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lunes, 4 de agosto de 2014

Me gustan los Sanfermines (2014)


Me gustan los Sanfermines, sobre todo, porque son surrealistas. Compadezco a los que tachan a estas Fiestas —así: Fiestas, con mayúscula— de horror. Con el debido respeto a todas las opiniones, las fiestas pamplonesas deberían ser objeto de culto. De hecho, para algunos de nosotros, lo son. El año pasado las disfruté y escribí una entrada en este blog que da buena fe de ello. Este año he repetido. In extremis, porque todo parecía apuntar a que este año no tocaba. Pero sí, al final una amiga se apuntó y nos fuimos juntas.

Me gustan los Sanfermines porque todo lo que no está en el programa de fiestas es imprevisible. Apenas unos metros después de que el taxista iniciara la carrera desde la estación de tren —convertida en discoteca para la ocasión— hasta el hotel vimos pasar con parsimonia a un adolescente que lucía el uniforme blanquirrojo coronado por un casco de peluche en forma de cabeza de vaca. Supe entonces que ya habíamos llegado a Pamplona.



Me gustan los Sanfermines porque todo el mundo parece que ha firmado el código del buen humor y todos nos retroalimentamos de ese buen ambiente que hace que nos olvidemos de todo durante un tiempo. Son Fiestas para todas las edades.


Me gustan los Sanfermines porque se come de escándalo. Como en Navarra no se come en ningún sitio. El chuletón de buey del Mesón Egüés merece capítulo aparte. Lo mismo que la cena en La Chistera y la comida en El Mercao.

Me gustan los Sanfermines porque las copas no tienen precios abusivos como en Barcelona. Pagar 7 euros por un combinado me parece un regalo, cuando el entorno es de semejante categoría. Las copas ayudan a que el tiempo cunda, porque caminar con un vaso lleno en la mano obliga a ralentizar el paso y así, despacito, la Fiesta cunde más.

Me gustan los Sanfermines porque me hacen sentir joven: participar en el buen humor de los jóvenes, reír con ellos y de ellos, aguantar hasta casi los claros del día… Participar en el sentimiento unánime de juventud.

Me gustan los Sanfermines porque no es posible estar más de tres minutos paseando sin oír una banda de música. Y porque tocan canciones que nunca pasarán de moda, aunque nos lo parezca. Y porque cualquier estilo es bueno si se trata de seguir a una banda, porque si no gusta pronto encontraremos otra que nos guste más.
















Los niños les dan los chupetes a los gigantes 

Me gustan los Sanfermines porque el atuendo va implícito, pero si uno no está en perfecto estado de revista o bien no lleva íntegramente el uniforme, no pasa nada: sigue participando de la Fiesta.

Me gustan los Sanfermines por la puntualidad y extensa variedad de los actos programados. Y por la participación de los oriundos, que podrían quejarse de ruidos y olores y, sin embargo, prefieren participar en este teatro que es este pedazo de Fiesta.

Señor con turbante en Jazz Fermín 

Me gustan los Sanfermines porque son lo suficientemente modernos como para tener una aplicación para smartphone que te indica a cada momento qué está pasando y dónde y porque son lo suficientemente tradicionales como para hacer concursos de levantamiento de piedras, de txingas y de fardos.
 

Me gustan tanto los Sanfermines que perdono que el Gaucho no haga tapas durante esos días. ¡Y eso ya es decir, porque es el mejor sitio de pintxos del mundo!

Y, sobre todo, me gustan los Sanfermines porque son fiestas adictivas e imprevisibles que, una vez te han conquistado, te han hecho suyo para siempre.

A San Fermín pedimos.



Ofrenda floral a San Fermín 





sábado, 17 de agosto de 2013

Roda el món i torna al Born (II)

Vamos a la calle Montcada, que en su día fue una calle señorial como hoy lo es el Paseo de Gracia. En ella se habían construido varios palacios, uno de ellos hoy alberga el Museo Picasso. 

 

Todos tenían una estructura muy similar: entrada con porticón y patio para los caballos y escalera ancha para subir a las viviendas. Existían unas ventanas con celosías que servían para cotillear a los vecinos. Eran muy frecuentes en Barcelona, hasta que se prohibieron porque desde una de ellas se cotilleaba la zona de aseo de unas monjas.



En la calle dels Mirallers nació Pi i Margall. Hijo de sastres, entró en un seminario para poder estudiar. Luego estudió en la Universidad y llegó a Presidente de la Primera República durante un mes. Durante ese mes quiso abolir la esclavitud y que los niños trabajaran. Con semejantes proyectos no duró más de cuarenta días.



En el Born es frecuente ver esquinas a las que les han quitado un trozo, para que los coches de caballos pudieran girar sin inconvenientes.



