jueves, 26 de octubre de 2017

Una historia inspirada en esta imagen 



The loser (el perdedor)
No hacía falta ser muy listo darse cuenta de que algo serio le había pasado al profesor Ralph McCallum. El sempiterno perdedor. 
Nunca destacó por su personalidad arrolladora, ni por su físico atractivo, ni por su elegancia clásica, ni por su inteligencia sagaz. Siempre fue gris.
Al acabar Filología inglesa se casó con Debbie, la única joven que accedió a salir con él, una muchacha poco agraciada con la que fue tediosa y resignadamente infeliz. Ni sus dos hijos, ni una vida sin sobresaltos lograron que Ralph pudiera disfrutar de un solo momento emocionante, porque era de naturaleza tibia y rancia.
En Largs, un pequeño pueblo de Escocia, su trabajo de profesor le proporcionaba grandes decepciones. Sus clases de lengua eran insufribles y sus alumnos le correspondían con nulo interés, lo que redundaba en más desidia para Ralph.
Sus alumnos, adolescentes pestilentes constelados de acné, eran pelirrojos y de tez muy pálida a la que poco les había dado el sol. Los esfuerzos de Ralph por mejorar la dicción de sus alumnos no llegaron a dar fruto y, promoción tras promoción, se repetía el mismo patrón: egoístas imberbes insatisfechos y protestones replicaban en sus clases la apatía intrínseca de Ralph desde hacía treinta años. Pero aquel curso, algo cambió.
Llegó Mey Ling, una china de exquisitos modales e infinita curiosidad. Su nivel de inglés era bueno, y aunque su dicción estaba viciada por una fonética imposible, se esforzaba de forma sobrehumana por corregir su pronunciación y mejorar su léxico. Consideraba que Ralph era un hombre aburridísimo, pero disfrutaba con el contenido de sus clases. En Largs no era frecuente ver extranjeros y Mey Ling se hizo popular en el instituto. Incluso el profesorado hablaba de ella y de sus notables progresos.
A diferencia de sus coetáneas escocesas, Mey Ling era más aniñada en morfología y comportamiento, y ello le confería un halo de candidez que a todas luces era candoroso.
Aquel día Ralph cumplía 50 años y su mujer y sus hijos le prepararon un desayuno especial, coronado con un pastel sin azúcar glaseado, como a él le gustaban. Y cuando sopló para apagar las velas expulsó el aire delicadamente, como si soplara el cuello de Mey Ling. Llevaba algunos días y muchas noches fantaseando con su alumna.
Lo había calculado todo. 
- Mey Ling, ¿puedes quedarte un momento después de clase? ME gustaría que comentemos el trabajo que me has entregado.
Ella obedeció y él se sentó a su lado. Olía a galletita. El corazón del maestro se aceleró y, mientras revisaban el texto, colocó una mano sobre el muslo de la adolescente y la deslizó cuanto pudo antes de que la joven saliera en estampida, sin recoger sus cosas. Se dirigió angustiada al despacho de la directora y Ralph fue despedido ipso facto. En el fondo, le tenían ganas.
Y allí estaba, en el pub, mientras Mey Ling lloraba en su cuarto. Estaba acabado, tomando un Macallan y pensando cómo lo iba a contar en casa. Y dónde pasaría el resto de su insignificante vida. 



sábado, 21 de octubre de 2017

Relato basado en la construcción de un personaje. En este caso, una mujer extranjera, muy atractiva, obsesionada con ser madre que por las noches trabaja en la sala Bagdag. El relato debe transcurrir en la Barcelona de 1992 y debe producirse un asesinato violento.





