lunes, 3 de marzo de 2014

De vuelta al futuro
relato futurista




21 de agosto de 2054. Aquella muesca en el árbol le indicó que habían pasado cuarenta años desde su llegada. Lo que peor llevaba Joseba no era que tenía que hacer fuego como en la Prehistoria, no. Ni lo atrapado que se sentía en la selva amazónica, no. Ni los dientes que se habían quedado por el camino. Lo peor de todo era que, siendo de Bilbao, no podía contarle a nadie que fue el único que sobrevivió a un accidente aéreo. ¡Con dos cojones!
En cuarenta años no había encontrado un bípedo sin plumas ni pelaje y cierto era que había buscado vida humana durante tiempo, pero cuando tomó conciencia de que la probabilidad de ser encontrado era prácticamente inexistente en aquel laberinto de lianas, raíces y vegetación indomable, se relajó, al fin y al cabo estaba acostumbrado a climas húmedos. De modo que, como buen vasco, se construyó una casa de revista sobre una caoba, para evitar ataques nocturnos de algún jaguar hambriento. Tenía madera para urbanizar Euskadi entero, y con algunas piezas del fuselaje se procuró las herramientas que necesitaba para su proyecto inmobiliario.
Su vida transcurría tranquila, una vez acostumbrado a no estar con mujeres. En Bilbao era difícil ligar y por eso había ido a Brasil… ya era mala suerte la suya. Cantaba y hablaba sólo para evitar que se le oxidara la cavidad bucal y no fuera capaz de articular palabras si alguna vez lo necesitaba. En ocasiones se daba un bañito, siempre con miedo de que alguna piraña le mordiera, pero se había ido salvando, acaso porque no se apartaba mucho de la orilla. Tras el accidente, y antes de alejarse del lugar del siniestro, recuperó toda la ropa que pudo de las víctimas y las había ido aprovechando a su manera para proteger, al menos, algunas partes de su anatomía.
Se tumbó en la orilla y dejó que el sol secara su cuerpo antes de preparar la comida: tucán con reducción de mango, chuletón de oso hormiguero, nutria confitada y espuma de coco. Ya tenía el menú escogido cuando un ruido muy extraño interrumpió su reposo. Este ruido se iba haciendo cada vez más perceptible, pero no podía reconocerlo. De pronto, sobre el agua, vio que se deslizaba una embarcación capitaneada por un tipo muy raro; tan raro, que Joseba estuvo a punto de esconderse.
―¡Eh, tú! ¡Indígena! No tengas miedo, soy un reportero del National Geographic.
―¿Indígena yo? ¡Si soy ingeniero industrial! ¡Y de Bilbao!
―¿En serio? Sube a mi lancha solar, voy a sacarte de aquí y me cuentas todo. Me llamo Borja Mari ―le dijo mientras le ayudaba a subir a la lancha.
Joseba se mostró reticente. Aquel tipo raro con pelo de chica y ropa plateada no le inspiraba confianza y la idea de tener una conversación inteligente con aquel tipejo no pasó por su cabeza. No imaginaba cómo había evolucionado el mundo en cuatro décadas y, sinceramente, a estas alturas de la película le traía al pairo. Eso sí, subirse a aquella embarcación tan llena de receptores le iba a facilitar un revolcón con una mujer en algún momento, por mal que fuera la cosa. Así que se despidió de su vida, subió y le contó al niñato cómo habían transcurrido aquellas décadas en la selva.
―Vamos a comer algo, ¿no?
―¿Tienes hambre? Ahora ya no comemos, ahora tomamos unas pastillas que tienen todas las propiedades de una dieta equilibrada. ¿Quieres una?
―¿Pastillas? ¿Coméis pastillas? Las tomaréis con vino tinto, espero.
―¿Vino? ¡No! Todos los países han prohibido el consumo de alcohol, porque hace decir la verdad, y ya no se puede opinar, simplemente hay que obedecer las pautas. Ahora tomamos zumos envasados.
In vino veritas.
―¿Qué? ¿En qué idioma hablas?
―En latín, ignorante. Oye, llévame a algún sitio donde haya mujeres. ¡Llevo cuarenta años sin sexo!
―¿Para qué? Ahora ya no se tiene sexo. Ahora tomamos unas pastillas que proporcionan la misma sensación de placer y son más asépticas.
―¿Qué? ¿Estás de broma? ¿Me estás diciendo que nunca has mojado el churro?Es igual, déjalo. Oye, ¿y cómo os conocéis los chicos y las chicas ahora?
―Mediante unas gafas con las que te desenvuelves en un entorno virtual. Tú eliges dónde quieres estar y, al ponerte las gafas, te da la sensación de estar allí. ¿Las quieres probar?
―¡Quita, quita! Donde esté una moza que se quiten las gafas.
De pronto, el joven pulsó un botón y subió un cristal a modo de parabrisas. El cristal era una pantalla táctil que le conectó visualmente con el resto del equipo, todos con el mismo aspecto asexuado del chaval. Joseba no supo distinguir a los hombres de las mujeres. Eso sí, pudo ver reflejada la maraña en que se había convertido su escasa cabellera y el penoso aspecto de su boca mellada.
―Una vez lleguemos con los compañeros, si quieres, te podemos teletransportar a Bilbao. Tenemos un teletransportador y, si te metes dentro, apareces en otro aparato igual en cualquier otra parte del mundo.
―¿En tu equipo hay mujeres? Debo estar fatal, porque no las he sabido distinguir.  
―¡Claro! Es por la ley de igualdad.
―Oye, mira, Borjita, vas a dar la vuelta a la barquita, me vas a dejar donde me has encontrado, te voy a dejar que me hagas fotos, pero no que le digas a nadie dónde estoy, te voy a hacer una comida que te vas a chupar los dedos y luego… guiris go home.

