jueves, 17 de mayo de 2018

Relato en el que a un personaje A, con una personalidad muy definida, le sucede algo que le transforma en personaje B





Viejo y cojitranco

James se miró en el espejo del club. Se encontraba tan arrebatador, que comprendía por qué todas las mujeres caían rendidas a sus pies. Estaba orgulloso de haber alcanzado los cuarenta años sin enamorarse de nadie. Esta circunstancia le permitía regocijarse en su vida de castigador, sentía cierto placer haciendo daño a las mujeres. Era guapo, estaba en buena forma física y podía permitirse una vida acomodada.

Colocó los palos de golf en el maletero de su Audi y ensayó su guiño sensual a su propio reflejo en la ventanilla. Subió al coche, lo encendió y aún con las ventanas cerradas se pudo oír la canción que sonaba:

“I’m just a gigolo, and everywhere I go people know the part I’m playing… “.

Esa noche no saldría. Quería ponerse al día de su correo atrasado. Aparcó en la puerta de casa y cruzó ufano el camino de piedra que conducía al portal. Sacó las llaves para abrir la puerta, pero ésta se abrió antes de que pudiera encajar la llave. La abrió Lily, la vecina adolescente de la planta baja, y su precioso cachorro salió impetuosamente y apoyó sus pequeñas patas en el pantalón Armani de James sin dejar de mover el rabo.

¡Kilt! le gritó a su perro agarrándolo del collar ¡Estate quieto! Disculpe, Sr. Sullivan.

James no disimuló que no podía soportar a aquel cachorro que lo miraba con inocencia desde su pernera.

A ver si tienes más cuidado, parece que atraigo a tu perro y a mí los chuchos no me gustan.

Lily cogió en brazos a Kilt, que le regaló alegres lametones en la cara y, tras contemplar la cara de asco del vecino, la joven volvió a disculparse con tristeza. Aquel señor era muy poco sensible y era natural que cayera mal a toda la escalera.

Kilt, con lo bonito y bueno que eres, ¿cómo puede alguien no ser cariñoso contigo?

James entró en casa y antes de cerrar la puerta miró lascivamente la silueta de Lily, que se agachó para dejar al perro en el suelo y se alejó para dar un paseo. Ya no era una niña. Si no fuera porque seguro que olía a perro y su ropa estaría rebozada de pelos, le echaba la caña.

Una vez en casa miró si tenía alguna llamada perdida o algún whatsapp, pero no. Encendió el ordenador y después de responder algunos correos miró su agenda para el día siguiente. Le tocaba revisión médica, por lo que evitó el güisqui de la noche y se fue a dormir temprano. ¡Qué bien se duerme solo!
* * *

—Me temo que tengo malas noticias, Señor Sullivan. Hemos encontrado un tumor en su páncreas, no se puede operar espetó el médico con gravedad-. Lo siento.

No podía ser. Debía de tratarse de un error porque él se encontraba perfectamente. James salió del hospital abatido y aterrorizado. A pesar de que llevaba días haciéndose pruebas, su secretaria no lo había llamado.  Nadie lo había echado de menos, a juzgar por la ausencia de mensajes en su iPhone. Tan concentrado iba en sus pensamientos y en su espantoso futuro inmediato que no se dio cuenta de que Laura, una ejecutiva con la que había salido docenas de veces, pasó por su lado. Ella sí lo vio, pero actualmente se sentía tan bien amada por su nueva pareja que no le apeteció saludar al aburrido de James.

Se veía incapaz de pasar solo por aquel trance. Su agenda estaba colmada de nombres de mujeres, pero sabía que ninguna de ellas lo acompañaría en el final de su vida.

Derrotado, recorrió el camino de piedras que conducía a su casa y se volvió a encontrar con Lily y con Kilt, que hizo el gesto de lanzarse a sus piernas, pero que Lili pudo frenar.

Quieto, Kilt. No molestes a este señor.

¿Este señor? ¡Demonios! ¡Pero si estaba en la flor de la vida! ¡Pero si era un chaval!