Un día de relax
Por fin tenía un día libre la traductora Larissa. Llevaba más de quince días sin descansar, menos mal que en la sala Bagdag, donde trabajaba algunas noches, habían encontrado una suplente. Aquel día sí que le tocaba actuar, pero no le importaba porque disfrutaba mucho más cuando trabajaba en sus días fértiles. Estaba decidida a declarar su amor a Anselmo, un abuelete dotado de una habilidad singular: podía levantar una campana de 15 kg con el pene. Ella lo adoraba. ¡Le recordaba tanto a su abuelo Piotr! Era consciente de que a esas alturas el pene de Anselmo no le podía garantizar largos años de pasiones, pero… ¿qué importancia tenía aquel detalle ante la fortuna de tener un compañero entrañable y leal?
En agosto de 1992, disponer de un día para pasear tranquilamente, disfrutar de la singularidad del ambientillo olímpico y deleitarse unas horas en el dolce far niente era un bien escaso. Se despertó tarde, muy tarde. Hacía un día ideal para tomar un aperitivo en la terraza del bar Tomás. Bravas y una cerveza bien servida.
Sus gafas de sol le permitieron espiar a los clientes con cierto disimulo, y no se le escapó aquella mujer cincuentona[1], regordeta y anodina, que levantaba con temblor la taza de tila, haciéndola tintinear como una campanilla. ¿Qué le pasaba? Miraba con recelo a su alrededor, escondiéndose de algo. Se acercó a ella y le preguntó si se encontraba bien.
—Es que creo que he matado a un hombre.
—¿Cómo que lo cree? —preguntó perpleja—.
—Bueno…  yo sólo quería darle un sustito. Las bravas de este bar son malísimas. No sé cómo pueden tener tanta fama —se acercó a Larissa para bajar la voz—. Verás: Los del bajo han alquilado el piso por una fortuna y se han ido a su casa de la Costa Brava y ha dado la casualidad de que el inquilino es el hombre que arruinó mi vida. Lo vi hace una semana, yo estaba abriendo mi buzón y él entró en la finca, iba silbando, en eso no ha cambiado. Reconocí su voz enseguida y un escalofrío recorrió mi espalda. Agarraba de la cintura a dos guayabas de piernas larguísimas, casi como las tuyas, y entraron los tres en el piso. Desde entonces no paro de pensar en la manera de vengarme, él de rositas mientras a mí me rompió la vida, hay que fastidiarse. He pensado en mil maneras de hacerlo, pero al final, mi parte racional me ha frenado. Hasta que esta mañana he salido a recoger la ropa que tenía tendida y lo he visto durmiendo la mona en la tumbona del patio interior. Era muy temprano, pero no podía dormir porque hacía muchísimo calor y por lo visto él tampoco porque por eso salió a dormir al patio. Entonces, una fuerza que no he podido controlar hizo que levantara una maceta y se me cayera en su cabeza. De verdad que yo sólo quería darle un sustito, pero he calculado mal y creo que me lo he cargado, porque he visto mucha sangre derramada. Es que nunca he tenido buena puntería.
—Pues ahora no puede volver a su casa, porque ya estará allí la policía ―sentención sin salir de su asombro.
—Pensaba ir a darme una vuelta. ¿Te vienes?
—No, mujer. ¡Con lo tranquila que vivo en Barcelona, lejos de mi madre, sólo me faltaba meterme en líos! Mire, soy rusa  y por desgracia los asesinatos no son algo extraño para mí.  Ahora la dejo porque tengo que hacer algo importante, pero si necesita algo que no me comprometa, por la noche trabajaré en la sala Bagdag.
