lunes, 8 de enero de 2018

Relato de suspense en el que el habitáculo sea un personaje más.
El personaje principal, Amelia, está inspirado en un personaje de mi amiga Pilar Obregón.



El cuarto marido

La encantadora Amelia colocó el albarelo con las cenizas de su marido en el estante superior del mueble de la cocina. Era un mueble antiguo y de madera, alto y blanco, con cinco baldas. Este mueble, junto con la mesa a juego, era lo único que trasladaba cada vez que cambiaba de domicilio, algo que sucedía cada vez que se quedaba viuda. Apenas hacía diez meses del fallecimiento de su último esposo.

Aquel mueble contenía decenas de albarelos con hierbas medicinales que o bien compraba o bien cultivaba en el jardín contiguo a la cocina, donde tenía un pequeño invernadero. Conocía todas las propiedades de las plantas y, combinándolas, era capaz de preparar brebajes de todo tipo: depurativos, hechizantes, matagripes, quemagrasas… Los preparaba para sus vecinos sin ánimo de lucro. Aquella hermosísima casa georgiana era su tercera vivienda y aunque era la más distinguida de cuantas había habitado, apenas la disfrutaba, pues prácticamente no salía de la cocina, cuyos amplios ventanales estaban adornados por la frondosidad del jardín, que convertía la estancia en un acogedor rincón. La fachada anterior tenía maravillosas vistas a la campiña inglesa, pero la dulce Amalia se sentía expuesta y prefería la privacidad de la parte trasera de aquella envidiable vivienda.

La tristeza de enviudar tres veces se había visto de alguna manera recompensada por la suerte de heredar tres sustanciosas fortunas. Su primer marido, Keith, era comerciante de maderas exóticas y tras vender una remesa de toneladas de madera de sequoia, contrajo una extraña intoxicación, se fue volviendo verde y falleció. Su segundo marido, Kilian, un bróker de la City, después de cerrar la operación de su vida contrajo una extraña intoxicación, se fue volviendo verde y falleció. Y su tercer marido, Kevin, era marchante de arte y tras vender un Picasso y un Renoir, contrajo una extraña intoxicación, se fue volviendo verde y falleció.

Cuando pensó que había llegado el momento de recogerse en el sosiego del campo, conoció a Kyle, el hijo único y heredero universal de un aristócrata que acababa de fallecer. Kyle era poco agraciado y tímido, muy tímido. Su timidez le había impedido entregarse a una relación amorosa, pues las jóvenes se aburrían con él. Tanto Amalia como Kyle frisaban la cincuentena y la inglesa, conmovida por la soledad que transmitía el rico aristócrata, le ofreció su mano y él, lo agradeció. Lo cameló para que abandonara su mansión y se trasladara a la casa georgiana y él, tras despedir al servicio, aceptó. Dorothy, el ama de llaves que lo había visto nacer, le advirtió del error que cometía. La nueva pareja llevaba una vida solitaria en la cocina, donde ella mezclaba las hierbas y observaba a su nuevo marido leer junto al ventanal.

Pero a veces Kyle se sentía cautivo en aquella cocina. Cuando Amalia percibía esta inquietud, le preparaba un brebaje que lo relajaba y caía en un sueño profundo y reparador. Aquel día se despertó a medianoche y deambuló por varias estancias de la desaprovechada casa. Como atraído por una fuerza extraña, acabó en la cocina. Destapó los tarros y olió las hierbas que contenían. Empezó por los tarros que estaban a su nivel, luego los de más abajo y acabó por los de la fila superior.

Destapó el primero y al primer intento no percibió ningún aroma. Introdujo la nariz y tampoco asomaba ningún olor. Sin embargo, el albarelo pesaba, incluso más que los demás. Llevaba escrito K1 en el exterior. Introdujo la mano y tocó un polvo fino y grisáceo. Lo cató y confirmó lo que imaginaba. Era ceniza. Abrió el segundo y, evitando la cata, confirmó que el tarro K2 también contenía ceniza, y lo mismo sucedió con el K3. Sin embargo, el K4 contenía una extraña mezcla de hierbas.

Subió a su habitación, contrariado, y no volvió a conciliar el sueño.

