viernes, 6 de junio de 2014

Descripción de personajes mediante pequeños gestos 



¡Bingo!

Alexia encontró un trabajo cuando faltaban dos semanas para agotar su prestación de desempleo. Había estudiado Ciencias Exactas por devoción y Psicología por afición. Gracias a la primera de sus carreras consiguió un empleo cantando números en un bingo.
En el fondo le resultaba humillante el puesto, el proceso de selección y tener que hacer público que las horas de estudio y su experiencia laboral le habían hecho merecedora de un trabajo de esa guisa, pero no podía arriesgarse a quedarse sin ingresos. El encargado del bingo, Alfonso Castro, no pudo encontrar una fisura en su currículum por más que lo releía mientras éste temblaba en sus manos nerviosas y tapaba una pequeña parte de su enorme estómago. Sus gafas pequeñas se aguantaban en la punta de su nariz y sobre ellas unos ojos inseguros y lascivos intentaban fijar la vista en los de Alexia, pero inevitablemente descendían al escote. Aunque era consciente de que la candidata estaba sobrecualificada, decidió contratarla y, una vez firmado el contrato, le pidió que procurara llevar escotes tan pronunciados como el de aquel día. Alexia supo que trabajar allí iba a ser un error, pero a lo hecho, pecho. Empezó a trabajar el día siguiente.
Alfonso Castro la observaba con un codo apoyado en la barra. Sostenía en la mano un vaso de tubo con bourbon Four Roses que agitaba de forma mecánica haciendo chocar los cubitos de hielo. Daba sorbos largos sin quitar la vista de Alexia y se secaba los labios con la mano. Su mirada era viciosa. Seguro que se mataba a revistas porno en la soledad de su casa. Llevaba camisas de manga corta con los botones de arriba desabrochados y mostraba pecho peludo y cadena de oro.
Cuando llevaba una semana trabajando empezó a identificar a los clientes habituales. Como Andrés Corominas, un sesentón que iba al bingo ataviado en sus mejores galas, generalmente trajes claros con americana cruzada. Solía beber coñac del bueno y también quedarse hasta que cerraban el local. Si había algo que estaba claro era lo mucho que le desagradaba Alfonso Castro, y ello le garantizó cierta simpatía por parte de Alexia. En ocasiones se quedaba inmóvil, con la mirada perdida en algún tiempo pasado tal vez, y jugaba a incrustar el cartón del bingo entre la uña y la carne de su dedo pulgar. La soledad le había abocado a un mundo disoluto de juego, alcohol y esporádicos amores meretricios del que sólo podría salir si encontraba un amor verdadero, pero buscar un amor no estaba en sus planes, y era una lástima porque de estarlo no pasaría las noches sin levantar la vista de los cartones y se daría cuenta de la presencia de Carmen. Mucha fachada, pero su timidez lo había devorado y lo estaba reduciendo a la mínima expresión.
Carmen Merino era una cincuentona gruesa y peluda. Su pelo recio, negro y abundante era lo que más destacaba de su fisonomía. Debió ser una mujer de bandera unas décadas atrás, porque quien tuvo, retuvo y su empaque era de categoría. Le sobraba maquillaje y vestía con un estilo tan extremado que a veces rayaba en la chabacanería. Se perfumaba en exceso, pero era evidente que era una mujer limpia como los chorros del oro. Bebía vino tinto. El de la casa, mismo. Y si la copa dejaba un cerco de agua en la mesa, lo secaba con una servilleta. Trabajaba haciendo limpiezas domésticas y su acento era murciano. No se sabía su estado civil, pero por la avidez con la que miraba a los clientes, estaba claro que necesitaba compañía. Procuraba dar la espalda a Alonso Castro y evitar a toda costa cualquier tipo de contacto con él, incluso el visual.
 Alexia empezó a aburrirse en el trabajo. Cantar números se le hacía matemáticamente insufrible y aguantar las indirectas y las miradas de Alfonso Castro, así como esquivar su mano atrevida después de unas copas era muy duro de llevar. Aquel jueves su objetivo era sentar a Andrés Corominas y Carmen Merino en la misma mesa y dejar que Cupido hiciera el resto. Los jueves solían llenar el bingo y aquel no fue una excepción. Cuando llegó Carmen no cabía un alfiler y Alexia llamó a una camarera y le pidió que juntara a los clientes de la mesa de Andrés para que cupiera la murciana con semblante depredador, pero más mansa que una paloma. Así lo hizo y, aquel día, Andrés y Carmen salieron del brazo después de haber cantado dos líneas y un bingo, y nunca más aparecieron por allí.