—¿Eso no es un sitio de ver folleteo? —preguntó con los ojos como platos—. ¿Eres prostituta?
—No, mujer. Soy sólo actriz.
Se despidieron sin grandes cordialidades y cada una emprendió un recorrido.
Larissa no podía creer lo que había presenciado en su único día de asueto. Se planteó ir a la policía, pero… ¿por dónde empezar el relato? Tenía otras preocupaciones como, por ejemplo, cómo declararse a Anselmo si finalmente su compañero de escenario le engendraba un hijo.
Anselmo había enviudado hacía un año y, si bien añoraba mucho a su esposa, llevaba tiempo sintiéndose muy solo y buscaba compañía. Ni en sus más remotos sueños podía imaginar lo que despertaba en Larissa. Para él trabajar en la sala Bagdag era sólo una excusa para escabullirse de la apabullante soledad que sentía en casa.
―Disculpe, señorita―. Aquellas dos palabras interrumpieron las cavilaciones de la traductora rusa. Las pronunció un hombre joven con acento francés y gafas redondas[2] ―. Usted trabaja en la sala Bagdag, ¿verdad? Usted es «la eslava caliente». Permítame que me presente. Me llamo Jean Pierre Bailly, soy periodista y estoy recopilando información para escribir un libro sobre los bajos fondos de la Barcelona olímpica. Usted, trabajando donde trabaja, seguro que podría facilitarme información muy útil para mi cometido. ¿Es cierto, por ejemplo, que Magic Johnson mantuvo relaciones sexuales con una actriz de la sala Bagdag?
Larissa no quiso pronunciarse, aunque podía dar fe de ello. No es que el periodista le diera malas vibraciones, era más bien que consideraba que el momento era prematuro para semejante nivel de confianza. Si lo del jugador de baloncesto presentaba enjundia lo del asesinato mañanero iba a ser una lotería para él. Estaba claro que el día, que había empezado tranquilo, se iba complicando. Tenía que decidir si mantenía la conversación con el joven periodista o seguía con su propósito de disfrutar relajadamente de la jornada, pero ante las dificultades que presentaba lo segundo, se inclinó hacia lo primero. Era bien parecido y aunque le molestaba su acento, en su condición de mujer en búsqueda incesante de marido no podía permitirse perder una oportunidad.
Para su sorpresa, entre los dos se generó una suerte de atracción que desembocó en un apasionado revolcón en el barrio de Sant Pere. Ambos se despertaron de la siesta desnudos y abrazados, sin ganas de hacer el menor movimiento que pudiera rompiera la excepcionalidad del momento.
 ―Larissa, no vayas a trabajar esta noche.
Ella se había comprometido con su jefa, aunque la idea que tenía de declarar su admiración y ternura a Anselmo había pasado a segundo plano después del affaire galo.  
―Sí que iré, pero quiero que vengas conmigo.
Por la noche ambos se dirigieron a la sala Bagdag y, cuando iban andando por el carrer Nou de la Rambla, oyeron un silbido:
―¡Pssssst! ¡Pssssst! ¡Rubia! Soy la de esta mañana.
Larissa miró a Jean Pierre y le dijo:
―Ya sé con quién te vas a sentar esta noche. Te ha tocado la lotería.
Ella no lo sabía, pero algo había tocado su óvulo fértil aquella tarde, también.