Buenos días, querida saludó a su esposa el aristócrata a la mañana siguiente. Hoy celebramos tres meses de feliz matrimonio y te invito a comer al Candice y a continuación le regaló un cariñoso beso.

Ambos se engalanaron y Amalia lució las joyas de su difunta suegra sobre un elegante vestido que realzaba sus ojos azules. Comieron un exquisito asado y al llegar a casa Amalia se sintió indispuesta. Conocía aquellos síntomas, pero no sabía cómo combatirlos. Contrajo una extraña intoxicación, se fue poniendo verde y falleció.

El tarro K4 estaba vacío. Y Dorothy cortaba verduras en juliana en la cocina del Candice.

 

 

 

sábado, 2 de diciembre de 2017

Historia de amor no disponible ambientada en 1832



1832. El origen del origen
Hortense abrió la puerta, irritada por los insistentes golpes que el pequeño Willy daba con los nudillos. El joven traía un saco de carbón que apenas podía levantar del suelo y un puñado de cartas para el señor de la casa, que andaba ansioso a la espera de noticias de su hijo Charlie desde ultramar.
―Hortense, ¿me puedo quedar un rato contigo?
Hortense sentía compasión por aquel niño. Lo dejó pasar y cerró la puerta enseguida para que no se escapara el calor. Se secó las manos en el delantal para prepararle un poco de pan con queso antes de darle un chelín. Lo miraba con ternura y a veces se preguntaba qué fuerza divina designaba el futuro de las personas. Qué vida tan distinta le esperaba a Willy comparada con la de Charlie, el hijo de los señores. El muchacho se quedaba embelesado observando los estantes llenos de libros y en ocasiones acercaba su pecosa nariz para olerlos. Aunque en realidad buscaba el calor de la estufa. Los jirones en la ropa del pequeño dejaban paso al punzante helor del invierno en Inglaterra.
Una de las cartas recién llegadas relataba las primeras experiencias en Brasil que Charlie compartía con su padre y que habían acontecido hacía dos meses en el otro lado del océano.   
Después de un mes de viaje a bordo del HRM Beagle, por fin atisbaron la costa de Bahía. El agua azul turquesa, la arena blanca y aquellos árboles de tronco resiliente y grandes y recias ramas provocaron la admiración del joven Charles, que a sus veintitrés años se hallaba en una fase indefinida de su vida. Por una parte, los estudios de Medicina cursados en Edimburgo sólo le aportaron dolores de cabeza y algún que otro retortijón. Posteriormente, el estudio de invertebrados  le despertó cierto interés, pero tanta teoría natural le sumía en el más profundo tedio. Hasta que su padre, harto de tanta desgana, lo envió a Cambridge para que iniciara estudios y se ordenara pastor anglicano. Aquella ciudad universitaria y su ilustrada población dispararon su curiosidad y decidió viajar a Sudamérica y, de paso, poner tierra de por medio con Claire, la muchacha de tez pálida y mejillas sonrosadas con quien lo querían casar.
Allí estaba. En Río de Janeiro. Como era un buen jinete, por las mañanas se adentraba en la exuberante selva y se abría paso con la ayuda de un machete. Allí descubrió un mundo de insectos y de plantas. El calor era sofocante y, aunque por las tardes eran frecuentes las lluvias tropicales,  normalmente lo pillaban en el hostal, desde donde escribía artículos sobre entomología que enviaba a la universidad. En aquel hostal, donde no se comía con cubiertos y mataban a los animales con piedras, vivía Silmara, una muchacha de piel morena por la que Charles sentía atracción. Ella sentía curiosidad por aquel hombre inglés de modales impecables que tenía siempre la piel achicharrada y llena de picaduras de insectos,  pero los hombres de su país le parecían más atractivos.
Los pensamientos de Charles hacia Silmara se oscurecieron el día que la vio bailar. Aquellos movimientos sinuosos y aquel derroche de epidermis a la vista provocaron un sinfín de voluptuosas emociones en el joven inglés.
Claire preparaba su ajuar y esperaba con impaciencia el regreso de su amado. Apenas dormía imaginándolo en un enjambre de peligros, serpientes venenosas y arenas movedizas. Por su parte, Charles intentaba seducir a Silmara sin éxito. Hasta que apareció João, el pequeño hijo de la brasileña, con los ojos vidriosos a causa de la fiebre. Era su oportunidad. El año perdido en la Facultad de Medicina tenía que servir para algo y le sirvió para curar al pequeño y, de paso, acercarse a su bella madre.
Mientras preparaba un mejunje sanador junto a la cama de João, Silmara observaba al inglés raro que dibujaba escarabajos y vio un hombre bondadoso y caritativo que aborrecía algo tan normal como la esclavitud. Aunque no podían conversar, porque tenían algunas dificultades idiomáticas, empezaron a dar paseos a caballo por la selva y por la playa y se bañaban desnudos bajo las cascadas.
No incluyó este último punto en su epístola a su padre. Tampoco le informó de su traslado a los aposentos de la brasileña.
Claire esperaba ansiosa y resignada la recepción de una carta que nunca llegaba.
Un día, João mostró a Charles su caja de juguetes y el joven inglés asistió estupefacto a la visión de docenas de fósiles de bichos que nunca había visto. Fósiles que demostraban la mutabilidad de las especies que tanto había intuido y que no podía demostrar. Era tanto su interés por aquellas piezas que empezó a interesarse más por jugar con el niño que con la madre de éste, lo que provocó celos en la morenaza, celos que Charles tardó en percibir, absorto como estaba en aquel hallazgo.
Entonces el joven inglés hizo algo horrible. Una noche, mientras Silmara y João dormían, se levantó sigilosamente, robó la caja de juguetes y desapareció, aunque compensó al chiquillo con una pensión vitalicia irrisoria en Inglaterra, pero insultante en Brasil.
Cinco años después volvió a su tierra. Había olvidado por completo el aspecto de Claire y, para su desagracia, al volverla a ver no le agradó en absoluto. Imaginar el resto de su vida junto aquel rostro blanquecino y le pareció un futuro aterrador.  
Así que decidió casarse con su verdadera pasión: la redacción de El origen de las especies y fue enormemente feliz.
Cincuenta años más tarde João abrió un libro que un inglés había olvidado en el hostal y el rostro del escritor, un tal Charles Robert Darwin, coincidía con el de Charlie, el ladrón de juguetes.