El edificio que alberga el restaurante Sagardi está claramente abombado.  Fue el único que aparentemente sobrevivió a los continuos terremotos del año 1428.



Llegamos a Santa María del Mar, construida en el siglo XIV, durante 52 años, con piedras de Montjuich, traídas por  bastaixos, que tienen un homenaje en la puerta principal de la Basílica.



  

  


Pertenece al gótico catalán, sobrio, con líneas horizontales, pilares poco ornamentados y su construcción se sufragó, principalmente, con las aportaciones de los vecinos del barrio de la Ribera (onerosas o laboriosas).

Frente a Santa Maria del Mar, detrás del bar La vinya del Senyor, está la calle más corta de Barcelona: carrer Anisadeta, que toma el nombre de un licor elaborado con anís que bebían los marineros.



Poco a poco los balcones se van embelleciendo.



En el Pla del Palau estaba la sede del palacio real, que se incendió. Este palacio tenía un pasillo que comunicaba directamente con Santa María del Mar. En los soportales de enfrente, una familia de indianos construyó su vivienda. Actualmente está el restaurante Set portes y numerosos bazares.





También hay farolas diseñadas por Gaudí, en un lamentable estado.


En el Fossar de las Moreres yacen los restos de los que murieron defendiendo el asedio de Barcelona por parte del rey Felipe V. Este espacio pertenecía a Bernat Marcús y la iglesia le pidió que lo donara para enterrar a las personas que iban muriendo mientras se construía la iglesia. Benat Marcús dijo que lo veía innecesario y que sólo si moría una persona durante los siguientes 15 días cedería el terreno. Transcurrido el tiempo, y no habiendo fallecido ningún constructor, Bernat Marcús fue a hablar con el párroco, pero al pasar por debajo de una morera, de dio un infarto y falleció.


El Paseo del Born era el lugar donde se celebraban las justas, también el mercado (hasta que se construyó el Mercado Central, y también tenían lugar teatros y festejos varios.










Actualmente llaman la atención dos bancos: uno tiene unas bombas, como recuerdo al asedio de Barcelona el 11 de septiembre de 1714. El otro un cofre gigante. Cada gremio tenía un cofre como éste, en él se guardaban documentos, dinero, era como la memoria de cada gremio. Lamentablemente, ninguna placa explica la importancia de estos cofres.


El actual teatro de La Seca era la fábrica donde se acuñaban las monedas, tenían sistemas sofisticados para evitar falsificaciones.







Roda el món i torna al Born (I)

Nuestro guía preferido, Mariano, nos lleva al Born a explicarnos leyendas, Historia,  rincones mágicos y curiosidades de este lugar tan especial que, como el ave fénix, ha resurgido de sus propias cenizas.

El punto de encuentro es la plaza de l’Àngel, que recibe su nombre por una leyenda.



Antiguamente, donde hoy está ubicada la iglesia de Santa María del Mar estaba la iglesia de las Arenas, que recibía ese nombre porque la arena de la playa llegaba, más o menos, a esa altura. Jaume I el Conqueridor amplió las murallas de Barcelona, pues la Barcelona romana se había quedado muy pequeña. Entonces se construyó el Born. La parte antigua se había convertido en una parte pasiva de la ciudad, más burocrática y funcionaria, mientras que el Born se convertía en zona emergente donde se asentaban gremios y talleres. Barcelona exportaba trigo y la actual plaza de l’Àngel se llamaba la Plaza del Trigo y era más grande que la actual, porque la Via Laietana no existía. En la iglesia de Santa María del Mar estaban los restos de Santa Eulalia y entonces, un día, se trasladaron a la Catedral. Fue un acontecimiento muy sonado, vino el rey y numerosos obispos. Los restos de la copatrona mártir estaban siendo trasladados hacia la Catedral cuando, de pronto, al pasar por la plaza del Trigo la caja empezó a pesar mucho y los mismos portadores que la llevaban no podían con el peso. Extrañados, intentaron levantar la caja varias veces, pero era como si una fuerza sobrenatural la empujara hacia el suelo. Entonces se apareció el arcángel San Gabriel y apuntó con el dedo a un obispo. Éste, avergonzado, reconoció haber robado un dedo del pie a Santa Eulalia, lo devolvió y desde entonces la copatrona descansa en la Catedral de Barcelona. Como recuerdo de esta leyenda, en la Plaça de l’Àngel hay una estatua de Santa Eulàlia apuntando con un dedo.

