domingo, 5 de mayo de 2013


Restaurante Llamber

Hace setecientos años en el Born se celebraban los torneos y duelos, hace cien años era una zona deprimida, hace apenas veinte era un nido de yonkees y ahora resulta que el Born, que como el ave Fénix ha renacido de sus cenizas, es la zona trendy de Barcelona.

Allí hay diversidad de ofertas de restauración y tiendas de jóvenes diseñadores que han apostado por una moda alternativa. Pero también hay lugares con mucho sabor, como el museo del chocolate, el bar Miramelindo, el museo Picasso, La vinya del Senyor, la pastelería Hoffmann y su premio al mejor cruasán artesanal de España, la farmacia de Santa María Novella, la Vila Viniteca, la discoteca Magic, … y el antiguo mercado central, hoy en pleno estado de transformación.

La oferta gastronómica es variada y apta para todos los bolsillos. Y entre tascas, fondas, bares, tabernas y restaurantes se encuentra Llamber.

Llamber es una taberna gastronómica que ofrece una restauración a precios razonables con productos de calidad. El menú de mediodía de lunes a viernes cuesta 19,50 y comprende los siguientes platos:





















Gazpacho de cereza con mousse de mozzarela y anchoa 












Foie 










Pescadito frito









 
Croquetas de escudella


















Cazuelita de calamares con patatas





 
Arroz negro





 
Solomillo de ibérico con crema de ajos y puré de manzana

















Arroz con leche  


El diseño es bastante newyorker y como es un espacio trendy, es recomendable reservar.


 
 

domingo, 28 de abril de 2013


Consigna: un relato circular, es decir, que empiece como acabe.


Un paseo en rojo charol                                                                   

Ener fijó su mirada en la puerta del vehículo: no tenía mecanismo para abrirse desde dentro, circunstancia que le sorprendió a priori y que le pareció razonable a continuación, tratándose de un coche policial. Deslizó sus manos por el asiento trasero, estaban esposadas y temblorosas y su frente perlada de sudor de pensar qué le depararía la vida a partir de entonces.

Aquél había sido un sábado soleado y caluroso, de ésos que te disparan las ganas de vivir. Ener había ido a Marbella a pasar un fin de semana y se dirigió a dar un paseo por Puerto Banús. Como a buen vizcaíno, le pirraban los barcos y demás asuntos navales. Le llamó la atención cómo cargaban un yate con avituallamiento para una fiesta en alta mar: bandejas de ostras sobre hielo picado y cajas de porexpán que contenían toda suerte de marisco, grandes canastos con cubitos y champán Mumm, una banda de Jazz con todos sus artilugios musicales y un mini ejército de camareros salidos de un casting ataviados en blanco nuclear que iban y venían en bullicioso tropel… En definitiva, un acontecimiento que se escapaba de su realidad vital. Ya que no podría disfrutar de la velada, se sentaría en un banco de piedra bajo el sol de justicia y esperaría la llegada de los invitados, aunque sólo fuera por curiosidad.

Fueron llegando todos ellos envueltos en un halo de glamour extremo. Si no eran guapos, lo parecía. Hasta que pasó algo que no esperaba. Un Ferrari Testarossa aparcó a escasos metros, y unas piernas que ascendieron hasta un metro y veinte centímetros sobre el nivel del mar se asomaron del asiento del acompañante. Aquellas piernas estaban coronadas por unos senos en buena parte expuestos en un delicioso escote y una abundante melena rubia ponía la guinda a un chasis femenino de unos veinte años de antigüedad que por su morfología, poco tenía que envidiar al del Ferrari. El conductor era un hombre en su cuarentena, llevaba mocasines sin calcetines, pantalón blanco y blazer azul marino en cuyo bolsillo derecho colocó las llaves del deportivo. Sintió cierta envidia, su porte mostraba la imagen del triunfo en toda su escala cromática.