Y lo perdonó.  

viernes, 24 de noviembre de 2017

Un relato que contenga silencio y sonidos seseantes



Que conste que se lo merecía

«Siempre el mismo sonado con los mismos sonidos. Es insufrible».

Susan llevaba demasiado tiempo soportando a aquel ser insensible. Ser bibliotecaria supone un sinfín de sacrificios, pero aquel caso estaba llegando demasiado lejos. Por más que lo había avisado, él hacía caso omiso.

Es un requisito indiscutible que en las bibliotecas es obligatorio guardar silencio. Sin embargo, aquel sujeto todos los días molestaba. Si no era la vibración del móvil, era su voz susurrante ―pero no por ello imperceptible― interrumpiendo al resto de personas. La letra ese sobresalía en el mutismo de la sala.

Además, no faltaba ni una tarde.

Eran casi las siete. Como todas las tardes Susan apagó todas las luces y dejó la biblioteca dispuesta para un nuevo día, que sería el lunes. Se aseguró de haber cerrado la puerta y subió a su bicicleta. Sabía dónde vivía Oscar Sanderson, porque había espiado su ficha. Sabía que tenía veintitrés años, que había estudiado Business Administration y que se pirraba por la literatura rusa, motivo por el que frecuentaba la biblioteca. Sabía que seguramente después de pasar la tarde en la biblioteca iría a su casa, y hacia allí se dirigió. El camión de la basura y el paso distraído de Oscar estaban a punto de encontrarse, bastaba un suave restregón para hacer inevitable la caída y posterior aplastamiento.

Llevar una vida solitaria es peligroso. Y Susan sabía bastante de eso. La soledad en ocasiones le proporcionaba malos pensamientos.

Allí estaba el sonado de Oscar. Y allí estaba el camión de la basura.

