.

Bryan, tío, vete al infiernorefunfuñaba mientras lo sostenía, de nuevo, pasando sobre sus hombros el brazo de su amigo, que a duras penas se aguantaba derecho.

Cuando habían avanzado unos pasos, a peso lento por el peso del amigo bebido y el suelo resbaladizo, Joe salió del pub y gritó:

¡Michael! ¡A Bryan se le ha caído este sobre! se acercó y se lo dio en la mano que le quedaba libre. Para no perderlo, lo dobló y lo introdujo en el bolsillo de su abrigo.

Notaba los dedos entumecidos. Las calles estaban solitarias, se apreciaba el rugir del mar y heladas ráfagas de viento solidificaban el agua que resbalaba por su nariz. Llevar bufanda era de nenazas, por no hablar de llevar guantes, pero por suerte, la cerveza ingerida le insufló en combustible que necesitaba para superar el lance. Llevar a Bryan hasta su casa era algo que detestaba profundamente. Tantas fotos de su difunta mujer expuestas por todas las estancias lo sacaba de sus casillas.

Yo me meo en los recuerdos, Bryan protestaba mientras dejaba a su amigo tumbado en el sofá y lo tapaba con una manta. No sé dónde tienes la cabeza, tío. Te has dejado la luz de arriba encendida.

Bryan balbuceó algo como que no subiera, pero Michael no lo entendió y cuando subió a apagar la luz encontró algo que no esperaba y que le heló la respiración: el piso superior, donde Bryan pasaba la mayor parte del tiempo, estaba enfermizamente lleno de fotos. Eran fotos de una mujer: la de Michael. A lo largo de muchos años de amistad había atesorado numerosos recuerdos que salpicaban paredes y muebles. No podía ser, Bryan era y había sido siempre su mejor amigo. Aquellas fotos, en algunas de las cuales la silueta de Michael estaba claramente recortada, le rompieron el corazón. En ninguna foto aparecían el amigo y la esposa juntos, lo que claramente demostraba que su amigo padecía una clara obsesión.  

Sin saber cómo, abandonó aquella casa y se dirigió a la suya. Allí le esperaba su mujer, Mary.

Hola, querido. ¿Cómo te ha ido el día? le preguntó cariñosamente.

¡Qué frío hace, pichón!

Era hombre de pocas palabras. Observó a su mujer detenidamente, como intentando ver algo más allá.

¿Estás bien? ¿Por qué me miras así?

Michael subió a cambiarse y sacó el sobre que se le había caído a Bryan. Estaba abierto y cotilleó el contenido. Eran dos billetes de avión de Alicante y una reserva de hotel. Convencido definitivamente de la fantasía que su amigo había gestado en su propia cabeza, tomó una decisión: volvió a casa de Bryan y le quitó la documentación.

Bryan, me llevo a mi mujer a Alicante, aunque me tenga que hacer pasar por ti una semana. No sabes la de años que lleva pidiéndomelo.



Y allí estaban Michael y Mary, en El Campello. Un maravilloso paraje donde siempre es verano. Siempre, excepto cuando viene una ola de frío polar como la borrasca Emma que les sorprendió a la feliz pareja escocesa.














viernes, 23 de marzo de 2018

Relato adolescente




Los amores clandestinos

Jason había cumplido dieciséis años. Era buen chico, responsable e inteligente. No era el joven más popular del instituto, pero su talento le proporcionaba admiración y celos: todo lo que necesita un joven de esa edad. Desde hacía unas semanas no jugaba con sus amigos al Gears of War. No había dado explicaciones del porqué, pero había dejado de acudir a la cita que habían establecido de manera tácita. Los amigos le habían preguntado el motivo en el instituto, pero él argumentó que se había apuntado a un gimnasio y que llegaba muy cansado a casa.

Y en cierta forma, no era mentira, porque sí que se había apuntado a un gimnasio y llegaba muy cansado a casa. Llegaba cansado y duchado. Más que cansado, llegaba extenuado. Estaba perdiendo peso y a veces se le veía taciturno, algo extraño, porque era un muchacho alegre y organizado. 

Llevaba unas semanas con una nueva rutina. Al salir del instituto, pasaba por casa, preparaba la bolsa del gimnasio y visitaba a Catherine Woodwright, una hermosa exmodelo de cincuenta años que se había divorciado hacía unos diez. No se le habían conocido amantes y llevaba una vida ejemplar.