Todavía quedaba el asunto Alfonso, que se agravaba por momentos. Alexia conocía este perfil de psicópatas, y sabía que en cualquier momento se le insinuaría y no aceptaría un no por respuesta, por ello siempre llevaba el móvil en el bolsillo y grababa las pocas conversaciones que cruzaba con él. Hasta que sucedió. Por suerte, Alexia grabó la propuesta de él y la negativa de ella y lo denunció. Por lo visto atesoraba un extenso historial de denuncias. Alexia ganó el juicio y su abogado la contrató a tiempo parcial, lo que le permitió acabar la tesis doctoral. La experiencia binguera le había dado mucho material para completarla. 

miércoles, 4 de junio de 2014

Relato basado en una máquina de escribir





Tardes de Olivetti

 

Algunas tardes mi madre me llevaba a la fábrica de mi padre y me sentaban en el despacho, junto a Aurora, la secretaria que se encargaba de todo. Yo balanceaba las piernas mientras la observaba trabajar y la miraba con admiración. Aunque apenas llegaba a los veinte años, me parecía mayor. Solía llevar blusas abrochadas hasta el cuello, faldas por debajo de las rodillas, zapatos de tacón y la manicura perfecta. Me podía pasar horas mirando cómo tecleaba la Olivetti con aquellos dedos delgados y, si se le atascaban las barras de tipo, entonces las desagrupaba con sus dedos delicados en un gesto femenino y elegante.

Cuando mis padres iban juntos a inspeccionar la zona de producción, Aurora y yo nos quedábamos solas en el despacho y me preguntaba las tablas de multiplicar, los ríos de España y a qué especie pertenecían los animales que elegía al azar. Si contestaba bien, que era casi siempre, me premiaba con un caramelo y, lo mejor: tecleaba siguiendo el ritmo de una canción cuyo título tenía que adivinar. ¡Así me podía pasar horas!

Los chasquidos de aquella máquina de escribir eran mágicos, pues llegaban a hipnotizarme casi tanto como la destreza de Aurora. ¡Y qué decir de la campanilla al final de línea!

―Deberían inventar máquinas de escribir que tuvieran memoria, porque ésta ha vivido toda la de esta empresa. Nunca te deshagas de ella ―me dijo un día mientras me dejaba teclear sentada sobre su falda.  

Nunca lo hice. La Olivetti está en el altillo, envuelta y metida en una caja. Aurora no vivió para ver que se inventaron «las máquinas de escribir con memoria», memoria frágil, pues me han fallado dos discos duros y voy por mi tercer ordenador. No podría vivir sin él… pero si tuviera que dejar un mensaje a alguien a mis biznietos,  utilizaría la Olivetti que ve pasar el tiempo desde el altillo y no ha fallado jamás.

sábado, 24 de mayo de 2014

Relato inspirado en la arquitectura de Gaudí, en el que intervenga la naturaleza y una espiral 