Aceleró el pedaleo y justo cuando faltaban dos segundos para rebasar al joven molesto le interrumpió una voz:

―¡Susan! ¡Susan! ―Frenó en seco. ¡Maldita sea!

Era el conductor del camión de la basura, que sacando medio cuerpo por la ventana le espetó:

―¡Qué bueno el libro de Paul Auster que me recomendaste! Tengo que volver a ir a la biblioteca a que me vuelvas a recomendar otro.

Susan reflexionó. ¿De verdad quería complicarse la sosegada vida que llevaba por un ser molesto? Saludó al basurero y se fue a su casa.

 

jueves, 26 de octubre de 2017

Una historia inspirada en esta imagen 



The loser (el perdedor)
No hacía falta ser muy listo darse cuenta de que algo serio le había pasado al profesor Ralph McCallum. El sempiterno perdedor. 
Nunca destacó por su personalidad arrolladora, ni por su físico atractivo, ni por su elegancia clásica, ni por su inteligencia sagaz. Siempre fue gris.
Al acabar Filología inglesa se casó con Debbie, la única joven que accedió a salir con él, una muchacha poco agraciada con la que fue tediosa y resignadamente infeliz. Ni sus dos hijos, ni una vida sin sobresaltos lograron que Ralph pudiera disfrutar de un solo momento emocionante, porque era de naturaleza tibia y rancia.
En Largs, un pequeño pueblo de Escocia, su trabajo de profesor le proporcionaba grandes decepciones. Sus clases de lengua eran insufribles y sus alumnos le correspondían con nulo interés, lo que redundaba en más desidia para Ralph.
Sus alumnos, adolescentes pestilentes constelados de acné, eran pelirrojos y de tez muy pálida a la que poco les había dado el sol. Los esfuerzos de Ralph por mejorar la dicción de sus alumnos no llegaron a dar fruto y, promoción tras promoción, se repetía el mismo patrón: egoístas imberbes insatisfechos y protestones replicaban en sus clases la apatía intrínseca de Ralph desde hacía treinta años. Pero aquel curso, algo cambió.
Llegó Mey Ling, una china de exquisitos modales e infinita curiosidad. Su nivel de inglés era bueno, y aunque su dicción estaba viciada por una fonética imposible, se esforzaba de forma sobrehumana por corregir su pronunciación y mejorar su léxico. Consideraba que Ralph era un hombre aburridísimo, pero disfrutaba con el contenido de sus clases. En Largs no era frecuente ver extranjeros y Mey Ling se hizo popular en el instituto. Incluso el profesorado hablaba de ella y de sus notables progresos.
A diferencia de sus coetáneas escocesas, Mey Ling era más aniñada en morfología y comportamiento, y ello le confería un halo de candidez que a todas luces era candoroso.
Aquel día Ralph cumplía 50 años y su mujer y sus hijos le prepararon un desayuno especial, coronado con un pastel sin azúcar glaseado, como a él le gustaban. Y cuando sopló para apagar las velas expulsó el aire delicadamente, como si soplara el cuello de Mey Ling. Llevaba algunos días y muchas noches fantaseando con su alumna.
Lo había calculado todo. 
- Mey Ling, ¿puedes quedarte un momento después de clase? ME gustaría que comentemos el trabajo que me has entregado.
Ella obedeció y él se sentó a su lado. Olía a galletita. El corazón del maestro se aceleró y, mientras revisaban el texto, colocó una mano sobre el muslo de la adolescente y la deslizó cuanto pudo antes de que la joven saliera en estampida, sin recoger sus cosas. Se dirigió angustiada al despacho de la directora y Ralph fue despedido ipso facto. En el fondo, le tenían ganas.
Y allí estaba, en el pub, mientras Mey Ling lloraba en su cuarto. Estaba acabado, tomando un Macallan y pensando cómo lo iba a contar en casa. Y dónde pasaría el resto de su insignificante vida. 



sábado, 21 de octubre de 2017

Relato basado en la construcción de un personaje. En este caso, una mujer extranjera, muy atractiva, obsesionada con ser madre que por las noches trabaja en la sala Bagdag. El relato debe transcurrir en la Barcelona de 1992 y debe producirse un asesinato violento.