Jason entraba en casa por la puerta trasera y allí desataban sus pasiones todas las tardes. El joven estaba obsesionado, pensaba en ella a todas horas, le gustaba todo en ella: su cuerpo, su pelo, sus ojos, sus labios, su olor, su generosidad, su voz, su delicadeza, su estilo sofisticado…

A ella le gustaba el placer que aquel cuerpo joven y duro le proporcionaba. Tocara lo que tocara, todo estaba en su sitio. Habían pasado muchos lustros desde la última vez que había tocado un cuerpo así. Jason era delicado, insaciable y atento y, por la cuenta que le traía, iba a ser discreto.

La madre de Jason sospechaba que su hijo guardaba un secreto y un día entró en su habitación a fisgonear. Seguro que encontraría algún secreto, de esos que tan celosamente se guardan.

Salió del dormitorio sin encontrar nada jugoso, mientras a unas manzanas de allí su hijo ponía en práctica algunas técnicas que su madre no podía imaginar.

La madre de Jason sabía el código para acceder al móvil de su hijo, porque de reojo había visto cómo lo desbloqueaba. Así que esperó a que el joven se quedara dormido y, con sigilo, apartó el móvil del cargador. No podía creer lo que estaba leyendo. Nunca había hablado de aquella joven con la que mantenía chats muy subidos de tono. Pero para lo que no estaba preparada era para ver las fotos que almacenaba el móvil.

La reconoció. Era la ejemplar Catherine. ¿Cómo se atrevía a jugar con su hijo? ¿Cómo se atrevía a saludarla como si no pasara nada?

Jason dormía plácidamente y al despertar, su primer pensamiento fue para Catherine. Como todos los días, al volver a casa cogió la bolsa del gimnasio y corrió impaciente a casa de su amada. Lo que no esperaban ambos era la visita de la madre del chico.

Ante la amenaza de una denuncia, Catherine se mudó a otra ciudad y Jason, con su recuerdo, creó un fantasma que le acompañó los siguientes años de su vida. Hasta que al acabar los estudios, buscó a Catherine. Y quien busca, encuentra.
Un relato dialogado



La lámpara

― Hola, buenos días, venía a comprar una lámpara.
― Buenos días, ¿cómo la quería?
― La quería de esas que se frotan y aparece un genio que te concede tres deseos.
― Tiene usted suerte. Creo que en el almacén todavía queda una ―el vendedor se retira del mostrador y baja al almacén. Al cabo de cinco minutos aparece con una caja vieja que desempolva y de la que saca una lámpara con forma de tetera árabe.
― Huy, pero esta lámpara está muy sucia.
― Señora, esta lámpara tiene más de tres mil años. ¿Cómo quiere que esté? ¿Reluciente?
― Es que es para un regalo. Y si aparezco con esto tan sucio, va a parecer que la he comprado en los Encantes.
― Pero, vamos a ver ―dijo el tendero quitándose las gafas―. Yo la puedo limpiar, pero al frotarla va a aparecer el genio y tendremos que pedir un deseo.
― Ah, no. Eso sí que no. Yo quiero una lámpara con tres deseos, vaya robo si no. ¿Y no tiene otra que esté más limpia?
― ¿Otra? ¡Pero si ya no hay lámparas como esta! Es un milagro que todavía exista este ejemplar.
― ¿Y tiene garantía?
―Sí, señora. Aquí está.
― Pero esto es árabe. ¿Cómo sé lo que pone?
― Claro que está en árabe, señora, porque procede del desierto de Libia, cerca de El Jariyá. 
 ― Mmmm ―la clienta expresa recelo―. No lo tengo claro. ¿Y si en vez de la garantía son unos versos del Corán.
― Pero… ¿es que no ve que este objeto es indiscutiblemente una lámpara maravillosa?
― ¿Y qué precio tiene?
― Treinta euros.
― ¿Treinta euros? ¡Vaya robo!
― ¿Me lo dice en serio, señora? ¿Treinta euros que le pueden proporcionar todos los bienes del mundo le parece caro?
 ― Es que no es para mí, ya le he dicho que es para regalar. Y no me quería gastar tanto.
― Bueno, mire, si le interesa se la puedo dejar por veinte euros.