Con los ojos humedecidos entró en su casa, en silencio ensordecedor. Se miró en el espejo de la entrada y no se encontró tan joven, ni tan alto, ni tan esbelto. Se sentó en el sillón. No podía llorar, ni hablar con nadie. Su vida se había interrumpido en un vacío inexplicable. Estar solo en un momento así no le gustó. Una  ducha caliente siempre es buena idea. Volvió a sentarse en el sofá, reducido. Sintió frío.

Apenas logró conciliar el sueño. Era extraño, todavía nadie se había interesado por él. ¿Qué era aquello? ¿Una broma macabra?

Al día siguiente se acercó a la oficina. Claire, su secretaria, llevaba puestas las gafas de sol.

¿Por qué llevas gafas de sol en la oficina?

Hace dos semanas que las llevo. Tengo conjuntivitis y se quitó las gafas para mostrar los ojos hinchados y enrojecidos.

En dos semanas, James no se había dado cuenta de que su secretaria estaba mal. No sólo eso, ni siquiera le había agradecido que en lugar de curarse en casa, estuviera cumpliendo en el trabajo. A lo mejor no era tan perfecto como él pensaba. A lo mejor no había sido capaz de lograr que alguien lo quisiera de verdad y por eso estaba solo.

Iba a abrir la puerta de su despacho cuando salió de estampida de la oficina y se subió al coche. Buscó en su iPhone la dirección de la perrera más cercana y se dirigió allí.

Quiero un perro viejo y enfermo.

Así fue como Toby adoptó a James. Salían todos los días a pasear juntos, veían la televisión juntos y cuando James salía de trabajar, sólo deseaba llegar a casa para encontrarse con su perro viejo y cojitranco, que no se separaba de su humano en ningún momento. Nadie lo había amado tanto, por eso no echó en falta su vida de casanova, jamás se había sentido incondicionalmente querido. Su ropa, su casa y su Audi estaban llenos de pelos. Vivieron un idilio que duró unos meses, hasta que la salud de ambos inició una caída libre y el veterinario comunicó a James que tenía que sacrificar a Toby.

Subieron al coche y casi llorando le preguntó a su perro:

Toby: ¿has visto Telma y Louise?

 

miércoles, 4 de abril de 2018


Relato de invierno 


Días de frío y sorpresas

Yo me meo en el hombre del tiempo sentenciaba Michael cada dos por tres.

Apoyado en la barra, con su amigo Bryan, todas las tardes hablaban de nada o de lo que aparecía en el televisor del pub. Era curioso, porque aunque el parte meteorológico de Escocia era en general bastante fiable, siempre olvidaban que en aquel precioso pueblo del regio condado de Fife había un microclima que nadie conocía mejor que Michael.

Cuando en el este de Escocia arreciaba un frío implacable, en Foil hacía fresco. Cuando una racha de lluvia incesante nutría los campos de golf de alrededor, en Foil tomaban cervezas en las terrazas.

Michael, tendríamos que tener nuestra propia televisión y tú deberías ser nuestro hombre del tiempo dijo Joe, el dueño de The ship Tavern, mientras guardaba en el interior del local la pizarra con los platos del día . Bloody hell, hoy no hay quien aguante este frío exclamó cerrando la puerta.

—No nieva de puro frío, pero mañana caerá una nevada de antología —vaticinó Michael.

Bryan, el inseparable amigo de Michael, parecía ausente. Había tomado demasiados güisquis, muchos más que de costumbre y eso quería decir que otra vez le tocaría llevarlo a su casa. ¡Qué gana tenía de que encontrara una nueva pareja que le ayudara a superar el fallecimiento de su mujer! Pero con esa vida que llevaba era imposible que una mujer en sus cabales se fijara en él.

Con cuatro pintas en su cuerpo, Michael se vio capaz de enfrentarse a la ola de frío y salió del pub, pendiente de la falta de equilibrio en las piernas de Bryan.

Bryan, tío, vete al infiernorefunfuñaba mientras lo sostenía, de nuevo, pasando sobre sus hombros el brazo de su amigo, que a duras penas se aguantaba derecho.