Un día de relax
Por fin tenía un día libre la traductora Larissa. Llevaba más de quince días sin descansar, menos mal que en la sala Bagdag, donde trabajaba algunas noches, habían encontrado una suplente. Aquel día sí que le tocaba actuar, pero no le importaba porque disfrutaba mucho más cuando trabajaba en sus días fértiles. Estaba decidida a declarar su amor a Anselmo, un abuelete dotado de una habilidad singular: podía levantar una campana de 15 kg con el pene. Ella lo adoraba. ¡Le recordaba tanto a su abuelo Piotr! Era consciente de que a esas alturas el pene de Anselmo no le podía garantizar largos años de pasiones, pero… ¿qué importancia tenía aquel detalle ante la fortuna de tener un compañero entrañable y leal?
En agosto de 1992, disponer de un día para pasear tranquilamente, disfrutar de la singularidad del ambientillo olímpico y deleitarse unas horas en el dolce far niente era un bien escaso. Se despertó tarde, muy tarde. Hacía un día ideal para tomar un aperitivo en la terraza del bar Tomás. Bravas y una cerveza bien servida.
Sus gafas de sol le permitieron espiar a los clientes con cierto disimulo, y no se le escapó aquella mujer cincuentona[1], regordeta y anodina, que levantaba con temblor la taza de tila, haciéndola tintinear como una campanilla. ¿Qué le pasaba? Miraba con recelo a su alrededor, escondiéndose de algo. Se acercó a ella y le preguntó si se encontraba bien.
—Es que creo que he matado a un hombre.
—¿Cómo que lo cree? —preguntó perpleja—.
—Bueno…  yo sólo quería darle un sustito. Las bravas de este bar son malísimas. No sé cómo pueden tener tanta fama —se acercó a Larissa para bajar la voz—. Verás: Los del bajo han alquilado el piso por una fortuna y se han ido a su casa de la Costa Brava y ha dado la casualidad de que el inquilino es el hombre que arruinó mi vida. Lo vi hace una semana, yo estaba abriendo mi buzón y él entró en la finca, iba silbando, en eso no ha cambiado. Reconocí su voz enseguida y un escalofrío recorrió mi espalda. Agarraba de la cintura a dos guayabas de piernas larguísimas, casi como las tuyas, y entraron los tres en el piso. Desde entonces no paro de pensar en la manera de vengarme, él de rositas mientras a mí me rompió la vida, hay que fastidiarse. He pensado en mil maneras de hacerlo, pero al final, mi parte racional me ha frenado. Hasta que esta mañana he salido a recoger la ropa que tenía tendida y lo he visto durmiendo la mona en la tumbona del patio interior. Era muy temprano, pero no podía dormir porque hacía muchísimo calor y por lo visto él tampoco porque por eso salió a dormir al patio. Entonces, una fuerza que no he podido controlar hizo que levantara una maceta y se me cayera en su cabeza. De verdad que yo sólo quería darle un sustito, pero he calculado mal y creo que me lo he cargado, porque he visto mucha sangre derramada. Es que nunca he tenido buena puntería.
—Pues ahora no puede volver a su casa, porque ya estará allí la policía ―sentención sin salir de su asombro.
—Pensaba ir a darme una vuelta. ¿Te vienes?
—No, mujer. ¡Con lo tranquila que vivo en Barcelona, lejos de mi madre, sólo me faltaba meterme en líos! Mire, soy rusa  y por desgracia los asesinatos no son algo extraño para mí.  Ahora la dejo porque tengo que hacer algo importante, pero si necesita algo que no me comprometa, por la noche trabajaré en la sala Bagdag.