La mujer mira la lámpara y finalmente responde:

― Ay, mire. Casi que me lo voy a pensar. Gracias y buenas tardes.

 

jueves, 8 de febrero de 2018

Relato que incluya un mentor, un talismán y una despedida

 


Tomás tenía fijada la vista en el infinito y en el vaso de los lápices. Su cabeza reposaba en su mano y su codo, sobre la mesa. Sabía que no podría aprobar el examen del día siguiente. En el humilde comedor, su madre planchaba derrengada después de un largo día de trabajo.

Al joven se le cerraban los ojos y se le desplomaba la cabeza, pues aunque se caía de sueño ―literalmente―, sabía que debía estudiar más si quería hacer el examen mínimamente bien. Pero no lograba mantener su concentración. Su imaginación volaba y se distraía con facilidad. Sobre su escritorio había un pisapapeles de barro que había hecho él hacía unos años y que tenía incrustados varios dientes de leche que habían sido suyos. A Tomás le encantaba su forma redondeada y a menudo pasaba la mano por encima y se sentía reconfortado. Acarició el pisapapeles con su mano izquierda y oyó un sonido parecido al chillido de un ratón.

―¡Pst! ¡Tomás! ―Tomás habría jurado que alguien lo llamaba―. ¡Tomás, mira hacia abajo y no te asustes!

Miró hacia sus pies y ahí estaba. Había un ratoncito saludándole con sus patas delanteras.

―Eres un precioso ratón ―le dijo Tomás mientras se agachaba a cogerlo con las dos manos.

―Soy el ratoncito Pérez. Vengo a verte porque estoy en deuda contigo.

―Es cierto. No me has dejado ningún regalo la mayoría de las veces ―le reprochó con cierta tristeza.

―Lo sé. He pasado momentos muy difíciles que no te voy a contar porque eres muy pequeño, pero no te preocupes. Mañana, cuando te despiertes, tendrás un regalo debajo de tu almohada y por la noche volveré a verte. Mi regalo es nuestro secreto y no lo puedes compartir con nadie.

Tras pronunciar estas palabras, el ratoncito Pérez desapareció y Tomás se fue a dormir. Total, sólo le faltaba aquella visita para acabar con la poca concentración que tenía.

Se despertó por la mañana y sin apenas abrir los ojos palpó debajo de la almohada y tocó un tubo frío y delgado: era un bolígrafo transparente, tan sólo era apreciable la carga de tinta y el capuchón, que eran ambos plateados y brillantes.

Tomás fue a la escuela y esperó a que le dieran el examen. No sabía si usar su nuevo regalo o reservarlo para una mejor ocasión, y decidió lo segundo. Con tan buena suerte, que justo al escribir su nombre, se acabó la tinta y no tuvo más remedio que usar el nuevo. Leyó las preguntas y no estaba seguro de las respuestas, pero se dispuso a escribir lo poco que recordaba. De repente, mientras escribía, los conocimientos iban surgiendo al ritmo de su escritura y una redacción impecable iba llenando la hoja del examen. Sin apenas darse cuenta, respondió correctamente todas las respuestas.

Estaba deseando que llegara la noche para volver a ver al ratoncito Pérez y absorto en su anhelo el día transcurrió muy despacio. Por la noche, solo en su habitación, se dispuso a leer un libro, aunque Tomás levantaba la mirada a cada segundo, pero el ratoncito no apareció. Ni aquella noche, ni la siguiente. Ni aquella semana, ni aquel año.

Tomás se esforzaba y además sacaba unas notas magníficas, todos los profesores lo felicitaban. Nadie reparó en aquel bolígrafo mágico, pero su madre estaba orgullosa de él y también los profesores. Fue pasando de curso, aprobó con éxito la enseñanza secundaria, llegó la universidad y el día del último examen antes de graduarse.

En su habitación, Tomás estaba concentrado, sabía que nunca podría dejar de estudiar, pues la carrera de Medicina requiere un reciclaje constante, pero le encantaba el futuro que veía por delante. Con los codos sobre la mesa, el joven escuchó un sonido parecido al chillido de un ratón.

―¡Pst! ¡Tomás! ―Tomás habría jurado que alguien lo llamaba―. ¡Tomás, mira hacia abajo y no te asustes!