La idea de participar en la velada marina le parecía atractiva, pero la de subirse a aquel coche le parecía digna de delinquir, así que no se lo pensó dos veces: aprovechando la efusividad de un encuentro entre invitados al paseo por el mar, se acercó al conductor del Ferrari y le hurtó las llaves con la maestría de un carterista de las Ramblas. Esperó estoicamente a que partiera el yate y entró en el coche. Allí estaba el ticket del parking, es decir, podría salir del recinto de Puerto Banús y así lo hizo. 

No fue hasta que salió del puerto que Ener percibió el rojo acharolado del vehículo. Qué suavidad al conducir, qué amplitud una vez dentro. Los asientos eran de una piel tan suave como la de un bebé, deseó desnudarse para que las pieles de ambos se unieran en una extraña fantasía sexual. ¿Qué podía desear más? ¿Ser el dueño del Ferrari? ¿Para qué? No podría mantener los gastos que originaba. De pronto, una joven llamativa y extremada clavó su mirada en él. Sus labios eran rojos acharolados, como los de la chapa del coche. Ener se inclinó hacia ella y le dijo:

—¡Rubia! Sube, que te doy una vuelta.

Así lo hizo. Sus piernas no eran de metro veinte, pero no estaba nada mal, y al subir al coche ganó atractivo, si bien al mirarla de cerca no lo era tanto. Ener no se comía un rosco en Barakaldo, pero hay que ver lo que hace un buen complemento. Salieron de Marbella y tomaron la carretera sin rumbo, hasta que pararon en el club de golf de Alhaurín, a tomar un refresco. Más por el hecho de hacerse ver que por la necesidad de hacer una parada con una rubia de la que tan poco sabía y tan poco le interesaba.

Apenas se habían sentado, entraron una decena de policías.

—¿É uhté er conduhtó der Ferrari?

—Sí —respondió Ener con voz trémula. Lamentaba que la alegría hubiera durado tan poco. ¿Quién había podido denunciarlo, si el dueño acababa de zarpar y él lo había visto alejarse en el barco?

Acompáñenoh y abra er maletero.

¡Abrir el maletero! No encontraba el artilugio que lo pudiera abrir. Por más que miraban entre todos no encontraron y la joven rubia advirtió:

—Este coche tiene el motor en la parte trasera. El maletero está delante.

Se dirigieron todos a la parte frontal y lograron abrirlo. Allí estaba: el cuerpo sin vida de una joven rubia que llevaba unas botas de charol rojo.

Dos agentes de la policía esposaron al atónito Ener y lo metieron en el coche de policía con malos modos. En el asiento trasero, el joven se alegró de llevar pantalón largo, pues conocía bien material del asiento que tocaba con sus manos esposadas y temblorosas: era de sky, de aquel que se pega a la piel cuando hace calor y sólo se desengancha con dolor. Qué pasaría a partir de entonces, era otro dolor.


miércoles, 27 de marzo de 2013


Tarta florentina de espinacas y queso de cabra

Ingredientes:

  • 500 gr de espinacas
  • 50 gr de queso parmesano rallado
  • 2 huevos
  • Una rodaja de queso de rulo (de unos 100 gr).
  • 20 cl de crema de leche
  • 30 gr de piñones
  • Un puñadito de pasas sin pepitas
  • Un poco de nuez moscada
  • Un poco de pimienta
  • Un poco de sal


Elaboración:

  1. Hervimos las espinacas y una vez hervidas, las escurrimos bien. Mientras eliminan el agua sobrante echamos un poco de aceite a la olla donde hemos hervido las espinacas y cuando éste esté caliente, echamos los piñones y las pasas, previamente en remojo (pero las echamos sin agua). Cuando los piñones y las pasas se han dorado un poco, echamos las espinacas hervidas y salteamos un poco.

