viernes, 23 de marzo de 2018

Relato adolescente




Los amores clandestinos

Jason había cumplido dieciséis años. Era buen chico, responsable e inteligente. No era el joven más popular del instituto, pero su talento le proporcionaba admiración y celos: todo lo que necesita un joven de esa edad. Desde hacía unas semanas no jugaba con sus amigos al Gears of War. No había dado explicaciones del porqué, pero había dejado de acudir a la cita que habían establecido de manera tácita. Los amigos le habían preguntado el motivo en el instituto, pero él argumentó que se había apuntado a un gimnasio y que llegaba muy cansado a casa.

Y en cierta forma, no era mentira, porque sí que se había apuntado a un gimnasio y llegaba muy cansado a casa. Llegaba cansado y duchado. Más que cansado, llegaba extenuado. Estaba perdiendo peso y a veces se le veía taciturno, algo extraño, porque era un muchacho alegre y organizado. 

Llevaba unas semanas con una nueva rutina. Al salir del instituto, pasaba por casa, preparaba la bolsa del gimnasio y visitaba a Catherine Woodwright, una hermosa exmodelo de cincuenta años que se había divorciado hacía unos diez. No se le habían conocido amantes y llevaba una vida ejemplar.

Jason entraba en casa por la puerta trasera y allí desataban sus pasiones todas las tardes. El joven estaba obsesionado, pensaba en ella a todas horas, le gustaba todo en ella: su cuerpo, su pelo, sus ojos, sus labios, su olor, su generosidad, su voz, su delicadeza, su estilo sofisticado…

A ella le gustaba el placer que aquel cuerpo joven y duro le proporcionaba. Tocara lo que tocara, todo estaba en su sitio. Habían pasado muchos lustros desde la última vez que había tocado un cuerpo así. Jason era delicado, insaciable y atento y, por la cuenta que le traía, iba a ser discreto.

La madre de Jason sospechaba que su hijo guardaba un secreto y un día entró en su habitación a fisgonear. Seguro que encontraría algún secreto, de esos que tan celosamente se guardan.

Salió del dormitorio sin encontrar nada jugoso, mientras a unas manzanas de allí su hijo ponía en práctica algunas técnicas que su madre no podía imaginar.

La madre de Jason sabía el código para acceder al móvil de su hijo, porque de reojo había visto cómo lo desbloqueaba. Así que esperó a que el joven se quedara dormido y, con sigilo, apartó el móvil del cargador. No podía creer lo que estaba leyendo. Nunca había hablado de aquella joven con la que mantenía chats muy subidos de tono. Pero para lo que no estaba preparada era para ver las fotos que almacenaba el móvil.

La reconoció. Era la ejemplar Catherine. ¿Cómo se atrevía a jugar con su hijo? ¿Cómo se atrevía a saludarla como si no pasara nada?

Jason dormía plácidamente y al despertar, su primer pensamiento fue para Catherine. Como todos los días, al volver a casa cogió la bolsa del gimnasio y corrió impaciente a casa de su amada. Lo que no esperaban ambos era la visita de la madre del chico.

Ante la amenaza de una denuncia, Catherine se mudó a otra ciudad y Jason, con su recuerdo, creó un fantasma que le acompañó los siguientes años de su vida. Hasta que al acabar los estudios, buscó a Catherine. Y quien busca, encuentra.
Un relato dialogado



La lámpara

― Hola, buenos días, venía a comprar una lámpara.
― Buenos días, ¿cómo la quería?
― La quería de esas que se frotan y aparece un genio que te concede tres deseos.
― Tiene usted suerte. Creo que en el almacén todavía queda una ―el vendedor se retira del mostrador y baja al almacén. Al cabo de cinco minutos aparece con una caja vieja que desempolva y de la que saca una lámpara con forma de tetera árabe.
― Huy, pero esta lámpara está muy sucia.
― Señora, esta lámpara tiene más de tres mil años. ¿Cómo quiere que esté? ¿Reluciente?
― Es que es para un regalo. Y si aparezco con esto tan sucio, va a parecer que la he comprado en los Encantes.
― Pero, vamos a ver ―dijo el tendero quitándose las gafas―. Yo la puedo limpiar, pero al frotarla va a aparecer el genio y tendremos que pedir un deseo.
― Ah, no. Eso sí que no. Yo quiero una lámpara con tres deseos, vaya robo si no. ¿Y no tiene otra que esté más limpia?
― ¿Otra? ¡Pero si ya no hay lámparas como esta! Es un milagro que todavía exista este ejemplar.
― ¿Y tiene garantía?
―Sí, señora. Aquí está.
― Pero esto es árabe. ¿Cómo sé lo que pone?
― Claro que está en árabe, señora, porque procede del desierto de Libia, cerca de El Jariyá. 
 ― Mmmm ―la clienta expresa recelo―. No lo tengo claro. ¿Y si en vez de la garantía son unos versos del Corán.
― Pero… ¿es que no ve que este objeto es indiscutiblemente una lámpara maravillosa?
― ¿Y qué precio tiene?
― Treinta euros.
― ¿Treinta euros? ¡Vaya robo!
― ¿Me lo dice en serio, señora? ¿Treinta euros que le pueden proporcionar todos los bienes del mundo le parece caro?
 ― Es que no es para mí, ya le he dicho que es para regalar. Y no me quería gastar tanto.
― Bueno, mire, si le interesa se la puedo dejar por veinte euros.