Allí estaba. Entre sus pies, un poco más encogido y pelón, pero allí estaba: el ratoncito Pérez lo saludaba erguido con sus patas delanteras.

―¡Pérez! ¡Eres tú! ¿Sabes que el bolígrafo que me regalaste es mágico? ¡He aprobado todos los exámenes que he escrito con él!

―¡Lo sabía! ¡Sabía que el bolígrafo encontraría lo mejor de ti! He venido sólo a despedirme, y a recordarte que nadie debe saber de tu bolígrafo mágico. También he venido a pedirte algo a cambio. Quiero que lo regales a algún niño que lo necesite, que le cueste concentrarse y le cueste estudiar, pero que tenga potencial para ello. Ya no nos volveremos a ver más, pues cuando se te caigan los dientes yo ya estaré para el arrastre. Así que… ¡adiós, Tomás, ha sido un placer conocerte!

Tomás miró el bolígrafo y pensó: «Jamones».

lunes, 8 de enero de 2018

Relato de suspense en el que el habitáculo sea un personaje más.
El personaje principal, Amelia, está inspirado en un personaje de mi amiga Pilar Obregón.



El cuarto marido

La encantadora Amelia colocó el albarelo con las cenizas de su marido en el estante superior del mueble de la cocina. Era un mueble antiguo y de madera, alto y blanco, con cinco baldas. Este mueble, junto con la mesa a juego, era lo único que trasladaba cada vez que cambiaba de domicilio, algo que sucedía cada vez que se quedaba viuda. Apenas hacía diez meses del fallecimiento de su último esposo.

Aquel mueble contenía decenas de albarelos con hierbas medicinales que o bien compraba o bien cultivaba en el jardín contiguo a la cocina, donde tenía un pequeño invernadero. Conocía todas las propiedades de las plantas y, combinándolas, era capaz de preparar brebajes de todo tipo: depurativos, hechizantes, matagripes, quemagrasas… Los preparaba para sus vecinos sin ánimo de lucro. Aquella hermosísima casa georgiana era su tercera vivienda y aunque era la más distinguida de cuantas había habitado, apenas la disfrutaba, pues prácticamente no salía de la cocina, cuyos amplios ventanales estaban adornados por la frondosidad del jardín, que convertía la estancia en un acogedor rincón. La fachada anterior tenía maravillosas vistas a la campiña inglesa, pero la dulce Amalia se sentía expuesta y prefería la privacidad de la parte trasera de aquella envidiable vivienda.

La tristeza de enviudar tres veces se había visto de alguna manera recompensada por la suerte de heredar tres sustanciosas fortunas. Su primer marido, Keith, era comerciante de maderas exóticas y tras vender una remesa de toneladas de madera de sequoia, contrajo una extraña intoxicación, se fue volviendo verde y falleció. Su segundo marido, Kilian, un bróker de la City, después de cerrar la operación de su vida contrajo una extraña intoxicación, se fue volviendo verde y falleció. Y su tercer marido, Kevin, era marchante de arte y tras vender un Picasso y un Renoir, contrajo una extraña intoxicación, se fue volviendo verde y falleció.

Cuando pensó que había llegado el momento de recogerse en el sosiego del campo, conoció a Kyle, el hijo único y heredero universal de un aristócrata que acababa de fallecer. Kyle era poco agraciado y tímido, muy tímido. Su timidez le había impedido entregarse a una relación amorosa, pues las jóvenes se aburrían con él. Tanto Amalia como Kyle frisaban la cincuentena y la inglesa, conmovida por la soledad que transmitía el rico aristócrata, le ofreció su mano y él, lo agradeció. Lo cameló para que abandonara su mansión y se trasladara a la casa georgiana y él, tras despedir al servicio, aceptó. Dorothy, el ama de llaves que lo había visto nacer, le advirtió del error que cometía. La nueva pareja llevaba una vida solitaria en la cocina, donde ella mezclaba las hierbas y observaba a su nuevo marido leer junto al ventanal.

Pero a veces Kyle se sentía cautivo en aquella cocina. Cuando Amalia percibía esta inquietud, le preparaba un brebaje que lo relajaba y caía en un sueño profundo y reparador. Aquel día se despertó a medianoche y deambuló por varias estancias de la desaprovechada casa. Como atraído por una fuerza extraña, acabó en la cocina. Destapó los tarros y olió las hierbas que contenían. Empezó por los tarros que estaban a su nivel, luego los de más abajo y acabó por los de la fila superior.