—¿Eso no es un sitio de ver folleteo? —preguntó con los ojos como platos—. ¿Eres prostituta?
—No, mujer. Soy sólo actriz.
Se despidieron sin grandes cordialidades y cada una emprendió un recorrido.
Larissa no podía creer lo que había presenciado en su único día de asueto. Se planteó ir a la policía, pero… ¿por dónde empezar el relato? Tenía otras preocupaciones como, por ejemplo, cómo declararse a Anselmo si finalmente su compañero de escenario le engendraba un hijo.
Anselmo había enviudado hacía un año y, si bien añoraba mucho a su esposa, llevaba tiempo sintiéndose muy solo y buscaba compañía. Ni en sus más remotos sueños podía imaginar lo que despertaba en Larissa. Para él trabajar en la sala Bagdag era sólo una excusa para escabullirse de la apabullante soledad que sentía en casa.
―Disculpe, señorita―. Aquellas dos palabras interrumpieron las cavilaciones de la traductora rusa. Las pronunció un hombre joven con acento francés y gafas redondas[2] ―. Usted trabaja en la sala Bagdag, ¿verdad? Usted es «la eslava caliente». Permítame que me presente. Me llamo Jean Pierre Bailly, soy periodista y estoy recopilando información para escribir un libro sobre los bajos fondos de la Barcelona olímpica. Usted, trabajando donde trabaja, seguro que podría facilitarme información muy útil para mi cometido. ¿Es cierto, por ejemplo, que Magic Johnson mantuvo relaciones sexuales con una actriz de la sala Bagdag?
Larissa no quiso pronunciarse, aunque podía dar fe de ello. No es que el periodista le diera malas vibraciones, era más bien que consideraba que el momento era prematuro para semejante nivel de confianza. Si lo del jugador de baloncesto presentaba enjundia lo del asesinato mañanero iba a ser una lotería para él. Estaba claro que el día, que había empezado tranquilo, se iba complicando. Tenía que decidir si mantenía la conversación con el joven periodista o seguía con su propósito de disfrutar relajadamente de la jornada, pero ante las dificultades que presentaba lo segundo, se inclinó hacia lo primero. Era bien parecido y aunque le molestaba su acento, en su condición de mujer en búsqueda incesante de marido no podía permitirse perder una oportunidad.
Para su sorpresa, entre los dos se generó una suerte de atracción que desembocó en un apasionado revolcón en el barrio de Sant Pere. Ambos se despertaron de la siesta desnudos y abrazados, sin ganas de hacer el menor movimiento que pudiera rompiera la excepcionalidad del momento.
 ―Larissa, no vayas a trabajar esta noche.
Ella se había comprometido con su jefa, aunque la idea que tenía de declarar su admiración y ternura a Anselmo había pasado a segundo plano después del affaire galo.  
―Sí que iré, pero quiero que vengas conmigo.
Por la noche ambos se dirigieron a la sala Bagdag y, cuando iban andando por el carrer Nou de la Rambla, oyeron un silbido:
―¡Pssssst! ¡Pssssst! ¡Rubia! Soy la de esta mañana.
Larissa miró a Jean Pierre y le dijo:
―Ya sé con quién te vas a sentar esta noche. Te ha tocado la lotería.
Ella no lo sabía, pero algo había tocado su óvulo fértil aquella tarde, también.