Y así acabó la historia. Joseba vivió feliz en la selva, Borja Mari tomó su embarcación después de un banquete de mucha categoría y los lectores del National Geographic pensaron que aquellas fotos eran un montaje. 
Malena es nombre de mango.
 

Gimenells, en la comarca de Segrià, acoge una antigua vaquería transformada en acogedor restaurante. Me recordó a aquel precepto árabe: la casa de moro por fuera es de barro y por dentro es de oro.






El antiguo mas es el restaurante y desde el exterior uno no se imagina que está a punto de adentrarse en un mundo de fantasía gastronómica que empieza con:



Galletas de mantequilla, almendras a las cuatro pimientas, palitos de pipas y aceitunas aliñadas.


Pareados de espinacas


Pa sucat amb oli


Crema de patata con guisantes y aceite

Alcachofa a la brasa con frambuesa y trufa

Calçot con pulpito y salsa de romesco 

Bullabesa de vieira y patata

Rodaballo con caldo de verduras y regaliz

Cordero lechal cocinado a baja temperatura, con canela, pimienta y acabado a la brasa


Yema de regaliz con golosina de café y helado de mandarina


Chocolate de rosas y chocolate blanco relleno de aceituna


Almendras garrapiñadas con orejones

40€





















































viernes, 31 de enero de 2014

La vaca Milkimoo

Nací un día de luna nueva, de madrugada. La tenue luz que emitía el farolillo del granjero que asistió mi alumbramiento me deslumbró. No soy capaz de recordarlo, pero me han dicho muchas compañeras que mi madre lloró de decepción al percatarse de mi trapío: hembra y negra como aquella noche. Igualita que mi padre.
Ella, vaca frisona y ganadora irredenta en concursos de vacas lecheras, deseaba que yo fuera un toro bravo que vengara la muerte de mi difunto padre, Lucerito.
¡Si al menos hubiera sido blanca o manchada! Pero no, negra como el carbón. Mi semblante me apartó del resto de la manada de por vida, pues siempre me encontraron poco femenina. De nada servía que intentara decorar mi semblante con hojas y flores, el resto de vacas me hicieron siempre el vacío, alegaban que parecía un toro.
Por mera supervivencia, me cultivé. Leía a escondidas, primero novelas juveniles bovinas, luego literatura rumiante y luego me cautivaron los clásicos astados. Aprendí inglés, francés y alemán por si algún día iba a parar a Suiza, paraíso vacuno y fiscal. Y, a pesar del evidente rechazo al que me tenían sometida mis compañeras de granja, cuando me reflejaba en el abrevadero me encontraba resultona.
Nuestra granja estaba delimitada por una valla que lindaba con una dehesa en la que pacían toros bravos. Aunque no interactuaban entre sí con la camaradería que lo hacían las vacas, era evidente que había un toro singularmente distinto, si se me permite el pleonasmo. Ni tenía la bravura del resto ―más bien era manso tirando a melifluo―, ni su trapío era apabullante y, además, era ensabanado. Sí, su pelaje era blanco como la luna. Se llamaba Soleado.