  2. Mientras tantos mezclamos en un bol los huevos, el queso parmesano, el queso de rulo previamente desmenuzado y la crema de leche. Removemos para que quede un líquido unificado. 
  3. Cuando está preparado, añadimos las espinacas salteadas con los piñones y las pasas y mezclamos bien. Añadimos la nuez moscada, la pimienta y la sal.

  4. Untamos un molde con un poco de mantequilla, margarina o aceite y echamos la mezcla anterior, de manera que quede uniforme.

  5. Metemos todo en el horno durante 45’ a 200 gr y ¡listo!



Y por añadidura:

La receta original no lleva pasas, pero las pasas contrarrestan el sabor fuerte y salado del queso de rulo.

Es un plato que se puede comer caliente o frío, está igual de bueno. Incluso, en verano, se puede poner en tacos como apertitivo, o bien llevar a la playa en un Tupper, si sois domingueros como yo.

Maridaje: armoniza bien con un vino blanco, preferiblemente Chardonnay, si es con barrica, mejor, pero si no, un Chardonnay marida perfectamente con este plato.


sábado, 16 de marzo de 2013


Comer bien en Londres 

Comer bien en Londres no sólo es posible, sino que es obligatorio. Un visitante de una ciudad de semejante grandeza no puede nutrirse de sopas grises o corderos nadando en líquidos inidentificables.

E·xisten infinidad de opciones. Una muy interesante y muy económica es comprar quesos británicos en una tienda especializada o bien en un supermercado como Majestic, que tiene un poco más de calidad que Tesco. Os recomiendo una tienda que se llama Cave à fromages (24-25 Cromwell Pl, London). Podéis comprar un surtido de quesos y comerlos en el hotel, o traerlos como souvenir.



Otra opción muy económica es comprar bocadillos preparados en los Food Halls de Harrods. Por menos de 5 libras podéis comer bocadillos deliciosos.

En algunos pubs se come muy bien, como The pig’s ear, en Chelsea. Hay numerosas cadenas de comida ecológicas, o de bocadillos apetitosos, como Byron, Pero quiero recomendaros dos brasseries deliciosas, céntricas y affordable:

Brasserie Browns. Es una cadena que está proliferando, está hasta la bandera, por lo que es recomendable reservar o ir temprano. Buen ambiente, buena comida, buen servicio y buen precio.




Impresionantes tagliatelli con langosta


Un espumoso inglés que estaba... correctito, nada más

Eton crumble 


Brasserie Palm Court. ¡Magnífica sopa de cebolla! La carne de ternera es sublime. Es más afrancesada que la anterior y, sin duda, una apuesta segura para una cena tranquila.



Surtido de quesos y Eton cumble


Otro restaurante recomendado, cuyo nombre coincide con su ubicación es 10 Greek street. Aquí no pudimos cenar porque estaba a tope y había una lista de espera de una hora, y eso que era jueves. Pero me dieron buenas referencias y el olor de local era tan deliciosamente casero que incitaba a atrincherarse allí dentro para toda la vida.


¿Y qué decir de Sketch? Sketch es al diseño en la restauración lo que el Vaticano al Catolicismo y La Meca al Islam. No hay palabras para describir el local, así que os dejo unas imágenes para que os hagáis una idea. Como restaurante debe ser carete, pero para tomar un té no tiene rival. Y lo que es increible: el lavabo. 



No estoy en Urano, estoy en Sketch



Restaurante Quo Vadis, en Soho. Es peculiar, el restaurante en la planta baja es bonito y espacioso. En el primer piso hay un club privado y en el segundo piso hay un reservado en el que comimos de rechupete. 


Pastelitos de pescadilla ahumada (deliciosos)


Dorada (haddock) 

Merengue de limón 

Sticky toffe cake 

¡Ah! Y, si no, siempre nos quedará el Toscano de Harrods, con un camarero catalán encantador que me preparó un pa amb tomàquet de toma pan y moja. 