Cuando habían avanzado unos pasos, a peso lento por el peso del amigo bebido y el suelo resbaladizo, Joe salió del pub y gritó:

¡Michael! ¡A Bryan se le ha caído este sobre! se acercó y se lo dio en la mano que le quedaba libre. Para no perderlo, lo dobló y lo introdujo en el bolsillo de su abrigo.

Notaba los dedos entumecidos. Las calles estaban solitarias, se apreciaba el rugir del mar y heladas ráfagas de viento solidificaban el agua que resbalaba por su nariz. Llevar bufanda era de nenazas, por no hablar de llevar guantes, pero por suerte, la cerveza ingerida le insufló en combustible que necesitaba para superar el lance. Llevar a Bryan hasta su casa era algo que detestaba profundamente. Tantas fotos de su difunta mujer expuestas por todas las estancias lo sacaba de sus casillas.

Yo me meo en los recuerdos, Bryan protestaba mientras dejaba a su amigo tumbado en el sofá y lo tapaba con una manta. No sé dónde tienes la cabeza, tío. Te has dejado la luz de arriba encendida.

Bryan balbuceó algo como que no subiera, pero Michael no lo entendió y cuando subió a apagar la luz encontró algo que no esperaba y que le heló la respiración: el piso superior, donde Bryan pasaba la mayor parte del tiempo, estaba enfermizamente lleno de fotos. Eran fotos de una mujer: la de Michael. A lo largo de muchos años de amistad había atesorado numerosos recuerdos que salpicaban paredes y muebles. No podía ser, Bryan era y había sido siempre su mejor amigo. Aquellas fotos, en algunas de las cuales la silueta de Michael estaba claramente recortada, le rompieron el corazón. En ninguna foto aparecían el amigo y la esposa juntos, lo que claramente demostraba que su amigo padecía una clara obsesión.  

Sin saber cómo, abandonó aquella casa y se dirigió a la suya. Allí le esperaba su mujer, Mary.

Hola, querido. ¿Cómo te ha ido el día? le preguntó cariñosamente.

¡Qué frío hace, pichón!

Era hombre de pocas palabras. Observó a su mujer detenidamente, como intentando ver algo más allá.

¿Estás bien? ¿Por qué me miras así?

Michael subió a cambiarse y sacó el sobre que se le había caído a Bryan. Estaba abierto y cotilleó el contenido. Eran dos billetes de avión de Alicante y una reserva de hotel. Convencido definitivamente de la fantasía que su amigo había gestado en su propia cabeza, tomó una decisión: volvió a casa de Bryan y le quitó la documentación.

Bryan, me llevo a mi mujer a Alicante, aunque me tenga que hacer pasar por ti una semana. No sabes la de años que lleva pidiéndomelo.



Y allí estaban Michael y Mary, en El Campello. Un maravilloso paraje donde siempre es verano. Siempre, excepto cuando viene una ola de frío polar como la borrasca Emma que les sorprendió a la feliz pareja escocesa.














viernes, 23 de marzo de 2018

Relato adolescente




Los amores clandestinos

Jason había cumplido dieciséis años. Era buen chico, responsable e inteligente. No era el joven más popular del instituto, pero su talento le proporcionaba admiración y celos: todo lo que necesita un joven de esa edad. Desde hacía unas semanas no jugaba con sus amigos al Gears of War. No había dado explicaciones del porqué, pero había dejado de acudir a la cita que habían establecido de manera tácita. Los amigos le habían preguntado el motivo en el instituto, pero él argumentó que se había apuntado a un gimnasio y que llegaba muy cansado a casa.

Y en cierta forma, no era mentira, porque sí que se había apuntado a un gimnasio y llegaba muy cansado a casa. Llegaba cansado y duchado. Más que cansado, llegaba extenuado. Estaba perdiendo peso y a veces se le veía taciturno, algo extraño, porque era un muchacho alegre y organizado. 