La mujer mira la lámpara y finalmente responde:

― Ay, mire. Casi que me lo voy a pensar. Gracias y buenas tardes.

 

jueves, 8 de febrero de 2018

Relato que incluya un mentor, un talismán y una despedida

 


Tomás tenía fijada la vista en el infinito y en el vaso de los lápices. Su cabeza reposaba en su mano y su codo, sobre la mesa. Sabía que no podría aprobar el examen del día siguiente. En el humilde comedor, su madre planchaba derrengada después de un largo día de trabajo.

Al joven se le cerraban los ojos y se le desplomaba la cabeza, pues aunque se caía de sueño ―literalmente―, sabía que debía estudiar más si quería hacer el examen mínimamente bien. Pero no lograba mantener su concentración. Su imaginación volaba y se distraía con facilidad. Sobre su escritorio había un pisapapeles de barro que había hecho él hacía unos años y que tenía incrustados varios dientes de leche que habían sido suyos. A Tomás le encantaba su forma redondeada y a menudo pasaba la mano por encima y se sentía reconfortado. Acarició el pisapapeles con su mano izquierda y oyó un sonido parecido al chillido de un ratón.

―¡Pst! ¡Tomás! ―Tomás habría jurado que alguien lo llamaba―. ¡Tomás, mira hacia abajo y no te asustes!

Miró hacia sus pies y ahí estaba. Había un ratoncito saludándole con sus patas delanteras.

―Eres un precioso ratón ―le dijo Tomás mientras se agachaba a cogerlo con las dos manos.

―Soy el ratoncito Pérez. Vengo a verte porque estoy en deuda contigo.

―Es cierto. No me has dejado ningún regalo la mayoría de las veces ―le reprochó con cierta tristeza.

―Lo sé. He pasado momentos muy difíciles que no te voy a contar porque eres muy pequeño, pero no te preocupes. Mañana, cuando te despiertes, tendrás un regalo debajo de tu almohada y por la noche volveré a verte. Mi regalo es nuestro secreto y no lo puedes compartir con nadie.

Tras pronunciar estas palabras, el ratoncito Pérez desapareció y Tomás se fue a dormir. Total, sólo le faltaba aquella visita para acabar con la poca concentración que tenía.

Se despertó por la mañana y sin apenas abrir los ojos palpó debajo de la almohada y tocó un tubo frío y delgado: era un bolígrafo transparente, tan sólo era apreciable la carga de tinta y el capuchón, que eran ambos plateados y brillantes.

Tomás fue a la escuela y esperó a que le dieran el examen. No sabía si usar su nuevo regalo o reservarlo para una mejor ocasión, y decidió lo segundo. Con tan buena suerte, que justo al escribir su nombre, se acabó la tinta y no tuvo más remedio que usar el nuevo. Leyó las preguntas y no estaba seguro de las respuestas, pero se dispuso a escribir lo poco que recordaba. De repente, mientras escribía, los conocimientos iban surgiendo al ritmo de su escritura y una redacción impecable iba llenando la hoja del examen. Sin apenas darse cuenta, respondió correctamente todas las respuestas.

Estaba deseando que llegara la noche para volver a ver al ratoncito Pérez y absorto en su anhelo el día transcurrió muy despacio. Por la noche, solo en su habitación, se dispuso a leer un libro, aunque Tomás levantaba la mirada a cada segundo, pero el ratoncito no apareció. Ni aquella noche, ni la siguiente. Ni aquella semana, ni aquel año.