Destapó el primero y al primer intento no percibió ningún aroma. Introdujo la nariz y tampoco asomaba ningún olor. Sin embargo, el albarelo pesaba, incluso más que los demás. Llevaba escrito K1 en el exterior. Introdujo la mano y tocó un polvo fino y grisáceo. Lo cató y confirmó lo que imaginaba. Era ceniza. Abrió el segundo y, evitando la cata, confirmó que el tarro K2 también contenía ceniza, y lo mismo sucedió con el K3. Sin embargo, el K4 contenía una extraña mezcla de hierbas.

Subió a su habitación, contrariado, y no volvió a conciliar el sueño.

Buenos días, querida saludó a su esposa el aristócrata a la mañana siguiente. Hoy celebramos tres meses de feliz matrimonio y te invito a comer al Candice y a continuación le regaló un cariñoso beso.

Ambos se engalanaron y Amalia lució las joyas de su difunta suegra sobre un elegante vestido que realzaba sus ojos azules. Comieron un exquisito asado y al llegar a casa Amalia se sintió indispuesta. Conocía aquellos síntomas, pero no sabía cómo combatirlos. Contrajo una extraña intoxicación, se fue poniendo verde y falleció.

El tarro K4 estaba vacío. Y Dorothy cortaba verduras en juliana en la cocina del Candice.

 

 

 