[1] Personaje 6: Marisa
[2] Personaje 8: Jean Pierre Bailly 

miércoles, 24 de febrero de 2016

Un relato que incluya las palabras en negrita


A mí, la Legión

El restaurante Millán-Astray era un tanto peculiar, no tanto por su curiosa ubicación sobre un cerro ceutí, sino por la presencia permanente de una cabra ataviada con todo el equipamiento que establece la Legión para tan emblemático animal. Aquel local desprovisto de gracia era frecuentado por nostálgicos del cuerpo de élite, por curiosos, por algún exministro sibarita y por apasionados del noble arte de ingerir callos a la madrileña, entre otras suculencias, pues aquellos fogones parecían tocados por la gracia de Dios. No tenían rival.
Las referencias del negocio habían llegado a oídos del recién jubilado Antón Batallé, un legionario malagueño retirado, hombre rudo y primario, de buen corazón enmascarado casi en su totalidad por un indomable pronto, que se encontraba degustando unos callos de impecable elaboración. Su escapada a Ceuta y aquel restaurante lo trasladó por los recovecos de su memoria. Recordó las maniobras en el cuartel del Serrallo del Tercio del Duque de Alba, en Ceuta. En la camaradería de los soldados, con los que compartía tabaco, alcohol y un pacto de honor de caballero legionario vigente de por vida. ¡Añoraba tanto su tiempo en la Legión!
En la mesa de al lado se hallaba una pareja. Ella era fina y hermosa y él tuvo que ser un joven apuesto, pues aún conservaba restos de gallardía, y unas enormes orejas. Era Laureyanu de Mora y Cifuentes de la Serna, un hombre de buena familia y refinados modales, que destacó entre aquel enjambre de soldados del cuartel por su porte aristocrático. Antón y Laureyanu, a pesar de arrastrar pasados muy distintos, forjaron una férrea amistad durante su tiempo en el cuartel, amistad que se marchitó al finalizar el servicio militar. Uno instruyó al otro en la escritura, aprendizaje que le fue muy útil en la vida, y el otro le abrió los ojos al mundo al uno, enseñanza de incalculable valor que le ayudó a entender mejor la vida. No habían vuelto a saber nada más el uno del otro desde entonces, pero ambos se recordaban con nostalgia.
Mientras una docena de clientes disfrutaba la gastronomía del restaurante, Antón se chupaba los dedos que se le habían untado de salsa al mojar el pan en el plato de callos, Laureyanu degustaba unas croquetas insuperables y la cabra estaba tranquila, medio dormida. Laureyanu siempre pensó que la calidad de un cocinero se distingue por sus croquetas. De pronto entró un grupo de jóvenes con ganas de provocar. Dos de ellos eran de Madrid, los hermanos Banau, los líderes de la pandilla que venían de vez en cuando y siempre se metían en líos. Entraron a voces, rompiendo la armonía cañí de aquel antro, y empezaron a provocar a la apacible cabra lanzándole objetos. La cabra, que hasta entonces estaba en duermevela, se despertó de un sobresalto, asustada, y embistió al primero que pilló delante, a la sazón Antón Batallé que, al no esperar el ataque, fue lanzado al suelo y siguió corneado por el animal.
El exceso de vinacho le impidió liderar una pelea victoriosa y sólo se vio con coraje de exclamar:
—¡A mí, la Legión!
Y en menos de dos segundos, media docena de caballeros legionarios retirados acudieron a rescatar al compañero, entre ellos Laureyanu, que le ayudó a levantarse.
Antón vio unas orejas enormes, como las de su querido compañero, y aún sostenido en sus brazos y avergonzado de tan bochornosa escena le dijo:
—¡Laureyanu! ¡Eres tú!
—¡Antón! ¡Amigo!
Se dieron un abrazo que les hizo retroceder cuarenta años. ¿Qué habrían hecho ellos con los que hubieran intentado mancillar el honor de la Legión? Tan sólo cruzando la mirada decidieron acercarse a los hermanos Banau, los agarraron de la pechera y los echaron del restaurante Millán- Astray. Necesitaban recuperar la calma, porque tenían mucho de qué hablar.  
―¿Has visto qué blandengues, Laureyanu? Llevaban camisetas debajo de la camisa.

jueves, 4 de febrero de 2016


Cosas que dan mucho miedo
 
 
 