Recorrido por Las Ramblas

En Barcelona hay una calle que tiene cientos de años de historia. Es un lugar donde es posible caminar sobre las olas, pasear bajo un túnel de árboles, comprar higos en enero, pasar el día de museo en museo, escuchar una ópera, el trinar de los pájaros y decenas de idiomas diferentes, comprar flores y celebrar un triunfo del Barça: La Rambla.  

Barcelona tuvo una muralla romana cuyos restos se pueden contemplar junto a la Catedral. Posteriormente tuvo una muralla medieval de la que queda mucho más de lo que se ve: las Ramblas, pues en lo que hoy constituye el lado derecho (mirando desde el mar), durante la Edad Media fue la segunda muralla. Un poco después se construyó otra hasta el Paral·lel, en lo que hoy llamamos el Raval, pero esta zona estaba destinada a huertos y a algún otro monasterio. El 70% de los terrenos de todo lo que era Barcelona pertenecía a la Iglesia.


Esta segunda muralla medieval tenía cinco puertas y de éstas sólo quedan dos recuerdos: el nombre de una de ellas, Portaferrissa, y unas farolas de cinco brazos que iluminan el espacio donde estuvieron las antiguas seis puertas. Es decir, cuando paseando por Las Ramblas veamos estas farolas, significa que allí hubo una puerta en la muralla, es decir, una entrada a la ciudad.

De esta muralla sólo quedan unos restos en la rampa de un parking que hay junto a la estatua de Pitarra.

Por las Ramblas bajaban aguas residuales que venían de Collserola, con todo lo que éstas arrastraban. Con el tiempo, el agua se canalizó y la Rambla se convirtió en un arenal, que es lo que “Rambla” significa en árabe.

En el siglo XIX empieza a florecer una nueva clase social, se trata de comerciantes que se iban enriqueciendo durante la Revolución Industrial: la burguesía. Éstos  miraban a París con admiración, por ese motivo quisieron construir un paseo con casas señoriales y árboles, por donde se pudiera pasear de manera agradable. Trajeron plataneros de Girona y empezaron a construir edificios respetando la misma altura. Incluso construyeron tres palacios: el de la Virreina, el Mojà, y el Marc de Reus, los tres en pie.

En la parte inferior de les Rambles se construyó el primer teatro de Barcelona: el teatro Principal, hoy cerrado como teatro y abierto como billares. La planta superior tiene una cúpula espléndida. La fachada tiene medallones con los bustos de algunos escritores. Este detalle se puso de moda, como se puede observar en otros edificios de las Ramblas. El teatro Principal tuvo un éxito apabullante.

El edificio que hoy alberga el trasnochado Museo de Cera fue, en su día, un banco. Actualmente existen los cajeros automáticos, pero antiguamente el dinero se tenía que retirar e ingresar en los bancos y la clase burguesa floreciente necesitaba disponer de un banco al alcance. Frente al Museo de Cera hay una estatua de varias doncellas bailando, gentileza de Mr. Wallace, un multimillonario que quiso obsequiar a varias ciudades con estas estatuas. El quisco donde se venden las entradas para el Museo de Cera es el único que conserva el aspecto original de los antiguos quioscos de las Ramblas.

Un poco más hacia arriba se encuentra una estatua a Serafí Pitarra, como homenaje a un dramaturgo que escribió obras representadas en el Teatro Principal.

Antes de llegar, en el número 18, encontramos el Frontón Colón en el que fue el edificio Napoleón, en el que existió un estudio fotográfico de muchísimo renombre. Qué menos que todo un estudio fotográfico para una de las calles más retratadas… ¡del mundo!

Junto a este estudio hay un hotel restaurado, donde antiguamente había dos losas con agujeros que habían hecho las prostitutas con los zapatos de tacón, mientras temblaban de frío cuando esperaban a los clientes. Había muchas prostitutas en las Ramblas porque llegaban muchos marineros.