sábado, 2 de diciembre de 2017

Historia de amor no disponible ambientada en 1832



1832. El origen del origen
Hortense abrió la puerta, irritada por los insistentes golpes que el pequeño Willy daba con los nudillos. El joven traía un saco de carbón que apenas podía levantar del suelo y un puñado de cartas para el señor de la casa, que andaba ansioso a la espera de noticias de su hijo Charlie desde ultramar.
―Hortense, ¿me puedo quedar un rato contigo?
Hortense sentía compasión por aquel niño. Lo dejó pasar y cerró la puerta enseguida para que no se escapara el calor. Se secó las manos en el delantal para prepararle un poco de pan con queso antes de darle un chelín. Lo miraba con ternura y a veces se preguntaba qué fuerza divina designaba el futuro de las personas. Qué vida tan distinta le esperaba a Willy comparada con la de Charlie, el hijo de los señores. El muchacho se quedaba embelesado observando los estantes llenos de libros y en ocasiones acercaba su pecosa nariz para olerlos. Aunque en realidad buscaba el calor de la estufa. Los jirones en la ropa del pequeño dejaban paso al punzante helor del invierno en Inglaterra.
Una de las cartas recién llegadas relataba las primeras experiencias en Brasil que Charlie compartía con su padre y que habían acontecido hacía dos meses en el otro lado del océano.   
Después de un mes de viaje a bordo del HRM Beagle, por fin atisbaron la costa de Bahía. El agua azul turquesa, la arena blanca y aquellos árboles de tronco resiliente y grandes y recias ramas provocaron la admiración del joven Charles, que a sus veintitrés años se hallaba en una fase indefinida de su vida. Por una parte, los estudios de Medicina cursados en Edimburgo sólo le aportaron dolores de cabeza y algún que otro retortijón. Posteriormente, el estudio de invertebrados  le despertó cierto interés, pero tanta teoría natural le sumía en el más profundo tedio. Hasta que su padre, harto de tanta desgana, lo envió a Cambridge para que iniciara estudios y se ordenara pastor anglicano. Aquella ciudad universitaria y su ilustrada población dispararon su curiosidad y decidió viajar a Sudamérica y, de paso, poner tierra de por medio con Claire, la muchacha de tez pálida y mejillas sonrosadas con quien lo querían casar.
Allí estaba. En Río de Janeiro. Como era un buen jinete, por las mañanas se adentraba en la exuberante selva y se abría paso con la ayuda de un machete. Allí descubrió un mundo de insectos y de plantas. El calor era sofocante y, aunque por las tardes eran frecuentes las lluvias tropicales,  normalmente lo pillaban en el hostal, desde donde escribía artículos sobre entomología que enviaba a la universidad. En aquel hostal, donde no se comía con cubiertos y mataban a los animales con piedras, vivía Silmara, una muchacha de piel morena por la que Charles sentía atracción. Ella sentía curiosidad por aquel hombre inglés de modales impecables que tenía siempre la piel achicharrada y llena de picaduras de insectos,  pero los hombres de su país le parecían más atractivos.
Los pensamientos de Charles hacia Silmara se oscurecieron el día que la vio bailar. Aquellos movimientos sinuosos y aquel derroche de epidermis a la vista provocaron un sinfín de voluptuosas emociones en el joven inglés.
Claire preparaba su ajuar y esperaba con impaciencia el regreso de su amado. Apenas dormía imaginándolo en un enjambre de peligros, serpientes venenosas y arenas movedizas. Por su parte, Charles intentaba seducir a Silmara sin éxito. Hasta que apareció João, el pequeño hijo de la brasileña, con los ojos vidriosos a causa de la fiebre. Era su oportunidad. El año perdido en la Facultad de Medicina tenía que servir para algo y le sirvió para curar al pequeño y, de paso, acercarse a su bella madre.
Mientras preparaba un mejunje sanador junto a la cama de João, Silmara observaba al inglés raro que dibujaba escarabajos y vio un hombre bondadoso y caritativo que aborrecía algo tan normal como la esclavitud. Aunque no podían conversar, porque tenían algunas dificultades idiomáticas, empezaron a dar paseos a caballo por la selva y por la playa y se bañaban desnudos bajo las cascadas.
No incluyó este último punto en su epístola a su padre. Tampoco le informó de su traslado a los aposentos de la brasileña.
Claire esperaba ansiosa y resignada la recepción de una carta que nunca llegaba.
Un día, João mostró a Charles su caja de juguetes y el joven inglés asistió estupefacto a la visión de docenas de fósiles de bichos que nunca había visto. Fósiles que demostraban la mutabilidad de las especies que tanto había intuido y que no podía demostrar. Era tanto su interés por aquellas piezas que empezó a interesarse más por jugar con el niño que con la madre de éste, lo que provocó celos en la morenaza, celos que Charles tardó en percibir, absorto como estaba en aquel hallazgo.
Entonces el joven inglés hizo algo horrible. Una noche, mientras Silmara y João dormían, se levantó sigilosamente, robó la caja de juguetes y desapareció, aunque compensó al chiquillo con una pensión vitalicia irrisoria en Inglaterra, pero insultante en Brasil.
Cinco años después volvió a su tierra. Había olvidado por completo el aspecto de Claire y, para su desagracia, al volverla a ver no le agradó en absoluto. Imaginar el resto de su vida junto aquel rostro blanquecino y le pareció un futuro aterrador.  
Así que decidió casarse con su verdadera pasión: la redacción de El origen de las especies y fue enormemente feliz.
Cincuenta años más tarde João abrió un libro que un inglés había olvidado en el hostal y el rostro del escritor, un tal Charles Robert Darwin, coincidía con el de Charlie, el ladrón de juguetes.

Y lo perdonó.  

viernes, 24 de noviembre de 2017

Un relato que contenga silencio y sonidos seseantes



Que conste que se lo merecía

«Siempre el mismo sonado con los mismos sonidos. Es insufrible».

Susan llevaba demasiado tiempo soportando a aquel ser insensible. Ser bibliotecaria supone un sinfín de sacrificios, pero aquel caso estaba llegando demasiado lejos. Por más que lo había avisado, él hacía caso omiso.

Es un requisito indiscutible que en las bibliotecas es obligatorio guardar silencio. Sin embargo, aquel sujeto todos los días molestaba. Si no era la vibración del móvil, era su voz susurrante ―pero no por ello imperceptible― interrumpiendo al resto de personas. La letra ese sobresalía en el mutismo de la sala.

Además, no faltaba ni una tarde.

Eran casi las siete. Como todas las tardes Susan apagó todas las luces y dejó la biblioteca dispuesta para un nuevo día, que sería el lunes. Se aseguró de haber cerrado la puerta y subió a su bicicleta. Sabía dónde vivía Oscar Sanderson, porque había espiado su ficha. Sabía que tenía veintitrés años, que había estudiado Business Administration y que se pirraba por la literatura rusa, motivo por el que frecuentaba la biblioteca. Sabía que seguramente después de pasar la tarde en la biblioteca iría a su casa, y hacia allí se dirigió. El camión de la basura y el paso distraído de Oscar estaban a punto de encontrarse, bastaba un suave restregón para hacer inevitable la caída y posterior aplastamiento.