Antxón Zarrabeitia se despertó antes que de costumbre, derrengado después de tantas noches sin apenas dormir. Era el hombre carismático por antonomasia en su aldea, y aunque no ostentó nunca la categoría de alcalde, no se tomaba una decisión sin obtener su visto bueno. No era por su carácter amable, que no lo era, ni por su pico de oro, que no lo tenía, sino por su sentido común, capaz de dejar sin palabras al más locuaz.
Ni los Miuras de San Fermín le habían provocado el más mínimo temor hasta que fue al bar de Txomin a tomar unos potes hacía unos días. Ni vivir en un caserío solitario en la ladera de un valle, envuelto en la niebla durante meses. Su trabajo de herrero le había proporcionado el dinero y la fortaleza física que necesitaba para ir viviendo. Sus hombros aguantaba vigas y sus manos eran capaces de doblar varas de hierro y de triturar los huesos de quien le molestara o molestara a alguien de su cuadrilla.
Se comentaba por el valle que en una ocasión había matado a un hombre y que el cadáver estaba enterrado en el establo de su casa, pero no era verdad, aunque tenía experiencia en cavar tumbas, porque también hacía de enterrador, tarea que nadie quería desempeñar en el valle de Leitzaran.
En mala hora se le ocurrió acercarse al bar de Txomin hacía unos días. Aquella taberna era el punto de encuentro de los hombres de la aldea, allí se juntaban para saludarse y beber, porque de poco podían hablar al ser todos ellos hombres de pocas palabras y vidas rutinarias. 
Entonces se abrió la puerta de madera y entró una mujer de casi treinta años, de estatura media, complexión fuerte, tez clara y cabello por los hombros. Hizo un barrido al bar con la mirada, suficiente para comprobar que en aquel antro no había mujeres y para detectar el hombre que menos le repeliera de entre toda aquella testosterona contenida. Mientras los ojos de los clientes del bar se clavaron en la moza, los suyos se le fueron a las manos de Antxón y en lo minúscula que se intuía el asa de la jarra  de cerveza que sostenía. Se las imaginó recorriendo su cuerpo y se colocó a su lado, al tiempo que pedía un zurito. Habían oído que una bióloga de Elizondo iba a instalarse en la aldea durante un tiempo y que había alquilado la casa Gorritxenea.
Antxón siguió tomando su cerveza, como si no le hubiera consternado la presencia de aquella mujer, pero sintió un calor incontenible que se le concentraba en la cara y una presión en el pecho que le hizo hiperventilar y abrir mucho los ojos. Sus manos temblaban. La tenía tan cerca que no se atrevió a mirarla, pero no pudo reprimir el deseo y, tímidamente, giró la cara hacia ella, lo suficiente para comprobar lo peor que le podía pasar: ella lo estaba mirando.
―¿Qué miras? ―le dijo ella con rudeza.
Y Antxón apartó la mirada, acabó la cerveza, se fue a su casa y se orinó en los pantalones. Había sucedido lo que siempre temió: se había enamorado de aquella mujer que era de verdad. Normal, como él. De las que no necesitan ayuda en las matanzas. De las que no dan besos ni son zalameras.
Desde aquella tarde no paró de pensar en ella. Provocaba encuentros en los que sólo era capaz de articular un «¡Aúpa!», la seguía sin que ella lo percibiera y le aterraba comprobar que no podía pensar en nada más que en ella. Sentía auténtico y obsesivo pánico. Pánico al rechazo, a que se fuera de la aldea, a verla con otro hombre, a no poder vivir sin ella… pero sobre todo pánico a que correspondiera a su amor.
Antxón, que siempre había controlado sus sentimientos, estaba desmejorado. Apenas comía. ¿Desde cuándo un vasco se enamora a primera vista? Aquel terror a sentirse amado lo estaba consumiendo. Se despertó antes que de costumbre, pensando en ella, miró su casa desordenada, como su cabeza, se asomó a la ventana y vio que llovía a cántaros. Se preparó un café. Sonó el teléfono. Era el médico rural.
―Antxón, prepárate que mañana hay entierro. Han encontrado una mujer muerta, junto al río, es joven y no es del valle, aunque la han visto por aquí estos días. Lo más seguro es que su familia quiera llevarse el cadáver, pero hay que prepararlo antes. Parece que ha muerto de un infarto y los lobos han hecho una escabechina con su cuerpo.
Antxón se orinó en el pijama. No podía ser. Por su culpa, había sido por su culpa. Por su torpeza, por su cobardía. Salió del caserío con el pijama orinado, aún no había abierto la valla y ya estaba calado hasta los huesos. Corrió hasta la casa de la chica, se plantó delante y se quedó quieto, contemplando la puerta como un zombi. Incapaz de encontrar un sentido a lo que estaba haciendo y esperando una señal.
De pronto la puerta se abrió y salió la joven navarra, preparada para un nuevo día de trabajo. Por suerte no era ella la fallecida. Le sorprendió la imagen de aquel vasco empapado, orinado, en pijama y medio en trance delante de su puerta, bajo una cortina de lluvia y lo miró como deseando, para variar, una interacción productiva por su parte. Y, entonces, él aprovechó para decirle:
―¡Aúpa! ―y se fue a su caserío. Hay que ver qué calor sentía con el frío que hacía. 
 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

jueves, 10 de diciembre de 2015

Relato inspirado en esta imagen

   



Un Colt para Navidad 

Aquel domingo de diciembre, el reverendo Larson se arrancó la casulla en la sacristía de la iglesia de Middletowm, Wisconsin, y apoyado en el alféizar del ventanal observó, excitado y contrariado, los movimientos de la feligresa que se alejaba de la casa de Cristo, dejando en la nieve su paso marcado como una cremallera. 