Llevaba unas semanas con una nueva rutina. Al salir del instituto, pasaba por casa, preparaba la bolsa del gimnasio y visitaba a Catherine Woodwright, una hermosa exmodelo de cincuenta años que se había divorciado hacía unos diez. No se le habían conocido amantes y llevaba una vida ejemplar.

Jason entraba en casa por la puerta trasera y allí desataban sus pasiones todas las tardes. El joven estaba obsesionado, pensaba en ella a todas horas, le gustaba todo en ella: su cuerpo, su pelo, sus ojos, sus labios, su olor, su generosidad, su voz, su delicadeza, su estilo sofisticado…

A ella le gustaba el placer que aquel cuerpo joven y duro le proporcionaba. Tocara lo que tocara, todo estaba en su sitio. Habían pasado muchos lustros desde la última vez que había tocado un cuerpo así. Jason era delicado, insaciable y atento y, por la cuenta que le traía, iba a ser discreto.

La madre de Jason sospechaba que su hijo guardaba un secreto y un día entró en su habitación a fisgonear. Seguro que encontraría algún secreto, de esos que tan celosamente se guardan.

Salió del dormitorio sin encontrar nada jugoso, mientras a unas manzanas de allí su hijo ponía en práctica algunas técnicas que su madre no podía imaginar.

La madre de Jason sabía el código para acceder al móvil de su hijo, porque de reojo había visto cómo lo desbloqueaba. Así que esperó a que el joven se quedara dormido y, con sigilo, apartó el móvil del cargador. No podía creer lo que estaba leyendo. Nunca había hablado de aquella joven con la que mantenía chats muy subidos de tono. Pero para lo que no estaba preparada era para ver las fotos que almacenaba el móvil.

La reconoció. Era la ejemplar Catherine. ¿Cómo se atrevía a jugar con su hijo? ¿Cómo se atrevía a saludarla como si no pasara nada?

Jason dormía plácidamente y al despertar, su primer pensamiento fue para Catherine. Como todos los días, al volver a casa cogió la bolsa del gimnasio y corrió impaciente a casa de su amada. Lo que no esperaban ambos era la visita de la madre del chico.

Ante la amenaza de una denuncia, Catherine se mudó a otra ciudad y Jason, con su recuerdo, creó un fantasma que le acompañó los siguientes años de su vida. Hasta que al acabar los estudios, buscó a Catherine. Y quien busca, encuentra.
Un relato dialogado



La lámpara

― Hola, buenos días, venía a comprar una lámpara.
― Buenos días, ¿cómo la quería?
― La quería de esas que se frotan y aparece un genio que te concede tres deseos.
― Tiene usted suerte. Creo que en el almacén todavía queda una ―el vendedor se retira del mostrador y baja al almacén. Al cabo de cinco minutos aparece con una caja vieja que desempolva y de la que saca una lámpara con forma de tetera árabe.
― Huy, pero esta lámpara está muy sucia.
― Señora, esta lámpara tiene más de tres mil años. ¿Cómo quiere que esté? ¿Reluciente?
― Es que es para un regalo. Y si aparezco con esto tan sucio, va a parecer que la he comprado en los Encantes.
― Pero, vamos a ver ―dijo el tendero quitándose las gafas―. Yo la puedo limpiar, pero al frotarla va a aparecer el genio y tendremos que pedir un deseo.
― Ah, no. Eso sí que no. Yo quiero una lámpara con tres deseos, vaya robo si no. ¿Y no tiene otra que esté más limpia?
― ¿Otra? ¡Pero si ya no hay lámparas como esta! Es un milagro que todavía exista este ejemplar.
― ¿Y tiene garantía?
―Sí, señora. Aquí está.
― Pero esto es árabe. ¿Cómo sé lo que pone?
― Claro que está en árabe, señora, porque procede del desierto de Libia, cerca de El Jariyá. 
 ― Mmmm ―la clienta expresa recelo―. No lo tengo claro. ¿Y si en vez de la garantía son unos versos del Corán.
― Pero… ¿es que no ve que este objeto es indiscutiblemente una lámpara maravillosa?
― ¿Y qué precio tiene?
― Treinta euros.
― ¿Treinta euros? ¡Vaya robo!
― ¿Me lo dice en serio, señora? ¿Treinta euros que le pueden proporcionar todos los bienes del mundo le parece caro?
 ― Es que no es para mí, ya le he dicho que es para regalar. Y no me quería gastar tanto.
― Bueno, mire, si le interesa se la puedo dejar por veinte euros.