Por los vacíos que dejaban los troncos de las vallas intercambiábamos miradas huidizas y un flirteo digno de elogio. No obstante, las burlas de nuestros respectivos colegas intimidaban aquel amor incipiente. De manera que decidimos encontrarnos de noche. Charlábamos horas y horas bajo el cielo estrellado, y rozábamos nuestros hocicos con gestos que hoy me parecen pusilánimes, hasta que una noche empezamos a hablar del grandioso Italo Calvino y entramos en un celo irresistible. Soleado saltó la valla y bajo la luna llena y como fruto del amor, me hizo un ternero.
Nos planteamos huir a Suiza, allí seguro que no tendríamos que soportar el escarnio bobino y bovino. Podríamos formar una familia y ser felices toda la vida, sin el temor de que llamaran a filas a mi torito bueno y no volviera a verlo nunca más.
El granjero alumbró aquel alumbramiento, si se me permite la iteración ―que no redundancia―, con el mismo farolillo con el que me trajo al mundo. Bajo una luna creciente nació un becerrito cárdeno y manso, que los siguientes días se alimentó de calostros. En la intimidad de la lactancia noté algo extraño: mi leche era… oscura. Pero mi hijito, al que llamamos Chesterton, ganaba peso por momentos y se veía un becerrito feliz.
Al poco tiempo, cuando mi granjero vino a ordeñarme se llevó una sorpresa: mi leche era oscura porque tenía chocolate incorporado. ¿Acaso era yo la vaca de las ubres de oro? ¡Pues parecía ser que sí! El granjero me subió a una furgoneta y me apartó de Chesterton, de Soleado y del que había sido mi hábitat toda mi vida. Los ojos de mi torito amado expresaban ternura hacia su ternera y yo tenía el presentimiento de que iba a volver pronto.

Así fue, mi granjero no me vendió a mí, sino la patente del alimento de mi hijo. Cuando volví a la granja, actué con normalidad, es decir, sin comunicarme con nadie excepto con mi becerro, me encontré a escondidas con Soleado y huimos llevando a nuestro vástago en un cestito de mimbre suspendido de un palo que sujetábamos con nuestras bocas. Sólo teníamos que acabar de cruzar los Pirineos. Una vez conseguido, buscaríamos los Alpes suizos guiados por nuestro instinto y empezaríamos una nueva vida, plenamente feliz. La silueta de nuestra familia se fue empequeñeciendo hasta desaparecer de aquel escenario de tristes recuerdos que ponía en peligro nuestra supervivencia. 

domingo, 26 de enero de 2014

Loft is in the air

Xabi Bonilla

En Barcelona nada sorprende. Ya no inventamos nada y tenemos que recurrir a replicar lo que hacen mentes más creativas para añadir emoción al asueto. La moda de la comida ecológica dio paso a la italiana filosofía del slow food y ahora, el concepto eat with combina todas las modas anteriores en un original formato: comer en casa de un cocinero de muchísimo nivel. 


Ése es el caso del chef Xabi Bonilla. Donostiarra de nacimiento e hijo adoptivo de Tudela, nos abre las puertas de su acogedor loft. Bueno, a decir verdad es Àngels, una alumna aventajada de Xabi a la que ha convertido en tía adoptiva, quien nos invita a pasar a ese santuario de los sabores y olores que es el hogar de nuestro chef du jour.