Naturaleza muerta

Habían transcurrido apenas tres meses desde que Narciso recibió aquel misterioso telegrama de Don José Luís Sáenz-Robles de Vinuesa, el notario. Acudió a la cita enigmática para comprobar, atónito, que su madrina, a quien no había vuelto a ver desde su bautizo, lo había nombrado heredero universal de su patrimonio.
La tía Margarita no había tenido hijos ni sobrinos carnales, pues era soltera, hija única de buena familia por parte de madre y pájaro libre. En realidad le daba igual a quién iban a parar los bienes que no le diera tiempo de patearse, pero después del bautizo de Narciso hizo testamento y empezó una vida alejada de encuentros familiares. En aquella sala modernista de techos altísimos decorados con relieves con formas vegetales, Narciso se sintió pequeño y asustado y firmó tembloroso la aceptación de herencia sobre una mesa de caoba brillante, cuyos nudos parecían decirle «no lo hagas».
Heredó, entre otros bienes, un piso en la casa Batlló. Él vivía en una oscura planta baja en el Carmelo y era el único trabajador de una lúgubre oficina de peritajes en Horta. Los peritos se pasaban el día verificando y él se ocupaba de todo el papeleo. No tenía pareja, no tenía padres y su vida era tediosa. Era muy delgado, su tez tenía un color cetrino y ello, añadido a su carácter introvertido y tímido, lo hacían un hombre muy poco atractivo.
Pasaba tantas horas sin hablar con nadie en el trabajo que en ocasiones notaba cómo las paredes grises se agitaban y emitían un sonido de planchas metálicas. Era un ruido que le aterrrorizaba. La pequeña ventana empequeñecía hasta desaparecer, los fluorescentes se atenuaban hasta dejar la oficina en penumbra. Cuando esto ocurría, que era con frecuencia, Narciso cerraba los ojos y se acurrucaba bajo la mesa en posición fetal.
Mª Rosa, la hermana de Narciso, desconocía el padecimiento de su hermano, no obstante, veía como cada año que cumplía crecía su descontento y le recomendó irse a vivir a la casa Batlló, un cambio de entorno le sentaría bien. Hizo caso a su hermana y se trasladó al Paseo de Gracia, eso sí: con reticencia.
Cuando introdujo la llave en la cerradura, notó que alguien le observaba detrás de él, se giró con cuidado y no encontró a nadie, aunque la mirilla de la puerta vecina le pareció unos ojos que lo observaban. Era una mirilla idéntica a la de su casa que, por cierto, también le pareció que lo miraba. Abrió la puerta con las manos temblorosas y respiró aliviado al cerrarla tras su espalda. Ya estaba en casa. En su casa heredada y recién pintada, una casa sin apego y sin memoria, con paredes polimorfas, con redondeces y ornamentos hasta el aburrimiento. Una casa que no era un hogar. Visitó una por una todas las estancias, siempre con la sensación de ser observado por animales camuflados en las molduras, muebles y baldosines. Se sentó en el sofá y pudo escuchar con claridad el rumor de las hojas que decoraban los marcos de las puertas. En la chimenea del salón, los ojos de un búho lo seguían con la mirada. Aquella era una casa-bosque, y no pertenecía a nadie más que a los que en ella habían morado siempre.
La ansiedad de Narciso se agudizó cada día que pasaba allí dentro. Perdió mucho peso, no tanto por el tejido muscular que había perdido, sino porque sus huesos se estaban aligerando. Era como si se estuvieran convirtiendo en huesos de madera. Sus nudillos sobresalían como el nudo de una rama. Incluso al moverse, su esqueleto simulaba el crujir de las ramas de un chopo.
Su tez pasó de cetrina a verdosa y se le transparentaban los nervios bajo su piel. Cuando volvía a su casa de Paseo de Gracia notaba como durante su ausencia la vegetación había brotado con inexplicable fuerza expansiva. Las raíces de las plantas se asomaban desde los zócalos. Dragones, lechuzas, pájaros… un mundo animal había anidado en aquella casa de los horrores naturales. Las paredes y puertas cobraban vida. Hasta que una noche se quedó dormido en el sofá, se acercó una serpiente de escayola y tan sólo dejó de él sus huesos de madera.