La mujer mira la lámpara y finalmente responde:

― Ay, mire. Casi que me lo voy a pensar. Gracias y buenas tardes.

 

jueves, 8 de febrero de 2018

Relato que incluya un mentor, un talismán y una despedida

 


Tomás tenía fijada la vista en el infinito y en el vaso de los lápices. Su cabeza reposaba en su mano y su codo, sobre la mesa. Sabía que no podría aprobar el examen del día siguiente. En el humilde comedor, su madre planchaba derrengada después de un largo día de trabajo.

Al joven se le cerraban los ojos y se le desplomaba la cabeza, pues aunque se caía de sueño ―literalmente―, sabía que debía estudiar más si quería hacer el examen mínimamente bien. Pero no lograba mantener su concentración. Su imaginación volaba y se distraía con facilidad. Sobre su escritorio había un pisapapeles de barro que había hecho él hacía unos años y que tenía incrustados varios dientes de leche que habían sido suyos. A Tomás le encantaba su forma redondeada y a menudo pasaba la mano por encima y se sentía reconfortado. Acarició el pisapapeles con su mano izquierda y oyó un sonido parecido al chillido de un ratón.

―¡Pst! ¡Tomás! ―Tomás habría jurado que alguien lo llamaba―. ¡Tomás, mira hacia abajo y no te asustes!

Miró hacia sus pies y ahí estaba. Había un ratoncito saludándole con sus patas delanteras.

―Eres un precioso ratón ―le dijo Tomás mientras se agachaba a cogerlo con las dos manos.

―Soy el ratoncito Pérez. Vengo a verte porque estoy en deuda contigo.

―Es cierto. No me has dejado ningún regalo la mayoría de las veces ―le reprochó con cierta tristeza.

―Lo sé. He pasado momentos muy difíciles que no te voy a contar porque eres muy pequeño, pero no te preocupes. Mañana, cuando te despiertes, tendrás un regalo debajo de tu almohada y por la noche volveré a verte. Mi regalo es nuestro secreto y no lo puedes compartir con nadie.

Tras pronunciar estas palabras, el ratoncito Pérez desapareció y Tomás se fue a dormir. Total, sólo le faltaba aquella visita para acabar con la poca concentración que tenía.

Se despertó por la mañana y sin apenas abrir los ojos palpó debajo de la almohada y tocó un tubo frío y delgado: era un bolígrafo transparente, tan sólo era apreciable la carga de tinta y el capuchón, que eran ambos plateados y brillantes.

Tomás fue a la escuela y esperó a que le dieran el examen. No sabía si usar su nuevo regalo o reservarlo para una mejor ocasión, y decidió lo segundo. Con tan buena suerte, que justo al escribir su nombre, se acabó la tinta y no tuvo más remedio que usar el nuevo. Leyó las preguntas y no estaba seguro de las respuestas, pero se dispuso a escribir lo poco que recordaba. De repente, mientras escribía, los conocimientos iban surgiendo al ritmo de su escritura y una redacción impecable iba llenando la hoja del examen. Sin apenas darse cuenta, respondió correctamente todas las respuestas.

Estaba deseando que llegara la noche para volver a ver al ratoncito Pérez y absorto en su anhelo el día transcurrió muy despacio. Por la noche, solo en su habitación, se dispuso a leer un libro, aunque Tomás levantaba la mirada a cada segundo, pero el ratoncito no apareció. Ni aquella noche, ni la siguiente. Ni aquella semana, ni aquel año.

Tomás se esforzaba y además sacaba unas notas magníficas, todos los profesores lo felicitaban. Nadie reparó en aquel bolígrafo mágico, pero su madre estaba orgullosa de él y también los profesores. Fue pasando de curso, aprobó con éxito la enseñanza secundaria, llegó la universidad y el día del último examen antes de graduarse.