Xabi y su pinche, Àngels

Es un espacio amplio que gira alrededor de un misterioso epicentro: la cocina. Allí esta Xabi en todo su esplendor. ¿Por qué es misterioso? Porque aparentemente hay más cacharros que alimentos y uno se pregunta si habrá suficiente pitanza si vienen todos los que tienen el cubierto dispuesto en las mesas del local.
La creatividad de Xabi está a años luz de la media y eso se ve al dar tres pasos dentro de su loft. Ha combinado este concepto relativamente moderno de vivienda con los muebles que tenían sus padres cuando Xabi era pequeño, incluida el alma mater del mobiliario: la mesa del txoko. El resto de muebles tienen aires de antaño y vida para largo, la cubertería es la de la familia y lo mismo sucede con la vajilla. Si el comensal es medianamente talludito cualquier detalle le evocará sus tiempos de juventud.


Los muebles de la casa familiar de Xabi Bonilla

Xabi tiene once comensales esta noche, pero la atención que nos dispensa a cada uno nos hace creer que somos su único cliente. ¿Cómo lo hace? Éste es otro misterio.
La misteriosa cocina de Xabi 

Empieza la fiesta con un aperitivo: queso de vaca con mermelada de pimiento y queso de oveja con mermelada de calabaza. ¿Pimiento? ¿Calabaza? ¡Qué combinación más acertada! Pruebo con reticencia la mermelada de pimiento y explota en mi paladar un sinfín de sabores que relajan mi rostro.

Queso de vaca con mermelada de pimientos y queso de oveja con mermelada de calabaza

Llega el primer plato: bacalao desalado con sardinas ahumadas bajo una lluvia de pepinillo, tomates confitados y cebolleta y acompañado de paté de olivada. Uno lo prueba y desea que el plato no se acabe nunca. El bacalao estaba en su punto de desalado, las sardinas, ahumadas por Xabi, invitaban al recreo, y lo demás… sólo era la guinda. Resultado: platos limpios como patenas, mojamos pan hasta dejarlos relucientes.
Bacalao desalado con sardinas ahumadas, encurtidos, tomate confitado y olivada 

Sigue la fiesta y ahora nos damos cuenta de que tan sólo haber llegado hasta aquí compensa haber vivido la experiencia. ¡La exaltación de la alcachofa! Alcachofas confitadas con huevo de codorniz, hinojo, polvo de jamón, mayonesa de trufa negra con aceite de trufa blanca y setas salteadas de temporada. Antes de hincar el tenedor nos embelesamos en los olores que el plato emanaba y se produce la segunda regresión a la infancia. No esperábamos menos de un tudelano: las alcachofas estaban bordadas. ¿Cómo puede ser que consiga extraer todo el sabor de las verduras sin hacerles perder la frescura, la textura y el color? ¡Increíble! No tengo palabras para describir este plato, pero probarlo es un must, uno no puede irse de este mundo sin probar las alcachofas de Xabi. De ninguna manera.
Otro plato que vuelve a cocina lanzando destellos.

La joya de la corona: Alcachofa confitada con huevo de codorniz

La alcachofa con todos su acompañamientos 

Siguiente plato, esta vez capricho naranja: un ravioli de calabaza relleno de delicias de pato. ¡Qué bien huele! Sobre un lecho de salsa de zanahoria y naranja: sublime y coronado con salvia en témpura. Un plato pequeño que comemos a pequeñas porciones, intentando desgranar cada uno de los sabores intensos y bien integrados. Ha caído el ravioli, pero aún nos queda la salsa. ¿Cómo la hará este hombre? No es normal que esté tan buena…





Por desgracia, se acaba el plato; por suerte, llega otro igualmente prometedor. En este caso: meloso de ternera con espuma de patata, plátano frito y flor de guisante. No es broma: realmente la carne es melosa, se deshace simplemente al cortarla. El sabor, excelente. La salsa que la acompaña no se puede explicar. La carne, mezclada con la espuma de patata, mejora.


Y llega el postre: tarta de manzana en varias texturas: manzana asada, crema de manzana, espuma de manzana, manzana troceada… digestiva y riquísima.