La calle Escudellers lleva hasta la Plaza George Orwell, dedicada al escritor del libro 1884, que inspiró El gran hermano. Hoy en día tiene una estatua que simboliza el ojo que todo lo ve. Y, además, tiene una cámara de vigilancia. Paradojas.

Un poco más hacia delante encontramos la Academia de las Artes, que en su día fue una mini sede de la Bolsa de Barcelona. Al lado, en la calle Avinyó, un hotel, que en su día fue un burdel donde Picaso pintó Las señoritas de Aviñón.

En la calle Escudellers hay un piso donde Mossèn Cinto Verdaguer, después de pasar un tiempo en Cuba y volver trastocado después de ver tanta esclavitud, hacía exorcismos.

Volvemos a las Ramblas y seguimos subiendo. Nos encontramos una casa muy colorida: la de Joan Güell, padre de Eusebi Güell (el del Parque Güell). 

En la misma manzana, al girar el CArrer Nou de les Rambles, nos encontramos con el indescriptible Palau Güell, diseñado por Antoni Gaudí en tiempos convulsos en los que una aplastada clase social proletaria empieza a reclamar derechos y a revelarse contra la burguesía. A pesar de ello, Eusebi Güell compró el local a buen precio y se fue a vivir junto a la casa de sus padres, incluso construyó un pasillo que une las dos viviendas por el patio de manzana. Antoni Gaudí era mal visto por los artistas coetáneos, porque trabajaba sólo para la burguesía y vivía ajeno a la farándula y la bohemia.
   



Justo enfrente de este palacio vivió Pablo Picasso durante un tiempo. Actualmente hay un hotel donde en su día hubo un burdel, Edén, del que hoy sólo queda el homenaje del parking, que conserva su nombre. Durante su etapa azul, Picasso pintó un retrato a la madame del burdel, que tenía un ojo de cristal.    

Adentrándonos por el Carrer Nou, habríamos encontrado el burdel más famoso de Barcelona: La Criolla. Tuvo mucha fama entre marineros, civiles, proletarios, burgueses (que a veces visitaban el local después de asistir a una ópera en el Liceo), se extendió su fama incluso al extranjero, pero una bomba cayó sobre La Criolla y no se conserva nada de lo que fue.

Un día de 1835 se celebró una corrida de toros en la plaza del Torín, ubicada donde actualmente está la sede de Gas Natural, en la Barceloneta. Por lo visto los seis toros y el sobrero fueron pésimos y los espectadores salieron muy enojados de la plaza, el clima en la ciudad se había encrudecido por la explotación a la que estaban sometidos los obreros. Los espectadores subieron las Ramblas en manifestación y el grupo se fue nutriendo de otras personas que también deseaban expresar su descontento, empezaron a incendiar monasterios (Franciscanos, Dominicos, Agustinos, Carmelitas) e iglesias y formaron una revuelta. Derruidos los monasterios, Barcelona dispuso de más espacio para construir viviendas.

La proliferación de viviendas obreras degrada la imagen distinguida de las Ramblas y los ricos empiezan a irse a vivir al Paseo de Gracia. Las calles colindantes se convierten en bajos fondos y en hervideros de prostitución y marginación.

Donde actualmente está ubicada la Plaza Real (que se iba a llamar Plaza de todos los héroes españoles), antes estaba el convento de los Franciscanos. Se construyó la plaza con la idea de que fuera de estilo francés, estaba cubierta de césped y flores. El Ayuntamiento de Barcelona encargó unas farolas a Gaudí, él las diseñó, pero al ir a cobrarlas, le dijeron que no tenían dinero y que le deban una séptima parte de lo que habían acordado. Entraron en juicios y al final le pagaron una quinta parte. Gaudí decidió no volver a hacer ningún diseño público. Estas farolas está coronadas por el casco alado del dios Mercurio, protector de los comerciantes.

El suelo de las Ramblas tiene una baldosa ondulada, que simboliza las olas del mar. La zona de los pintores tiene otro pavimento, para delimitar el espacio donde pueden vender sus cuadros.