En su habitación, Tomás estaba concentrado, sabía que nunca podría dejar de estudiar, pues la carrera de Medicina requiere un reciclaje constante, pero le encantaba el futuro que veía por delante. Con los codos sobre la mesa, el joven escuchó un sonido parecido al chillido de un ratón.

―¡Pst! ¡Tomás! ―Tomás habría jurado que alguien lo llamaba―. ¡Tomás, mira hacia abajo y no te asustes!

Allí estaba. Entre sus pies, un poco más encogido y pelón, pero allí estaba: el ratoncito Pérez lo saludaba erguido con sus patas delanteras.

―¡Pérez! ¡Eres tú! ¿Sabes que el bolígrafo que me regalaste es mágico? ¡He aprobado todos los exámenes que he escrito con él!

―¡Lo sabía! ¡Sabía que el bolígrafo encontraría lo mejor de ti! He venido sólo a despedirme, y a recordarte que nadie debe saber de tu bolígrafo mágico. También he venido a pedirte algo a cambio. Quiero que lo regales a algún niño que lo necesite, que le cueste concentrarse y le cueste estudiar, pero que tenga potencial para ello. Ya no nos volveremos a ver más, pues cuando se te caigan los dientes yo ya estaré para el arrastre. Así que… ¡adiós, Tomás, ha sido un placer conocerte!

Tomás miró el bolígrafo y pensó: «Jamones».

lunes, 8 de enero de 2018

Relato de suspense en el que el habitáculo sea un personaje más.
El personaje principal, Amelia, está inspirado en un personaje de mi amiga Pilar Obregón.



El cuarto marido

La encantadora Amelia colocó el albarelo con las cenizas de su marido en el estante superior del mueble de la cocina. Era un mueble antiguo y de madera, alto y blanco, con cinco baldas. Este mueble, junto con la mesa a juego, era lo único que trasladaba cada vez que cambiaba de domicilio, algo que sucedía cada vez que se quedaba viuda. Apenas hacía diez meses del fallecimiento de su último esposo.

Aquel mueble contenía decenas de albarelos con hierbas medicinales que o bien compraba o bien cultivaba en el jardín contiguo a la cocina, donde tenía un pequeño invernadero. Conocía todas las propiedades de las plantas y, combinándolas, era capaz de preparar brebajes de todo tipo: depurativos, hechizantes, matagripes, quemagrasas… Los preparaba para sus vecinos sin ánimo de lucro. Aquella hermosísima casa georgiana era su tercera vivienda y aunque era la más distinguida de cuantas había habitado, apenas la disfrutaba, pues prácticamente no salía de la cocina, cuyos amplios ventanales estaban adornados por la frondosidad del jardín, que convertía la estancia en un acogedor rincón. La fachada anterior tenía maravillosas vistas a la campiña inglesa, pero la dulce Amalia se sentía expuesta y prefería la privacidad de la parte trasera de aquella envidiable vivienda.

La tristeza de enviudar tres veces se había visto de alguna manera recompensada por la suerte de heredar tres sustanciosas fortunas. Su primer marido, Keith, era comerciante de maderas exóticas y tras vender una remesa de toneladas de madera de sequoia, contrajo una extraña intoxicación, se fue volviendo verde y falleció. Su segundo marido, Kilian, un bróker de la City, después de cerrar la operación de su vida contrajo una extraña intoxicación, se fue volviendo verde y falleció. Y su tercer marido, Kevin, era marchante de arte y tras vender un Picasso y un Renoir, contrajo una extraña intoxicación, se fue volviendo verde y falleció.