[1] Personaje 6: Marisa
[2] Personaje 8: Jean Pierre Bailly 

miércoles, 24 de febrero de 2016

Un relato que incluya las palabras en negrita


A mí, la Legión

El restaurante Millán-Astray era un tanto peculiar, no tanto por su curiosa ubicación sobre un cerro ceutí, sino por la presencia permanente de una cabra ataviada con todo el equipamiento que establece la Legión para tan emblemático animal. Aquel local desprovisto de gracia era frecuentado por nostálgicos del cuerpo de élite, por curiosos, por algún exministro sibarita y por apasionados del noble arte de ingerir callos a la madrileña, entre otras suculencias, pues aquellos fogones parecían tocados por la gracia de Dios. No tenían rival.
Las referencias del negocio habían llegado a oídos del recién jubilado Antón Batallé, un legionario malagueño retirado, hombre rudo y primario, de buen corazón enmascarado casi en su totalidad por un indomable pronto, que se encontraba degustando unos callos de impecable elaboración. Su escapada a Ceuta y aquel restaurante lo trasladó por los recovecos de su memoria. Recordó las maniobras en el cuartel del Serrallo del Tercio del Duque de Alba, en Ceuta. En la camaradería de los soldados, con los que compartía tabaco, alcohol y un pacto de honor de caballero legionario vigente de por vida. ¡Añoraba tanto su tiempo en la Legión!
En la mesa de al lado se hallaba una pareja. Ella era fina y hermosa y él tuvo que ser un joven apuesto, pues aún conservaba restos de gallardía, y unas enormes orejas. Era Laureyanu de Mora y Cifuentes de la Serna, un hombre de buena familia y refinados modales, que destacó entre aquel enjambre de soldados del cuartel por su porte aristocrático. Antón y Laureyanu, a pesar de arrastrar pasados muy distintos, forjaron una férrea amistad durante su tiempo en el cuartel, amistad que se marchitó al finalizar el servicio militar. Uno instruyó al otro en la escritura, aprendizaje que le fue muy útil en la vida, y el otro le abrió los ojos al mundo al uno, enseñanza de incalculable valor que le ayudó a entender mejor la vida. No habían vuelto a saber nada más el uno del otro desde entonces, pero ambos se recordaban con nostalgia.
Mientras una docena de clientes disfrutaba la gastronomía del restaurante, Antón se chupaba los dedos que se le habían untado de salsa al mojar el pan en el plato de callos, Laureyanu degustaba unas croquetas insuperables y la cabra estaba tranquila, medio dormida. Laureyanu siempre pensó que la calidad de un cocinero se distingue por sus croquetas. De pronto entró un grupo de jóvenes con ganas de provocar. Dos de ellos eran de Madrid, los hermanos Banau, los líderes de la pandilla que venían de vez en cuando y siempre se metían en líos. Entraron a voces, rompiendo la armonía cañí de aquel antro, y empezaron a provocar a la apacible cabra lanzándole objetos. La cabra, que hasta entonces estaba en duermevela, se despertó de un sobresalto, asustada, y embistió al primero que pilló delante, a la sazón Antón Batallé que, al no esperar el ataque, fue lanzado al suelo y siguió corneado por el animal.
El exceso de vinacho le impidió liderar una pelea victoriosa y sólo se vio con coraje de exclamar:
—¡A mí, la Legión!
Y en menos de dos segundos, media docena de caballeros legionarios retirados acudieron a rescatar al compañero, entre ellos Laureyanu, que le ayudó a levantarse.
Antón vio unas orejas enormes, como las de su querido compañero, y aún sostenido en sus brazos y avergonzado de tan bochornosa escena le dijo:
—¡Laureyanu! ¡Eres tú!
—¡Antón! ¡Amigo!
Se dieron un abrazo que les hizo retroceder cuarenta años. ¿Qué habrían hecho ellos con los que hubieran intentado mancillar el honor de la Legión? Tan sólo cruzando la mirada decidieron acercarse a los hermanos Banau, los agarraron de la pechera y los echaron del restaurante Millán- Astray. Necesitaban recuperar la calma, porque tenían mucho de qué hablar.  
―¿Has visto qué blandengues, Laureyanu? Llevaban camisetas debajo de la camisa.

jueves, 4 de febrero de 2016


Cosas que dan mucho miedo
 
 
 