Xabi nos da permiso para hacer una larga sobremesa y la hacemos, aunque no muy larga. Comentamos cada uno de los platos y revivimos la experiencia. Nuestro chef nos avisa de que cada mes cambia los platos, y que los menús a veces son temáticos, a veces de temporada, es decir: aún no nos hemos ido y ya tenemos ganas de volver. 
Nos ha quedado claro que Xabi sólo compra productos de la mejor calidad, de fuentes de confianza, al igual que los vinos, que sólo los recomienda si los elaboran sus amigos. Y bien acertados están, pues los dos que probamos eran plusquamcorrectos.
Sin duda, muy recomendable. Antes de salir del loft Xabi Bonilla gozaba de buen predicamento. Conforme pasan las horas, consolidamos la opinión de que es el number one en lo suyo, por su perseverancia, por su conocimiento, por su juventud, por su valentía al mezclar sabores y conceptos, por su inquietud en crear combinaciones sorprendentes, por su buen humor, por su discreta seguridad, por su pasión en su trabajo, por su incesante búsqueda de la perfección...
¡Te auguramos un futuro brillante, tudelano!
La vida a través de una garnacha blanca es mucho mejor 

miércoles, 11 de diciembre de 2013

 

El Santero de San Saturio
 
La mañana acarició gélida las mejillas de Neftalí Alvargonzález. En la austeridad de su celda, reconoció aquel helor que le despertó con los claros del día. Abrió tímidamente el postigo de la ventana y, en efecto: había llegado el invierno. Una luz blanquecina e intensa llenó la humilde estancia y Neftalí contempló enmudecido la belleza del paisaje.

Un manto denso y níveo había cubierto en silencio el monte de Santa Ana y tapaba los tejados de Soria. A juzgar por el peso que sostenían los esqueletos de los chopos llevaba varias horas nevando y los copos, majestuosos en su tamaño y macizos en su morfología, se iban posando mansamente unos sobre otros, como preparando un lecho de ángeles para los que seguían descendiendo. El río Duero, que se había vestido de gris para recibir las nieves, parecía de acero bruñido. Sin duda, la primera nevada del año, aunque añadía complejidad a la labor del santero, era un acontecimiento esperado.

Don Neftalí desayunó frugalmente sin dejar de contemplar desde el ventanuco el idílico escenario con el que Dios le había obsequiado aquella mañana y llevó a cabo sus precarias abluciones. Abandonó la ermita y hundió sus pasos en el medio metro de alfombra blanca que le llevaría a Soria, y en la que sus pasos firmes irían dejando pequeñas máculas en forma de trazado hacia la ciudad que aquel día, después de meses, se veía más pequeña. Al adentrarse tan sólo encontró jovencitos que jugaban con la nieve de camino a la escuela, y alguna que otra figura que se desplazaba con torpeza, probablemente eran criadas y barrenderos, porque los funcionarios todavía estaban retenidos por el calor de las mantas.

—Don Neftalí, pase y tómese un café con leche y unos roscos —vociferó Claudio desde la taberna de Garrín, acompañado de una cuadrilla de agentes de la Benemérita que frotaban sus manos para entrar en calor.  

El santero gustaba de mezclarse con el pueblo, acostumbrado como estaba a su vida de ermitaño. Conocía bien a todas las familias y las necesidades posbélicas que la guerra despiadada había dejado. Sabía bien que el duque de Saavedra no podía pagar la luz de su caserón y que su alacena solía estar baldía casi de manera consuetudinaria; que si Don Hipólito de Fuentemayor quería echarse algo a la boca, tenía que robar un pastelillo del aparador de la confitería Herrero cada vez que entraba a saludar al laborioso pastelero; sabía que, tanto ellos como muchos otros, se escabullían en su presencia para evitar la vergüenza de admitir que no podían dar dinero para el santo. Don Neftalí, que era pobre hasta para pedir, se conformaba con unas perras gordas que, sobre todo, le procuraban las criadas en un acto desesperado de fe. Aquel día regresó con la faltriquera ligera, pero llevaba el entusiasmo impregnando su espíritu y no le importó.