Tomás se esforzaba y además sacaba unas notas magníficas, todos los profesores lo felicitaban. Nadie reparó en aquel bolígrafo mágico, pero su madre estaba orgullosa de él y también los profesores. Fue pasando de curso, aprobó con éxito la enseñanza secundaria, llegó la universidad y el día del último examen antes de graduarse.

En su habitación, Tomás estaba concentrado, sabía que nunca podría dejar de estudiar, pues la carrera de Medicina requiere un reciclaje constante, pero le encantaba el futuro que veía por delante. Con los codos sobre la mesa, el joven escuchó un sonido parecido al chillido de un ratón.

―¡Pst! ¡Tomás! ―Tomás habría jurado que alguien lo llamaba―. ¡Tomás, mira hacia abajo y no te asustes!

Allí estaba. Entre sus pies, un poco más encogido y pelón, pero allí estaba: el ratoncito Pérez lo saludaba erguido con sus patas delanteras.

―¡Pérez! ¡Eres tú! ¿Sabes que el bolígrafo que me regalaste es mágico? ¡He aprobado todos los exámenes que he escrito con él!

―¡Lo sabía! ¡Sabía que el bolígrafo encontraría lo mejor de ti! He venido sólo a despedirme, y a recordarte que nadie debe saber de tu bolígrafo mágico. También he venido a pedirte algo a cambio. Quiero que lo regales a algún niño que lo necesite, que le cueste concentrarse y le cueste estudiar, pero que tenga potencial para ello. Ya no nos volveremos a ver más, pues cuando se te caigan los dientes yo ya estaré para el arrastre. Así que… ¡adiós, Tomás, ha sido un placer conocerte!

Tomás miró el bolígrafo y pensó: «Jamones».

lunes, 8 de enero de 2018

Relato de suspense en el que el habitáculo sea un personaje más.
El personaje principal, Amelia, está inspirado en un personaje de mi amiga Pilar Obregón.



El cuarto marido

La encantadora Amelia colocó el albarelo con las cenizas de su marido en el estante superior del mueble de la cocina. Era un mueble antiguo y de madera, alto y blanco, con cinco baldas. Este mueble, junto con la mesa a juego, era lo único que trasladaba cada vez que cambiaba de domicilio, algo que sucedía cada vez que se quedaba viuda. Apenas hacía diez meses del fallecimiento de su último esposo.

Aquel mueble contenía decenas de albarelos con hierbas medicinales que o bien compraba o bien cultivaba en el jardín contiguo a la cocina, donde tenía un pequeño invernadero. Conocía todas las propiedades de las plantas y, combinándolas, era capaz de preparar brebajes de todo tipo: depurativos, hechizantes, matagripes, quemagrasas… Los preparaba para sus vecinos sin ánimo de lucro. Aquella hermosísima casa georgiana era su tercera vivienda y aunque era la más distinguida de cuantas había habitado, apenas la disfrutaba, pues prácticamente no salía de la cocina, cuyos amplios ventanales estaban adornados por la frondosidad del jardín, que convertía la estancia en un acogedor rincón. La fachada anterior tenía maravillosas vistas a la campiña inglesa, pero la dulce Amalia se sentía expuesta y prefería la privacidad de la parte trasera de aquella envidiable vivienda.

La tristeza de enviudar tres veces se había visto de alguna manera recompensada por la suerte de heredar tres sustanciosas fortunas. Su primer marido, Keith, era comerciante de maderas exóticas y tras vender una remesa de toneladas de madera de sequoia, contrajo una extraña intoxicación, se fue volviendo verde y falleció. Su segundo marido, Kilian, un bróker de la City, después de cerrar la operación de su vida contrajo una extraña intoxicación, se fue volviendo verde y falleció. Y su tercer marido, Kevin, era marchante de arte y tras vender un Picasso y un Renoir, contrajo una extraña intoxicación, se fue volviendo verde y falleció.

Cuando pensó que había llegado el momento de recogerse en el sosiego del campo, conoció a Kyle, el hijo único y heredero universal de un aristócrata que acababa de fallecer. Kyle era poco agraciado y tímido, muy tímido. Su timidez le había impedido entregarse a una relación amorosa, pues las jóvenes se aburrían con él. Tanto Amalia como Kyle frisaban la cincuentena y la inglesa, conmovida por la soledad que transmitía el rico aristócrata, le ofreció su mano y él, lo agradeció. Lo cameló para que abandonara su mansión y se trasladara a la casa georgiana y él, tras despedir al servicio, aceptó. Dorothy, el ama de llaves que lo había visto nacer, le advirtió del error que cometía. La nueva pareja llevaba una vida solitaria en la cocina, donde ella mezclaba las hierbas y observaba a su nuevo marido leer junto al ventanal.