Empezamos la ruta en la calle Argentería, que antiguamente se llamaba la Calle del Mar, porque llegaba hasta allí. Giramos a la izquierda y encontramos una carassa. Quedan muy pocas y allí donde están situadas, en su día hubo un prostíbulo. En épocas en que el analfabetismo proliferaba era absurdo poner rótulos y los prostíbulos se anunciaban con carassas, que no siempre tenían la cara de una mujer, podían ser de hombre, también.




Las prostitutas estaban protegidas por la Iglesia y trabajaban todos los días del año excepto el día de Corpus Christi. Ese día se recogían en un convento situado detrás del Hospital de la Santa Creu, donde acababan sus días al hacerse mayores.

Nos dirigimos hacia la Placeta d’en Marcús. Bernat Marcús fue uno de los primeros especuladores de la historia de Barcelona. Conocedor de los planes de expansión de la ciudad, en el siglo XII compró terrenos y quiso construir una capilla, un cementerio que no se llegó a construir porque habría quedado dentro de la ciudad y un hospital, que sobrevivió con donativos y se acabó fusionando en el siglo XIII con el Hospital de Sant Pau i la Santa Creu. La capilla se permitió construir, se llama “Capilla d’en Marcús o de la Mare de Déu de la Guia, pero nunca se utilizó como tal. 

 


Es de origen románico y se utilizó durante siglos como oficina de correos por toda Europa y allí estaban los libros que eran los registros de todos los envíos que se habían hecho desde allí. Estos libros se salvaron del incendio que asoló Barcelona en 1824, pero no sobrevivieron al incendio que sufrió esta iglesia durante la Guerra Civil,  a pesar de que multitud de vecinos se atrincheraron para evitar que se quemara.

En toda esta zona se empezaron a construir edificios de viviendas de varios pisos, por primera vez. Y estos pisos, por primera vez, tienen varias dependencias: habitaciones, cocina… Hasta entonces las viviendas tenían un solo espacio. Los pisos más bajos son más caros y tienen ventanas más grandes. Cuanto más arriba, más baratos porque había que subir más escaleras.



También se aprovechan arcos para ganar espacio en las viviendas.




En la calle Assaonadors, flanqueada por una estatua de Sant Miquel, patrón de los comerciantes, se edificaron los dos primeros hostales de Barcelona. Uno, el de la Bona Sort, sigue en pie, pero como restaurante que mantiene la estructura original. Se puede entrar y ver dónde se dejaban los caballos y un patio al que daban las habitaciones. Otro hotel que ya no existe pero estaba en la misma calle tenía una entrada que se tenía que bajar unos escalones. De ahí la palabra fonda, utilizada en todos los países de habla hispana. 


  

domingo, 14 de julio de 2013

El capotico de San Fermín


Para quien nunca las haya vivido, las fiestas de San Fermín pueden parecer un caos, una salvajada, un descontrol, un cúmulo de visitantes de todo tipo de pelaje fuera de los parámetros del buen gusto y del buen comportamiento. Un desmadre (palabra sin traducción, pues etimológicamente significa hacer aquello que no harías delante de tu madre, comportamiento tan arraigado en España y en Italia, países claramente católicos y matriarcales). Unas fiestas que huelen a sudor, a orín, a vómito, a cerveza.

De las premisas anteriores, sólo la última es cierta. Pero San Fermín es básicamente: comida, bebida, toros, música y amistad. Aunque también es risa, abrazo, camaradería, baile y una lista interminable de parabienes. El asistente acude con ganas de pasarlo bien y no le cuesta impregnarse de un espíritu epicúreo y zambullirse en un micromundo absolutamente sin prejuicios.  

Los Sanfermines son la única fiesta mundialmente conocida en la que todos los participantes (consuetudinarios, casuales o causales) participan por igual. Allí conviven todas las nacionalidades, edades y clases sociales en ejemplar armonía, entre música incesante y uniformidad de atuendo.

Las fiestas transcurren durante las veinticuatro horas de ocho días y, si fuéramos capaces de mantenernos despiertos durante ese lapso, tampoco daríamos abasto con todas las actividades que el Ayuntamiento pone a nuestra disposición y que el público protagoniza. Uno no puede parar de divertirse desde el momento en que pone el pie en la ciudad. Sí, las autoridades competentes elaboran un extenso programa de fiestas, que está muy bien, pero lo que realmente embauca y seduce es la amabilidad extrema de los navarros, el buen humor de las multitudinarias multitudes y, sorprendentemente, el orden y concierto del devenir diario.