De regreso a la ermita, la nieve interrumpió su caída pertinaz, el sol cegaba y los barrenderos habían devuelto a la ciudad una cierta normalidad y también habían profanado el impoluto paisaje. Los vecinos retiraban la nieve, sucia y pisoteada, delante de sus casas. «¡Qué lástima!», pensó el santero. Pero pronto llegó a San Pedro, y justo después, al soto, venturosamente nevado todavía, y deshizo el camino sobre sus pasos por Santa Ana, para dejar el paisaje que había estrenado hacía unas horas lo más nítido posible. Al llegar al portalón de la ermita, se secó las lágrimas que el viento helado había posado en sus ojos y contempló, en todo su esplendor, aquel maravilloso milagro de la naturaleza. El Duero había recobrado su color azul, pero Nefalí sabía que pronto caería otra nevada, y esta vez sería de antología.

 

 

sábado, 17 de agosto de 2013

Roda el món i torna al Born (II)

Vamos a la calle Montcada, que en su día fue una calle señorial como hoy lo es el Paseo de Gracia. En ella se habían construido varios palacios, uno de ellos hoy alberga el Museo Picasso. 

 

Todos tenían una estructura muy similar: entrada con porticón y patio para los caballos y escalera ancha para subir a las viviendas. Existían unas ventanas con celosías que servían para cotillear a los vecinos. Eran muy frecuentes en Barcelona, hasta que se prohibieron porque desde una de ellas se cotilleaba la zona de aseo de unas monjas.



En la calle dels Mirallers nació Pi i Margall. Hijo de sastres, entró en un seminario para poder estudiar. Luego estudió en la Universidad y llegó a Presidente de la Primera República durante un mes. Durante ese mes quiso abolir la esclavitud y que los niños trabajaran. Con semejantes proyectos no duró más de cuarenta días.



En el Born es frecuente ver esquinas a las que les han quitado un trozo, para que los coches de caballos pudieran girar sin inconvenientes.



El edificio que alberga el restaurante Sagardi está claramente abombado.  Fue el único que aparentemente sobrevivió a los continuos terremotos del año 1428.



Llegamos a Santa María del Mar, construida en el siglo XIV, durante 52 años, con piedras de Montjuich, traídas por  bastaixos, que tienen un homenaje en la puerta principal de la Basílica.



  

  


Pertenece al gótico catalán, sobrio, con líneas horizontales, pilares poco ornamentados y su construcción se sufragó, principalmente, con las aportaciones de los vecinos del barrio de la Ribera (onerosas o laboriosas).

Frente a Santa Maria del Mar, detrás del bar La vinya del Senyor, está la calle más corta de Barcelona: carrer Anisadeta, que toma el nombre de un licor elaborado con anís que bebían los marineros.



Poco a poco los balcones se van embelleciendo.



En el Pla del Palau estaba la sede del palacio real, que se incendió. Este palacio tenía un pasillo que comunicaba directamente con Santa María del Mar. En los soportales de enfrente, una familia de indianos construyó su vivienda. Actualmente está el restaurante Set portes y numerosos bazares.





También hay farolas diseñadas por Gaudí, en un lamentable estado.


En el Fossar de las Moreres yacen los restos de los que murieron defendiendo el asedio de Barcelona por parte del rey Felipe V. Este espacio pertenecía a Bernat Marcús y la iglesia le pidió que lo donara para enterrar a las personas que iban muriendo mientras se construía la iglesia. Benat Marcús dijo que lo veía innecesario y que sólo si moría una persona durante los siguientes 15 días cedería el terreno. Transcurrido el tiempo, y no habiendo fallecido ningún constructor, Bernat Marcús fue a hablar con el párroco, pero al pasar por debajo de una morera, de dio un infarto y falleció.


El Paseo del Born era el lugar donde se celebraban las justas, también el mercado (hasta que se construyó el Mercado Central, y también tenían lugar teatros y festejos varios.










Actualmente llaman la atención dos bancos: uno tiene unas bombas, como recuerdo al asedio de Barcelona el 11 de septiembre de 1714. El otro un cofre gigante. Cada gremio tenía un cofre como éste, en él se guardaban documentos, dinero, era como la memoria de cada gremio. Lamentablemente, ninguna placa explica la importancia de estos cofres.


El actual teatro de La Seca era la fábrica donde se acuñaban las monedas, tenían sistemas sofisticados para evitar falsificaciones.