Pero a veces Kyle se sentía cautivo en aquella cocina. Cuando Amalia percibía esta inquietud, le preparaba un brebaje que lo relajaba y caía en un sueño profundo y reparador. Aquel día se despertó a medianoche y deambuló por varias estancias de la desaprovechada casa. Como atraído por una fuerza extraña, acabó en la cocina. Destapó los tarros y olió las hierbas que contenían. Empezó por los tarros que estaban a su nivel, luego los de más abajo y acabó por los de la fila superior.

Destapó el primero y al primer intento no percibió ningún aroma. Introdujo la nariz y tampoco asomaba ningún olor. Sin embargo, el albarelo pesaba, incluso más que los demás. Llevaba escrito K1 en el exterior. Introdujo la mano y tocó un polvo fino y grisáceo. Lo cató y confirmó lo que imaginaba. Era ceniza. Abrió el segundo y, evitando la cata, confirmó que el tarro K2 también contenía ceniza, y lo mismo sucedió con el K3. Sin embargo, el K4 contenía una extraña mezcla de hierbas.

Subió a su habitación, contrariado, y no volvió a conciliar el sueño.

Buenos días, querida saludó a su esposa el aristócrata a la mañana siguiente. Hoy celebramos tres meses de feliz matrimonio y te invito a comer al Candice y a continuación le regaló un cariñoso beso.

Ambos se engalanaron y Amalia lució las joyas de su difunta suegra sobre un elegante vestido que realzaba sus ojos azules. Comieron un exquisito asado y al llegar a casa Amalia se sintió indispuesta. Conocía aquellos síntomas, pero no sabía cómo combatirlos. Contrajo una extraña intoxicación, se fue poniendo verde y falleció.

El tarro K4 estaba vacío. Y Dorothy cortaba verduras en juliana en la cocina del Candice.

 

 

 