Mª Rosa lo había estado llamando desde hacía unos días, pero Narciso respondía. Como tenía una copia de las llaves entró en la casa y la encontró como si su hermano hubiera salido a comprar algo y lo tuviera todo dispuesto para cenar. Encontró unas delgadas ramas junto al sofá, se agachó para cogerlas y encendió la chimenea con ellos, para sorprender a Narciso y que se  encontrara la casa calentita. Quien tiene una hermana tiene un tesoro. 

martes, 6 de mayo de 2014

El misterio macabro de El crimen de Lord Arthur Saville
relato en el que se unen sueño y realidad 

Valentín era un hombre moderado, discreto, capaz de controlar cualquier emoción que pusiera en jaque su equilibrio. Se enamoraba con templanza, se entusiasmaba sin perder la contención y nunca perdía los papeles, ni levantaba la voz.
Sólo había algo que hacía tambalear su aplomo: un sueño intenso, de ésos que durante horas o, tal vez días, hacen dudar si fue un sueño o un viaje a una dimensión desconocida.
Todo empezó el día que soñó que vivía en una casa orientada al oeste y en cuya terraza leía un libro de Óscar Wilde titulado El crimen de Lord Arthur Saville. Aquella tarde tenía una cita para ver un piso y fue convencido de que no le podría gustar más que el de su sueño, pero se quedó sin palabras porque era, en toda su extensión semántica, el piso de sus sueños. Lo compró y, una vez instalado, encontró un libro en el altillo: El crimen de Lord Arthur Saville. Le quitó el polvo acumulado durante años y lo leyó en la terraza.
Trataba de un joven al que un vidente le echa las cartas en una fiesta y le dice que va a matar a alguien. El chico, un tanto perturbado, empieza a obsesionarse hasta tal punto que decide poner fin a su tormento buscando una víctima y así cumplir con el destino.
Otra noche soñó que sostenía un bebé en brazos. No le gustaban los niños y ni siquiera tenía pareja, pero durante el día se le aparecía la imagen del bebé con claridad diáfana, así que le preguntó a su hermana ―que sabía mucho de Astronomía, de energías, de piedras, de interpretación de sueños y de ciencias ocultas― qué podía significar y le respondió que el bebé simbolizaba un cambio favorable. Aquel fin de semana conoció a Conchi, la mujer de su vida. Desde entonces viven juntos y sabe que algún día tendrán un bebé como el de su sueño.
Con la misma terca intensidad soñó el fallecimiento de su padre, la defenestración de su jefe, su accidente en bicicleta y otros acontecimientos. Por desgracia había aprendido a identificar cuándo un sueño se convertía en inevitable y aquella noche había tenido otro: soñó que empujaba por la escalera a Consuelo, su vecina del cuarto. Consuelo era un ser insufrible y chismoso que se pasaba la vida espiando a los demás. Había intentado en vano romper el hielo con Valentín en varias ocasiones en el irrespirable espacio del ascensor, pero él siempre evitó las camaraderías. No le gustaba aquella mujer, estaba claro, pero empujarla escaleras abajo le parecía excesivo.
Durante su jornada laboral se sintió inquieto, pues detestaba la sensación residual que dejaban los sueños intensos. Era como revivir El crimen de Lord Arthur Saville. Mordidas las uñas, empezó a roer la carne de sus dedos, poseído por la inquietud que le producía el futuro inmediato. Su mujer, sabedora del malestar de su esposo, le propuso  hacer algo diferente aquella tarde: irían a un mercadillo de libros de segunda mano que habían instalado muy cerca de casa. A Valentín le pareció buena idea y le pidió a Conchi que llevara el libro de Óscar Wilde que tantos problemas le había ocasionado. Lo vendieron por veinte céntimos y, tras tomar un vino y unas bravas, entraron en el portal de casa con Alberto, un vecino adolescente aficionado a la guitarra que venía de ensayar con los amigos y estaba entusiasmado con su compra: El crimen de Lord Arthur Saville por un euro en un mercadillo que encontró de camino a casa.
Valentín y Conchi se cruzaron una mirada de preocupación y, al salir del ascensor, encontraron en el rellano a Consuelo. No podía ser ningún otro vecino, sino Consuelo. Se disponía a bajar las escaleras cuando Alberto le dio un golpe sin querer con la guitarra mientras buscaba las llaves.
Valentín corrió a capturar a la vecina chismosa que había iniciado el descenso en caída libre y evitó la catástrofe. Alberto no se dio cuenta del incidente, pero para Valentín aquel acto heroico puso punto final a su agonía. Lo que desconocía era que la verdadera agonía estaba por llegar: Consuelo se sintió en deuda con él y estuvo más plasta que nunca por los siglos de los siglos.










sábado, 19 de abril de 2014

Un corazón con recursos 
Relato que debe incluir recursos estilísticos como: anáforas, prosopopeyas, asíndeton, metáforas, onomatopeyas, palíndromos, calambur... 