Cuando pensó que había llegado el momento de recogerse en el sosiego del campo, conoció a Kyle, el hijo único y heredero universal de un aristócrata que acababa de fallecer. Kyle era poco agraciado y tímido, muy tímido. Su timidez le había impedido entregarse a una relación amorosa, pues las jóvenes se aburrían con él. Tanto Amalia como Kyle frisaban la cincuentena y la inglesa, conmovida por la soledad que transmitía el rico aristócrata, le ofreció su mano y él, lo agradeció. Lo cameló para que abandonara su mansión y se trasladara a la casa georgiana y él, tras despedir al servicio, aceptó. Dorothy, el ama de llaves que lo había visto nacer, le advirtió del error que cometía. La nueva pareja llevaba una vida solitaria en la cocina, donde ella mezclaba las hierbas y observaba a su nuevo marido leer junto al ventanal.

Pero a veces Kyle se sentía cautivo en aquella cocina. Cuando Amalia percibía esta inquietud, le preparaba un brebaje que lo relajaba y caía en un sueño profundo y reparador. Aquel día se despertó a medianoche y deambuló por varias estancias de la desaprovechada casa. Como atraído por una fuerza extraña, acabó en la cocina. Destapó los tarros y olió las hierbas que contenían. Empezó por los tarros que estaban a su nivel, luego los de más abajo y acabó por los de la fila superior.

Destapó el primero y al primer intento no percibió ningún aroma. Introdujo la nariz y tampoco asomaba ningún olor. Sin embargo, el albarelo pesaba, incluso más que los demás. Llevaba escrito K1 en el exterior. Introdujo la mano y tocó un polvo fino y grisáceo. Lo cató y confirmó lo que imaginaba. Era ceniza. Abrió el segundo y, evitando la cata, confirmó que el tarro K2 también contenía ceniza, y lo mismo sucedió con el K3. Sin embargo, el K4 contenía una extraña mezcla de hierbas.

Subió a su habitación, contrariado, y no volvió a conciliar el sueño.

Buenos días, querida saludó a su esposa el aristócrata a la mañana siguiente. Hoy celebramos tres meses de feliz matrimonio y te invito a comer al Candice y a continuación le regaló un cariñoso beso.

Ambos se engalanaron y Amalia lució las joyas de su difunta suegra sobre un elegante vestido que realzaba sus ojos azules. Comieron un exquisito asado y al llegar a casa Amalia se sintió indispuesta. Conocía aquellos síntomas, pero no sabía cómo combatirlos. Contrajo una extraña intoxicación, se fue poniendo verde y falleció.

El tarro K4 estaba vacío. Y Dorothy cortaba verduras en juliana en la cocina del Candice.

 

 

 