sábado, 2 de diciembre de 2017

Historia de amor no disponible ambientada en 1832



1832. El origen del origen
Hortense abrió la puerta, irritada por los insistentes golpes que el pequeño Willy daba con los nudillos. El joven traía un saco de carbón que apenas podía levantar del suelo y un puñado de cartas para el señor de la casa, que andaba ansioso a la espera de noticias de su hijo Charlie desde ultramar.
―Hortense, ¿me puedo quedar un rato contigo?
Hortense sentía compasión por aquel niño. Lo dejó pasar y cerró la puerta enseguida para que no se escapara el calor. Se secó las manos en el delantal para prepararle un poco de pan con queso antes de darle un chelín. Lo miraba con ternura y a veces se preguntaba qué fuerza divina designaba el futuro de las personas. Qué vida tan distinta le esperaba a Willy comparada con la de Charlie, el hijo de los señores. El muchacho se quedaba embelesado observando los estantes llenos de libros y en ocasiones acercaba su pecosa nariz para olerlos. Aunque en realidad buscaba el calor de la estufa. Los jirones en la ropa del pequeño dejaban paso al punzante helor del invierno en Inglaterra.
Una de las cartas recién llegadas relataba las primeras experiencias en Brasil que Charlie compartía con su padre y que habían acontecido hacía dos meses en el otro lado del océano.   
Después de un mes de viaje a bordo del HRM Beagle, por fin atisbaron la costa de Bahía. El agua azul turquesa, la arena blanca y aquellos árboles de tronco resiliente y grandes y recias ramas provocaron la admiración del joven Charles, que a sus veintitrés años se hallaba en una fase indefinida de su vida. Por una parte, los estudios de Medicina cursados en Edimburgo sólo le aportaron dolores de cabeza y algún que otro retortijón. Posteriormente, el estudio de invertebrados  le despertó cierto interés, pero tanta teoría natural le sumía en el más profundo tedio. Hasta que su padre, harto de tanta desgana, lo envió a Cambridge para que iniciara estudios y se ordenara pastor anglicano. Aquella ciudad universitaria y su ilustrada población dispararon su curiosidad y decidió viajar a Sudamérica y, de paso, poner tierra de por medio con Claire, la muchacha de tez pálida y mejillas sonrosadas con quien lo querían casar.
Allí estaba. En Río de Janeiro. Como era un buen jinete, por las mañanas se adentraba en la exuberante selva y se abría paso con la ayuda de un machete. Allí descubrió un mundo de insectos y de plantas. El calor era sofocante y, aunque por las tardes eran frecuentes las lluvias tropicales,  normalmente lo pillaban en el hostal, desde donde escribía artículos sobre entomología que enviaba a la universidad. En aquel hostal, donde no se comía con cubiertos y mataban a los animales con piedras, vivía Silmara, una muchacha de piel morena por la que Charles sentía atracción. Ella sentía curiosidad por aquel hombre inglés de modales impecables que tenía siempre la piel achicharrada y llena de picaduras de insectos,  pero los hombres de su país le parecían más atractivos.
Los pensamientos de Charles hacia Silmara se oscurecieron el día que la vio bailar. Aquellos movimientos sinuosos y aquel derroche de epidermis a la vista provocaron un sinfín de voluptuosas emociones en el joven inglés.
Claire preparaba su ajuar y esperaba con impaciencia el regreso de su amado. Apenas dormía imaginándolo en un enjambre de peligros, serpientes venenosas y arenas movedizas. Por su parte, Charles intentaba seducir a Silmara sin éxito. Hasta que apareció João, el pequeño hijo de la brasileña, con los ojos vidriosos a causa de la fiebre. Era su oportunidad. El año perdido en la Facultad de Medicina tenía que servir para algo y le sirvió para curar al pequeño y, de paso, acercarse a su bella madre.
Mientras preparaba un mejunje sanador junto a la cama de João, Silmara observaba al inglés raro que dibujaba escarabajos y vio un hombre bondadoso y caritativo que aborrecía algo tan normal como la esclavitud. Aunque no podían conversar, porque tenían algunas dificultades idiomáticas, empezaron a dar paseos a caballo por la selva y por la playa y se bañaban desnudos bajo las cascadas.
No incluyó este último punto en su epístola a su padre. Tampoco le informó de su traslado a los aposentos de la brasileña.
Claire esperaba ansiosa y resignada la recepción de una carta que nunca llegaba.
Un día, João mostró a Charles su caja de juguetes y el joven inglés asistió estupefacto a la visión de docenas de fósiles de bichos que nunca había visto. Fósiles que demostraban la mutabilidad de las especies que tanto había intuido y que no podía demostrar. Era tanto su interés por aquellas piezas que empezó a interesarse más por jugar con el niño que con la madre de éste, lo que provocó celos en la morenaza, celos que Charles tardó en percibir, absorto como estaba en aquel hallazgo.
Entonces el joven inglés hizo algo horrible. Una noche, mientras Silmara y João dormían, se levantó sigilosamente, robó la caja de juguetes y desapareció, aunque compensó al chiquillo con una pensión vitalicia irrisoria en Inglaterra, pero insultante en Brasil.
Cinco años después volvió a su tierra. Había olvidado por completo el aspecto de Claire y, para su desagracia, al volverla a ver no le agradó en absoluto. Imaginar el resto de su vida junto aquel rostro blanquecino y le pareció un futuro aterrador.  
Así que decidió casarse con su verdadera pasión: la redacción de El origen de las especies y fue enormemente feliz.
Cincuenta años más tarde João abrió un libro que un inglés había olvidado en el hostal y el rostro del escritor, un tal Charles Robert Darwin, coincidía con el de Charlie, el ladrón de juguetes.

Y lo perdonó.  

viernes, 24 de noviembre de 2017

Un relato que contenga silencio y sonidos seseantes



Que conste que se lo merecía

«Siempre el mismo sonado con los mismos sonidos. Es insufrible».

Susan llevaba demasiado tiempo soportando a aquel ser insensible. Ser bibliotecaria supone un sinfín de sacrificios, pero aquel caso estaba llegando demasiado lejos. Por más que lo había avisado, él hacía caso omiso.

Es un requisito indiscutible que en las bibliotecas es obligatorio guardar silencio. Sin embargo, aquel sujeto todos los días molestaba. Si no era la vibración del móvil, era su voz susurrante ―pero no por ello imperceptible― interrumpiendo al resto de personas. La letra ese sobresalía en el mutismo de la sala.

Además, no faltaba ni una tarde.