He vivido durante cuarenta años con un ser insensible, mezquino, cruel, vicioso, embustero, ignorante, racista y xenófobo. Un ser[MJL1]  que desprecia abiertamente a sudamericanos, árabes y gentes de declarado mal vivir como rumanos y gitanos. Un ser que es la oveja negra de su familia y lo sería de cualquier otra. Su nombre es Óscar, es comercial y tiene un piquito de oro para vender y para embaucar. He sido testigo de escenas bochornosas, pero por fin soy libre y puedo hablar.
Empezaré por el principio: soy un corazón. Sí, sí: un corazón sano y fuerte. Debe ser por mi naturaleza, porque desde luego mi portador no se ha molestado en cuidarme. Vivía al límite: hacía ejercicio de manera compulsiva, practicaba deportes de riesgo, fumaba sin descanso, bebía sin medida, comía cuanto le apetecía, tenía sexo casi a diario con diferentes mujeres a las que tenía seducidas, pisaba el acelerador hasta quemar el motor del coche y, de vez en cuando, ponía a prueba su cuerpo mezclando con drogas todo lo anterior. He estado siempre al pie del cañón, obediente y disciplinado, bombeando sin parar a sístole y diástole.
¡Qué poco acertado cuando dicen por ahí «esa persona no tiene corazón»! No somos nosotros, los corazones, los que incitamos al comportamiento indecoroso, sino el cerebro. Ese órgano vil, manipulador y sobrevalorado, ese gran hermano cuya alargada sombra todo lo controla y dirige. [MJL2] 
La cuestión es que incluso los límites tienen un límite. Un día en el que Óscar iba pasado de todo, se la jugó sólo para impresionar a una chica, cruzó un semáforo en rojo, chocó con otro coche, dimos varias vueltas de campana.[MJL3]  Como en las películas. Como en las pesadillas. [MJL4] Las dos personas que iban en el coche contrario y el ligue de turno fallecieron al instante, el gran hermano[MJL5]  también y yo duré un poco más. Corazón 1- Cerebro 0. ¡Ja! ¡Si Óscar hubiera vivido para ver que un médico sudamericano fue el que consiguió que yo llegara con vida al hospital! Se habría retorcido de asco.
Una vez en el quirófano todo fueron prisas. Prisas [MJL6] coordinadas, no obstante. Entre los bip-bip-bip [MJL7] de las máquinas, las correrías en la ambulancia y por los pasillos, los enfermeros y médicos en tropel y el rumor de la familia de Óscar[MJL8] , pude entender que podían salvar pocos órganos del cuerpo, entre ellos a mí, y donarlos a pacientes en lista de espera. ¡Hay que reconocer [MJL9] que por fin Óscar iba a servir para algo de provecho! El resto del cuerpo, junto con el coche, fue al desguace.
Así es como viví unos minutos en libertad condicional hasta que me encajaron en otro cuerpo. ¡Qué extraña sensación! Cuando dicen por ahí «es tan tierno que me ha tocado el corazón», no tienen ni idea de lo que dicen. ¡Es un horror! Que si hay que encajar el ventrículo a la vena, que si la arteria, que si las aurículas, que si a ver si funcionan bien las válvulas… pues sí, parece que funciona. ¡Hala, pues a seguir latiendo!
¿Seré inmortal? Si he sobrevivido a los excesos de Óscar, mal tiene que ir la cosa para no funcionar en este otro cuerpo. Parece un hombre corpulento, porque me siento holgado. ¡Shhhh[MJL10] ! Silencio, que voy a ver si pillo algo de la conversación.
—Querido, dicen los médicos que te pondrás bien.
—Seguro que sí, no siento ningún cuerpo extraño. ¿Sabes qué? Una vez te di mi corazón y ahora te lo vuelvo a dar.
¡Ésta sí que es buena! Estoy en el cuerpo de un hombre que se llama Antonio y su mujer se llama Rodica… ¡y es rumana! ¡Ja, ja, ja, ja! ¡Si Óscar levantara la cabeza! ¡Su corazón es de una rumana y se lo ha transplantado un médico mexicano! Al acabar la intervención, el médico le dijo a la enfermera:
Y la enfermera le respondió:
―Tiene usted razón. ¡Vaya semanita!
[MJL11] Lo mejor de todo es que creo que voy a llevar una vida más tranquila. Menos mal. A esta edad lo que necesito es calma.