sábado, 2 de diciembre de 2017

Historia de amor no disponible ambientada en 1832



1832. El origen del origen
Hortense abrió la puerta, irritada por los insistentes golpes que el pequeño Willy daba con los nudillos. El joven traía un saco de carbón que apenas podía levantar del suelo y un puñado de cartas para el señor de la casa, que andaba ansioso a la espera de noticias de su hijo Charlie desde ultramar.
―Hortense, ¿me puedo quedar un rato contigo?
Hortense sentía compasión por aquel niño. Lo dejó pasar y cerró la puerta enseguida para que no se escapara el calor. Se secó las manos en el delantal para prepararle un poco de pan con queso antes de darle un chelín. Lo miraba con ternura y a veces se preguntaba qué fuerza divina designaba el futuro de las personas. Qué vida tan distinta le esperaba a Willy comparada con la de Charlie, el hijo de los señores. El muchacho se quedaba embelesado observando los estantes llenos de libros y en ocasiones acercaba su pecosa nariz para olerlos. Aunque en realidad buscaba el calor de la estufa. Los jirones en la ropa del pequeño dejaban paso al punzante helor del invierno en Inglaterra.
Una de las cartas recién llegadas relataba las primeras experiencias en Brasil que Charlie compartía con su padre y que habían acontecido hacía dos meses en el otro lado del océano.   
Después de un mes de viaje a bordo del HRM Beagle, por fin atisbaron la costa de Bahía. El agua azul turquesa, la arena blanca y aquellos árboles de tronco resiliente y grandes y recias ramas provocaron la admiración del joven Charles, que a sus veintitrés años se hallaba en una fase indefinida de su vida. Por una parte, los estudios de Medicina cursados en Edimburgo sólo le aportaron dolores de cabeza y algún que otro retortijón. Posteriormente, el estudio de invertebrados  le despertó cierto interés, pero tanta teoría natural le sumía en el más profundo tedio. Hasta que su padre, harto de tanta desgana, lo envió a Cambridge para que iniciara estudios y se ordenara pastor anglicano. Aquella ciudad universitaria y su ilustrada población dispararon su curiosidad y decidió viajar a Sudamérica y, de paso, poner tierra de por medio con Claire, la muchacha de tez pálida y mejillas sonrosadas con quien lo querían casar.
Allí estaba. En Río de Janeiro. Como era un buen jinete, por las mañanas se adentraba en la exuberante selva y se abría paso con la ayuda de un machete. Allí descubrió un mundo de insectos y de plantas. El calor era sofocante y, aunque por las tardes eran frecuentes las lluvias tropicales,  normalmente lo pillaban en el hostal, desde donde escribía artículos sobre entomología que enviaba a la universidad. En aquel hostal, donde no se comía con cubiertos y mataban a los animales con piedras, vivía Silmara, una muchacha de piel morena por la que Charles sentía atracción. Ella sentía curiosidad por aquel hombre inglés de modales impecables que tenía siempre la piel achicharrada y llena de picaduras de insectos,  pero los hombres de su país le parecían más atractivos.
Los pensamientos de Charles hacia Silmara se oscurecieron el día que la vio bailar. Aquellos movimientos sinuosos y aquel derroche de epidermis a la vista provocaron un sinfín de voluptuosas emociones en el joven inglés.
Claire preparaba su ajuar y esperaba con impaciencia el regreso de su amado. Apenas dormía imaginándolo en un enjambre de peligros, serpientes venenosas y arenas movedizas. Por su parte, Charles intentaba seducir a Silmara sin éxito. Hasta que apareció João, el pequeño hijo de la brasileña, con los ojos vidriosos a causa de la fiebre. Era su oportunidad. El año perdido en la Facultad de Medicina tenía que servir para algo y le sirvió para curar al pequeño y, de paso, acercarse a su bella madre.
Mientras preparaba un mejunje sanador junto a la cama de João, Silmara observaba al inglés raro que dibujaba escarabajos y vio un hombre bondadoso y caritativo que aborrecía algo tan normal como la esclavitud. Aunque no podían conversar, porque tenían algunas dificultades idiomáticas, empezaron a dar paseos a caballo por la selva y por la playa y se bañaban desnudos bajo las cascadas.
No incluyó este último punto en su epístola a su padre. Tampoco le informó de su traslado a los aposentos de la brasileña.
Claire esperaba ansiosa y resignada la recepción de una carta que nunca llegaba.
Un día, João mostró a Charles su caja de juguetes y el joven inglés asistió estupefacto a la visión de docenas de fósiles de bichos que nunca había visto. Fósiles que demostraban la mutabilidad de las especies que tanto había intuido y que no podía demostrar. Era tanto su interés por aquellas piezas que empezó a interesarse más por jugar con el niño que con la madre de éste, lo que provocó celos en la morenaza, celos que Charles tardó en percibir, absorto como estaba en aquel hallazgo.
Entonces el joven inglés hizo algo horrible. Una noche, mientras Silmara y João dormían, se levantó sigilosamente, robó la caja de juguetes y desapareció, aunque compensó al chiquillo con una pensión vitalicia irrisoria en Inglaterra, pero insultante en Brasil.
Cinco años después volvió a su tierra. Había olvidado por completo el aspecto de Claire y, para su desagracia, al volverla a ver no le agradó en absoluto. Imaginar el resto de su vida junto aquel rostro blanquecino y le pareció un futuro aterrador.  
Así que decidió casarse con su verdadera pasión: la redacción de El origen de las especies y fue enormemente feliz.
Cincuenta años más tarde João abrió un libro que un inglés había olvidado en el hostal y el rostro del escritor, un tal Charles Robert Darwin, coincidía con el de Charlie, el ladrón de juguetes.

Y lo perdonó.