Él era un hombre de estatura alta, mórbido, macilento y de mirada huidiza. Desde la pubertad amaba en silencio a Rose Doherty, una espléndida mujer que incrementaba su atractivo con el paso de las décadas. Años atrás, ella había rechazado la declaración de amor del reverendo; a pesar de no haberse enamorado nunca, sabía que el amor debía ser otra cosa. Y no se equivocó: unos meses más tarde conoció al que acabaría siendo su marido, Frank Doherty, un empresario que le proporcionaría a Rose una vida acomodada en aquella pequeña población.  

Rose acudía con frecuencia a confesarse con el reverendo Larson y le contaba a éste sus intrascendentes preocupaciones, generalmente relacionadas con las vecinas o discusiones irrelevantes con sus hijos. Mientras ella hablaba, aprovechando la oscuridad del confesionario el reverendo se tocaba sus partes más íntimas y, al llegar a casa, descargaba aquel deseo irrefrenable sometiendo a su sufrida esposa a vejaciones, violaciones y palizas. Su esposa, una mujer hirsuta y desvencijada por catorce partos, sufría en silencio la enfermiza lascivia de su esposo y aunque jamás protestó, sabía que su marido nunca la había mirado como miraba a Rose. Sus plegarias iban ahora dirigidas a que el reverendo se comprara aquel Colt anunciado en una página que él guardaba en el bolsillo del pantalón y acabara de una vez por todas con aquella vida de perros.   

El frío invernal de aquella mañana se había llevado las hojas secas del camino de la iglesia y había traído las primeras nieves, estrenadas por los nerviosos pasos de Rose, que acudió a confesar al reverendo algo inexplicable. 
 
    –
 Me he enamorado de otro hombre, padre.  
 
     Aquello, según dijo en un susurro,
 que la hacía sentir terriblemente mal, a la vez la hacía sentir intensamente bien.  
 
    
Rose, la impecable Rose, no podía ser adúltera. El reverendo sólo hubiese justificado ese desliz en la intachable existencia de aquella mujer si se hubiera enamorado de él, cuya frente en ese momento no tardó en perlarse de sudor. Pero no era él a quién ella amaba en secreto, sino al teniente Owen.  

Larson no pudo soportar aquella noticia y, tras arrancarse la casulla con furia, miró por el ventanal cómo se alejaba Rose por el camino nevado, pasando debajo de aquellas luces en las que se advertía “Merry Christmas”. El reverendo, con el corazón pasado de revoluciones y el pecho a punto de estallar, abrió el cajón de su mesa e, iracundo, sacó el Colt que guardaba envuelto en un trapo. Lo cargó y salió de la iglesia con el firme objetivo de matar a Owen. Sólo sobre su cadáver Rose estaría con otro hombre que no fuera su marido o él mismo 

Salió a la calle con el revólver en el bolsillo del abrigo, nada ni nadie podría frenarlo, no había sido un desgraciado toda la vida para que un apuesto teniente le robara la esperanza. Así que acabaría con él.  Cegado por los celos, siguió los pasos de Rose y cruzó el parque, desierto en aquella gélida mañana. Los pensamientos se agolpaban en su mente. Pensó si Dios podría acoger en su seno a un hijo asesino, que nadie podría arrebatarle a su Rose, que las armas las carga el diablo, que no soportaría ver a Rose con otro hombre, que viviría atormentado el resto de su vida por haber cometido tantos pecados, que sus catorce hijos no merecían tener un padre en prisión, que había sido prisionero toda su vida, que no podía aguantar más y lanzó un grito desgarrado que acompañó con un disparo hacia el cielo que resonó en todo el pueblo.  

El propio reverendo se asustó de sí mismo y se dejó caer de rodillas sobre la nieve. La bala siguió su curso ascendente hasta que la fuerza propulsora fue perdiendo fuelle y una vez alcanzada su altura máxima inició el recorrido inverso. Ayudada por la fuerza de la gravedad, fue ganando velocidad hasta que perforó el cráneo del reverendo. 


   Poco después fueron a comunicarle a su esposa el fatal accidente. Tras escuchar a aquellos hombres, ella cerró la puerta y continuó decorando el abeto que brillaba en un rincón del salón. Dios había atendido a sus plegarias, tenía motivos para celebrar la Navidad.