 [MJL1]anáfora


 [MJL2]prosopopeya


 [MJL3]Asíndeton


 [MJL4]Anáfora



 [MJL5]Metáfora



 [MJL6]Anadiplosis


 [MJL7]onomatopeya


 [MJL8]cierta aliteración con la /r/



 [MJL9]palíndromo


 [MJL10]onomatopeya


 [MJL11]calambur

lunes, 3 de marzo de 2014

De vuelta al futuro
relato futurista




21 de agosto de 2054. Aquella muesca en el árbol le indicó que habían pasado cuarenta años desde su llegada. Lo que peor llevaba Joseba no era que tenía que hacer fuego como en la Prehistoria, no. Ni lo atrapado que se sentía en la selva amazónica, no. Ni los dientes que se habían quedado por el camino. Lo peor de todo era que, siendo de Bilbao, no podía contarle a nadie que fue el único que sobrevivió a un accidente aéreo. ¡Con dos cojones!
En cuarenta años no había encontrado un bípedo sin plumas ni pelaje y cierto era que había buscado vida humana durante tiempo, pero cuando tomó conciencia de que la probabilidad de ser encontrado era prácticamente inexistente en aquel laberinto de lianas, raíces y vegetación indomable, se relajó, al fin y al cabo estaba acostumbrado a climas húmedos. De modo que, como buen vasco, se construyó una casa de revista sobre una caoba, para evitar ataques nocturnos de algún jaguar hambriento. Tenía madera para urbanizar Euskadi entero, y con algunas piezas del fuselaje se procuró las herramientas que necesitaba para su proyecto inmobiliario.
Su vida transcurría tranquila, una vez acostumbrado a no estar con mujeres. En Bilbao era difícil ligar y por eso había ido a Brasil… ya era mala suerte la suya. Cantaba y hablaba sólo para evitar que se le oxidara la cavidad bucal y no fuera capaz de articular palabras si alguna vez lo necesitaba. En ocasiones se daba un bañito, siempre con miedo de que alguna piraña le mordiera, pero se había ido salvando, acaso porque no se apartaba mucho de la orilla. Tras el accidente, y antes de alejarse del lugar del siniestro, recuperó toda la ropa que pudo de las víctimas y las había ido aprovechando a su manera para proteger, al menos, algunas partes de su anatomía.
Se tumbó en la orilla y dejó que el sol secara su cuerpo antes de preparar la comida: tucán con reducción de mango, chuletón de oso hormiguero, nutria confitada y espuma de coco. Ya tenía el menú escogido cuando un ruido muy extraño interrumpió su reposo. Este ruido se iba haciendo cada vez más perceptible, pero no podía reconocerlo. De pronto, sobre el agua, vio que se deslizaba una embarcación capitaneada por un tipo muy raro; tan raro, que Joseba estuvo a punto de esconderse.
―¡Eh, tú! ¡Indígena! No tengas miedo, soy un reportero del National Geographic.
―¿Indígena yo? ¡Si soy ingeniero industrial! ¡Y de Bilbao!
―¿En serio? Sube a mi lancha solar, voy a sacarte de aquí y me cuentas todo. Me llamo Borja Mari ―le dijo mientras le ayudaba a subir a la lancha.
Joseba se mostró reticente. Aquel tipo raro con pelo de chica y ropa plateada no le inspiraba confianza y la idea de tener una conversación inteligente con aquel tipejo no pasó por su cabeza. No imaginaba cómo había evolucionado el mundo en cuatro décadas y, sinceramente, a estas alturas de la película le traía al pairo. Eso sí, subirse a aquella embarcación tan llena de receptores le iba a facilitar un revolcón con una mujer en algún momento, por mal que fuera la cosa. Así que se despidió de su vida, subió y le contó al niñato cómo habían transcurrido aquellas décadas en la selva.