Antxón Zarrabeitia se despertó antes que de costumbre, derrengado después de tantas noches sin apenas dormir. Era el hombre carismático por antonomasia en su aldea, y aunque no ostentó nunca la categoría de alcalde, no se tomaba una decisión sin obtener su visto bueno. No era por su carácter amable, que no lo era, ni por su pico de oro, que no lo tenía, sino por su sentido común, capaz de dejar sin palabras al más locuaz.
Ni los Miuras de San Fermín le habían provocado el más mínimo temor hasta que fue al bar de Txomin a tomar unos potes hacía unos días. Ni vivir en un caserío solitario en la ladera de un valle, envuelto en la niebla durante meses. Su trabajo de herrero le había proporcionado el dinero y la fortaleza física que necesitaba para ir viviendo. Sus hombros aguantaba vigas y sus manos eran capaces de doblar varas de hierro y de triturar los huesos de quien le molestara o molestara a alguien de su cuadrilla.
Se comentaba por el valle que en una ocasión había matado a un hombre y que el cadáver estaba enterrado en el establo de su casa, pero no era verdad, aunque tenía experiencia en cavar tumbas, porque también hacía de enterrador, tarea que nadie quería desempeñar en el valle de Leitzaran.
En mala hora se le ocurrió acercarse al bar de Txomin hacía unos días. Aquella taberna era el punto de encuentro de los hombres de la aldea, allí se juntaban para saludarse y beber, porque de poco podían hablar al ser todos ellos hombres de pocas palabras y vidas rutinarias. 
Entonces se abrió la puerta de madera y entró una mujer de casi treinta años, de estatura media, complexión fuerte, tez clara y cabello por los hombros. Hizo un barrido al bar con la mirada, suficiente para comprobar que en aquel antro no había mujeres y para detectar el hombre que menos le repeliera de entre toda aquella testosterona contenida. Mientras los ojos de los clientes del bar se clavaron en la moza, los suyos se le fueron a las manos de Antxón y en lo minúscula que se intuía el asa de la jarra  de cerveza que sostenía. Se las imaginó recorriendo su cuerpo y se colocó a su lado, al tiempo que pedía un zurito. Habían oído que una bióloga de Elizondo iba a instalarse en la aldea durante un tiempo y que había alquilado la casa Gorritxenea.
Antxón siguió tomando su cerveza, como si no le hubiera consternado la presencia de aquella mujer, pero sintió un calor incontenible que se le concentraba en la cara y una presión en el pecho que le hizo hiperventilar y abrir mucho los ojos. Sus manos temblaban. La tenía tan cerca que no se atrevió a mirarla, pero no pudo reprimir el deseo y, tímidamente, giró la cara hacia ella, lo suficiente para comprobar lo peor que le podía pasar: ella lo estaba mirando.
―¿Qué miras? ―le dijo ella con rudeza.
Y Antxón apartó la mirada, acabó la cerveza, se fue a su casa y se orinó en los pantalones. Había sucedido lo que siempre temió: se había enamorado de aquella mujer que era de verdad. Normal, como él. De las que no necesitan ayuda en las matanzas. De las que no dan besos ni son zalameras.
Desde aquella tarde no paró de pensar en ella. Provocaba encuentros en los que sólo era capaz de articular un «¡Aúpa!», la seguía sin que ella lo percibiera y le aterraba comprobar que no podía pensar en nada más que en ella. Sentía auténtico y obsesivo pánico. Pánico al rechazo, a que se fuera de la aldea, a verla con otro hombre, a no poder vivir sin ella… pero sobre todo pánico a que correspondiera a su amor.
Antxón, que siempre había controlado sus sentimientos, estaba desmejorado. Apenas comía. ¿Desde cuándo un vasco se enamora a primera vista? Aquel terror a sentirse amado lo estaba consumiendo. Se despertó antes que de costumbre, pensando en ella, miró su casa desordenada, como su cabeza, se asomó a la ventana y vio que llovía a cántaros. Se preparó un café. Sonó el teléfono. Era el médico rural.
―Antxón, prepárate que mañana hay entierro. Han encontrado una mujer muerta, junto al río, es joven y no es del valle, aunque la han visto por aquí estos días. Lo más seguro es que su familia quiera llevarse el cadáver, pero hay que prepararlo antes. Parece que ha muerto de un infarto y los lobos han hecho una escabechina con su cuerpo.
Antxón se orinó en el pijama. No podía ser. Por su culpa, había sido por su culpa. Por su torpeza, por su cobardía. Salió del caserío con el pijama orinado, aún no había abierto la valla y ya estaba calado hasta los huesos. Corrió hasta la casa de la chica, se plantó delante y se quedó quieto, contemplando la puerta como un zombi. Incapaz de encontrar un sentido a lo que estaba haciendo y esperando una señal.
De pronto la puerta se abrió y salió la joven navarra, preparada para un nuevo día de trabajo. Por suerte no era ella la fallecida. Le sorprendió la imagen de aquel vasco empapado, orinado, en pijama y medio en trance delante de su puerta, bajo una cortina de lluvia y lo miró como deseando, para variar, una interacción productiva por su parte. Y, entonces, él aprovechó para decirle:
―¡Aúpa! ―y se fue a su caserío. Hay que ver qué calor sentía con el frío que hacía.