Llevar una vida solitaria es peligroso. Y Susan sabía bastante de eso. La soledad en ocasiones le proporcionaba malos pensamientos.

Allí estaba el sonado de Oscar. Y allí estaba el camión de la basura.

Aceleró el pedaleo y justo cuando faltaban dos segundos para rebasar al joven molesto le interrumpió una voz:

―¡Susan! ¡Susan! ―Frenó en seco. ¡Maldita sea!

Era el conductor del camión de la basura, que sacando medio cuerpo por la ventana le espetó:

―¡Qué bueno el libro de Paul Auster que me recomendaste! Tengo que volver a ir a la biblioteca a que me vuelvas a recomendar otro.

Susan reflexionó. ¿De verdad quería complicarse la sosegada vida que llevaba por un ser molesto? Saludó al basurero y se fue a su casa.

 

jueves, 26 de octubre de 2017

Una historia inspirada en esta imagen 



The loser (el perdedor)
No hacía falta ser muy listo darse cuenta de que algo serio le había pasado al profesor Ralph McCallum. El sempiterno perdedor. 
Nunca destacó por su personalidad arrolladora, ni por su físico atractivo, ni por su elegancia clásica, ni por su inteligencia sagaz. Siempre fue gris.
Al acabar Filología inglesa se casó con Debbie, la única joven que accedió a salir con él, una muchacha poco agraciada con la que fue tediosa y resignadamente infeliz. Ni sus dos hijos, ni una vida sin sobresaltos lograron que Ralph pudiera disfrutar de un solo momento emocionante, porque era de naturaleza tibia y rancia.
En Largs, un pequeño pueblo de Escocia, su trabajo de profesor le proporcionaba grandes decepciones. Sus clases de lengua eran insufribles y sus alumnos le correspondían con nulo interés, lo que redundaba en más desidia para Ralph.
Sus alumnos, adolescentes pestilentes constelados de acné, eran pelirrojos y de tez muy pálida a la que poco les había dado el sol. Los esfuerzos de Ralph por mejorar la dicción de sus alumnos no llegaron a dar fruto y, promoción tras promoción, se repetía el mismo patrón: egoístas imberbes insatisfechos y protestones replicaban en sus clases la apatía intrínseca de Ralph desde hacía treinta años. Pero aquel curso, algo cambió.
Llegó Mey Ling, una china de exquisitos modales e infinita curiosidad. Su nivel de inglés era bueno, y aunque su dicción estaba viciada por una fonética imposible, se esforzaba de forma sobrehumana por corregir su pronunciación y mejorar su léxico. Consideraba que Ralph era un hombre aburridísimo, pero disfrutaba con el contenido de sus clases. En Largs no era frecuente ver extranjeros y Mey Ling se hizo popular en el instituto. Incluso el profesorado hablaba de ella y de sus notables progresos.
A diferencia de sus coetáneas escocesas, Mey Ling era más aniñada en morfología y comportamiento, y ello le confería un halo de candidez que a todas luces era candoroso.
Aquel día Ralph cumplía 50 años y su mujer y sus hijos le prepararon un desayuno especial, coronado con un pastel sin azúcar glaseado, como a él le gustaban. Y cuando sopló para apagar las velas expulsó el aire delicadamente, como si soplara el cuello de Mey Ling. Llevaba algunos días y muchas noches fantaseando con su alumna.
Lo había calculado todo. 
- Mey Ling, ¿puedes quedarte un momento después de clase? ME gustaría que comentemos el trabajo que me has entregado.
Ella obedeció y él se sentó a su lado. Olía a galletita. El corazón del maestro se aceleró y, mientras revisaban el texto, colocó una mano sobre el muslo de la adolescente y la deslizó cuanto pudo antes de que la joven saliera en estampida, sin recoger sus cosas. Se dirigió angustiada al despacho de la directora y Ralph fue despedido ipso facto. En el fondo, le tenían ganas.
Y allí estaba, en el pub, mientras Mey Ling lloraba en su cuarto. Estaba acabado, tomando un Macallan y pensando cómo lo iba a contar en casa. Y dónde pasaría el resto de su insignificante vida.