Decir que las actividades arrancan el día con el encierro no es ceñirse a la verdad, porque a las ocho de la mañana hay dos tipos de despiertos: los todavía y los ya. Por tanto, es relativo tomar el encierro como referencia de principio de jornada festiva. Haciendo la cuenta atrás, dos horas antes del encierro el paseante de las calles del centro de Pamplona debe lidiar, en tarea hercúlea, con toda suerte de anfractuosidades del terreno: vasos de plástico, botellas de vidrio, cartones de vino de tetrabrik amontonados y dispersos por las calles, alfombras de chapapote de indefinida naturaleza y jóvenes en coma etílico (o, simplemente, tomándose un descanso, pues la fatiga a esas horas empieza a pesar). Una hora antes del chupinazo, la brigada de limpieza ha despojado a la ciudad de residuos y ofrece una Pamplona fresca para el disfrute de oriundos y visitantes ataviados de blanco de apariencia inmaculada.

Entre siete y ocho de la mañana el recorrido del encierro es inspeccionado en diversas ocasiones por las autoridades (en ocasiones con pitadas de los vecinos del lugar) para evitar irregularidades que puedan poner en riesgo la vida de los corredores. Los pastores, esos sherpas navarros vestidos de verde, hacen el paseíllo desde la plaza de toros hasta la Cuesta de Santo Domingo, arropados por los aplausos agradecidos de los espectadores asomados en los balcones. La tarea de los pastores es de incalculable valor.


Los encierros, universalmente conocidos gracias a la pluma de Ernest Hemingway, son adrenalina pura. Sólo quien los ha corrido puede expresar lo que se siente. Correr entre seis toros de seiscientos kilos y seis mansos de unos cuantos más, no es baladí. Es en estos escasos tres minutos cuando el capotico de San Fermín despliega su inmenso poder. Si millones de personas de todo el mundo los ven por televisión, será porque algo tendrán. El encierro es el corazón de la fiesta, que late al compás de los pasos de los corredores y las bestias. Sin entrar en polémicas ni políticas y desde el respeto a todas las opiniones, hablar de maltrato animal en los encierros, simplemente, no procede. Cuesta creer que un animal sufre mientras no es torturado, puesto que correr no es, ni por asomo, someter al toro a ninguna tortura. Los toros de lidia, que son los únicos animales que matan a los humanos por el placer de matar, porque son herbívoros, a diferencia de todos los demás que lo hacen para alimentarse, no sufren mientras corren. Sin el toro, esta fiesta no tendría razón de ser.

A las nueve y media en punto una comparsa de gigantes, cabezudos y kilikis desfilan por el centro. Los kilikis, personajes entrañables que sólo salen del Ayuntamiento para la festividad de San Fermín, golpean a los niños con una bola de espuma. Y las caras de los niños, que reflejan absoluta admiración hacia estos personajes, iluminan la plaza Consistorial.

 El Kiliki Caravinagre

A partir de este momento las peñas impregnan de música la ciudad, comparten mantel en las calles y se encargan de garantizar que, en un mundo dominado por la dictadura de las tecnologías, la desvergüenza de la oligarquía financiera y una profunda crisis de valores, la tradición se impone con amplio margen. La honestidad del taxista, el detalle de la joven camarera, la sonrisa del paseante y la voluntad del pamplonés para orientar al visitante despistado, invitan a pensar que aún quedan lugares sin contaminar.







Por las tardes las peñas desfilan hacia la plaza de toros, en orden y, nunca mejor dicho, concierto, pues llenan de música y de humor el recorrido del encierro. Van provistas de garrafas de calimocho, ollas con albóndigas con sepia o carnes guisadas, cubos de hielo con bebidas y toda la infraestructura necesaria para alimentarse de lo lindo mientras se lidia la faena en el ruedo. Por buena faena que haga el torero, el verdadero espectáculo tiene lugar en los tendidos. Cuando las peñas salen de la plaza, la ciudad lleva la fiesta a su punto de ebullición. Decenas de vendedores ambulantes subsaharianos salen en tropel ofreciendo artículos inverosímiles y luminosos que la concurrencia compra como parte de la diversión y sin el más mínimo sentimiento de vergüenza.










No todo es beber y bailar. La procesión del santo patrón el día 7 de julio es algo serio y puede ser algo largo, porque los costaleros deben hacer una parada cuando una persona le dedica una jota desde un balcón, algo que ocurre con frecuencia. También hay ofrendas florales al Santo y misas diarias. En la iglesia y fuera, lo que más abunda son los cánticos. Al fin y al cabo ¿no decía Santo Tomás de Aquino que cantar era como rezar dos veces?





La intensidad del tiempo transcurrido en Pamplona durante los Sanfermines puede llevarnos a dudar de si realmente estuvimos allí o fue simplemente un sueño. Realidad o sueño pueden coexistir, por qué no, y dejar que la memoria abra paso a paraísos infinitos. Y también, cómo no, a que el destino nos vuelva a llevar a Pamplona para vivir la fiesta, de nuevo, como ejercicio catártico o tal vez espiritual. A San Fermín pedimos…