―Vamos a comer algo, ¿no?
―¿Tienes hambre? Ahora ya no comemos, ahora tomamos unas pastillas que tienen todas las propiedades de una dieta equilibrada. ¿Quieres una?
―¿Pastillas? ¿Coméis pastillas? Las tomaréis con vino tinto, espero.
―¿Vino? ¡No! Todos los países han prohibido el consumo de alcohol, porque hace decir la verdad, y ya no se puede opinar, simplemente hay que obedecer las pautas. Ahora tomamos zumos envasados.
In vino veritas.
―¿Qué? ¿En qué idioma hablas?
―En latín, ignorante. Oye, llévame a algún sitio donde haya mujeres. ¡Llevo cuarenta años sin sexo!
―¿Para qué? Ahora ya no se tiene sexo. Ahora tomamos unas pastillas que proporcionan la misma sensación de placer y son más asépticas.
―¿Qué? ¿Estás de broma? ¿Me estás diciendo que nunca has mojado el churro?Es igual, déjalo. Oye, ¿y cómo os conocéis los chicos y las chicas ahora?
―Mediante unas gafas con las que te desenvuelves en un entorno virtual. Tú eliges dónde quieres estar y, al ponerte las gafas, te da la sensación de estar allí. ¿Las quieres probar?
―¡Quita, quita! Donde esté una moza que se quiten las gafas.
De pronto, el joven pulsó un botón y subió un cristal a modo de parabrisas. El cristal era una pantalla táctil que le conectó visualmente con el resto del equipo, todos con el mismo aspecto asexuado del chaval. Joseba no supo distinguir a los hombres de las mujeres. Eso sí, pudo ver reflejada la maraña en que se había convertido su escasa cabellera y el penoso aspecto de su boca mellada.
―Una vez lleguemos con los compañeros, si quieres, te podemos teletransportar a Bilbao. Tenemos un teletransportador y, si te metes dentro, apareces en otro aparato igual en cualquier otra parte del mundo.
―¿En tu equipo hay mujeres? Debo estar fatal, porque no las he sabido distinguir.  
―¡Claro! Es por la ley de igualdad.
―Oye, mira, Borjita, vas a dar la vuelta a la barquita, me vas a dejar donde me has encontrado, te voy a dejar que me hagas fotos, pero no que le digas a nadie dónde estoy, te voy a hacer una comida que te vas a chupar los dedos y luego… guiris go home.

Y así acabó la historia. Joseba vivió feliz en la selva, Borja Mari tomó su embarcación después de un banquete de mucha categoría y los lectores del National Geographic pensaron que aquellas fotos eran un montaje. 
Malena es nombre de mango.
 

Gimenells, en la comarca de Segrià, acoge una antigua vaquería transformada en acogedor restaurante. Me recordó a aquel precepto árabe: la casa de moro por fuera es de barro y por dentro es de oro.






El antiguo mas es el restaurante y desde el exterior uno no se imagina que está a punto de adentrarse en un mundo de fantasía gastronómica que empieza con:



Galletas de mantequilla, almendras a las cuatro pimientas, palitos de pipas y aceitunas aliñadas.


Pareados de espinacas


Pa sucat amb oli


Crema de patata con guisantes y aceite

Alcachofa a la brasa con frambuesa y trufa

Calçot con pulpito y salsa de romesco 

Bullabesa de vieira y patata

Rodaballo con caldo de verduras y regaliz

Cordero lechal cocinado a baja temperatura, con canela, pimienta y acabado a la brasa


Yema de regaliz con golosina de café y helado de mandarina


Chocolate de rosas y chocolate blanco relleno de aceituna


Almendras garrapiñadas con orejones

40€