Eran casi las siete. Como todas las tardes Susan apagó todas las luces y dejó la biblioteca dispuesta para un nuevo día, que sería el lunes. Se aseguró de haber cerrado la puerta y subió a su bicicleta. Sabía dónde vivía Oscar Sanderson, porque había espiado su ficha. Sabía que tenía veintitrés años, que había estudiado Business Administration y que se pirraba por la literatura rusa, motivo por el que frecuentaba la biblioteca. Sabía que seguramente después de pasar la tarde en la biblioteca iría a su casa, y hacia allí se dirigió. El camión de la basura y el paso distraído de Oscar estaban a punto de encontrarse, bastaba un suave restregón para hacer inevitable la caída y posterior aplastamiento.

Llevar una vida solitaria es peligroso. Y Susan sabía bastante de eso. La soledad en ocasiones le proporcionaba malos pensamientos.

Allí estaba el sonado de Oscar. Y allí estaba el camión de la basura.

Aceleró el pedaleo y justo cuando faltaban dos segundos para rebasar al joven molesto le interrumpió una voz:

―¡Susan! ¡Susan! ―Frenó en seco. ¡Maldita sea!

Era el conductor del camión de la basura, que sacando medio cuerpo por la ventana le espetó:

―¡Qué bueno el libro de Paul Auster que me recomendaste! Tengo que volver a ir a la biblioteca a que me vuelvas a recomendar otro.

Susan reflexionó. ¿De verdad quería complicarse la sosegada vida que llevaba por un ser molesto? Saludó al basurero y se fue a su casa.

 

jueves, 26 de octubre de 2017

Una historia inspirada en esta imagen 



The loser (el perdedor)
No hacía falta ser muy listo darse cuenta de que algo serio le había pasado al profesor Ralph McCallum. El sempiterno perdedor. 
Nunca destacó por su personalidad arrolladora, ni por su físico atractivo, ni por su elegancia clásica, ni por su inteligencia sagaz. Siempre fue gris.
Al acabar Filología inglesa se casó con Debbie, la única joven que accedió a salir con él, una muchacha poco agraciada con la que fue tediosa y resignadamente infeliz. Ni sus dos hijos, ni una vida sin sobresaltos lograron que Ralph pudiera disfrutar de un solo momento emocionante, porque era de naturaleza tibia y rancia.
En Largs, un pequeño pueblo de Escocia, su trabajo de profesor le proporcionaba grandes decepciones. Sus clases de lengua eran insufribles y sus alumnos le correspondían con nulo interés, lo que redundaba en más desidia para Ralph.
Sus alumnos, adolescentes pestilentes constelados de acné, eran pelirrojos y de tez muy pálida a la que poco les había dado el sol. Los esfuerzos de Ralph por mejorar la dicción de sus alumnos no llegaron a dar fruto y, promoción tras promoción, se repetía el mismo patrón: egoístas imberbes insatisfechos y protestones replicaban en sus clases la apatía intrínseca de Ralph desde hacía treinta años. Pero aquel curso, algo cambió.
Llegó Mey Ling, una china de exquisitos modales e infinita curiosidad. Su nivel de inglés era bueno, y aunque su dicción estaba viciada por una fonética imposible, se esforzaba de forma sobrehumana por corregir su pronunciación y mejorar su léxico. Consideraba que Ralph era un hombre aburridísimo, pero disfrutaba con el contenido de sus clases. En Largs no era frecuente ver extranjeros y Mey Ling se hizo popular en el instituto. Incluso el profesorado hablaba de ella y de sus notables progresos.
A diferencia de sus coetáneas escocesas, Mey Ling era más aniñada en morfología y comportamiento, y ello le confería un halo de candidez que a todas luces era candoroso.
Aquel día Ralph cumplía 50 años y su mujer y sus hijos le prepararon un desayuno especial, coronado con un pastel sin azúcar glaseado, como a él le gustaban. Y cuando sopló para apagar las velas expulsó el aire delicadamente, como si soplara el cuello de Mey Ling. Llevaba algunos días y muchas noches fantaseando con su alumna.
Lo había calculado todo. 
- Mey Ling, ¿puedes quedarte un momento después de clase? ME gustaría que comentemos el trabajo que me has entregado.
Ella obedeció y él se sentó a su lado. Olía a galletita. El corazón del maestro se aceleró y, mientras revisaban el texto, colocó una mano sobre el muslo de la adolescente y la deslizó cuanto pudo antes de que la joven saliera en estampida, sin recoger sus cosas. Se dirigió angustiada al despacho de la directora y Ralph fue despedido ipso facto. En el fondo, le tenían ganas.
Y allí estaba, en el pub, mientras Mey Ling lloraba en su cuarto. Estaba acabado, tomando un Macallan y pensando cómo lo iba a contar en casa. Y dónde pasaría el resto de su insignificante vida.