Volvemos a las Ramblas y nos encontramos con un legado de Joan Miró. Se trata de un mosaico en el suelo que muestra una persona paseando por las Ramblas en un día de sol. Miró dejó tres legados públicos a los visitantes de Barcelona: el mosaico en las Ramblas para los visitantes que llegan por mar, un panel en la Terminal 2 del Aeropuerto para los que llegan por aire y el monumento de la Dona i ocell, en el Parc de l’Escorxador, cerca de la estación de Sants, para los que llegan en tren.

Junto al mosaico de Joan Miró, en una esquina vemos “la casa dels paraigües”, de inspiración japonesa. Se trata de una casa construida por un empresario que hizo su fortuna en Japón. La parte inferior es hoy en día un banco, pero se puede entrar y conservar el mobiliario original traído de Oriente.
   

Llegamos al Liceo. Se construyó como un teatro para la ópera, y se convirtió el teatro de referencia para toda España. La zarzuela era para Madrid, la ópera para Barcelona. Aquí se encontraba la sociedad más elitista de aquella Barcelona floreciente, mientras que en el teatro Principal se encontraba la clase más popular, a menudo se producían conflictos cuando coincidían los espectáculos y los espectadores salían a la vez de ambos teatros.

La Boquería se construyó para que los carniceros no hicieran su mercado en medio de las Ramblas. Recibe el nombre de “boc”, que significa “chivo”, que era lo que vendían los judíos, por eso el mercado de carne se llamaba “boquería” incuso cuando estaba en medio de las Ramblas.

El escudo de Barcelona que luce en la entrada de la Boquería es el antiguo, con la corona de Aragón y el murciélago (*).

Subimos al Palau de la Virreina. Un Virrey viudo quiso casar a su hijo con una chica y el hijo la dejó plantada en el altar. El padre se casó con ella y el virrey falleció al poco tiempo. La virreina se quedó en el palacio y cuando murió, sin descendencia, legó el palacio al Ayuntamiento. Actualmente hay un centro de arte. A la izquierda y en la acera de enfrente, hay dos estatuas de Nuestra Señora del Rosario, patrona de las Ramblas. A la derecha, un homenaje de los comerciantes rambleros a Mary Sampere. El día de la inauguración, le prendieron fuego unos vándalos. Pero el dueño de un quiosco de flores logró sofocar el fuego y en agradecimiento colocaron junto al homenaje el logo de su tienda: una abeja sonriente con el gesto que siempre hacía el florista.


Subimos hasta la fuente de Canaletas. Una leyenda dice que si se bebe agua de esta fuente, se regresa a Barcelona. Actualmente se celebran aquí los triunfos del Barça. Esto se debe a que sobre el actual restaurante Nuria había una redacción de un periódico deportivo en la época en que los partidos de fútbol no se retransmitían por radio. Entonces la gente se acercaba a la redacción para conocer los resultados y, si habían ganado, entonces lo celebraban allí.

La parte superior a las Ramblas era un hob de tranvías, casi todos acababan allí su trayecto. Era un poco caótico. Pero la apertura del metro logró despejar el tráfico en la zona.

¿No os apetece una visita por las Ramblas? 


(*) En una campaña de Jaume I contra los árabes, un murciélago que había percibido el acercamiento silencioso de las tropas árabes, se asustó, y empezó a agitar sus alas sobre un tambor, formando tal estruendo, que los árabes entendieron que el ejército catalano aragonés estaba en alerta y dispuesto par el ataque, se asustaron y se fueron.

viernes, 22 de febrero de 2013



Relato erótico
Amor en Fillmore                                                                                    

Bryan recordaba perfectamente el primer día que se cruzaron sus miradas. Fue en el instituto, durante una clase de trigonometría. Kim era una alumna brillante cuya única ambición era convertirse en cantante de Jazz. El joven recibió con sorpresa aquella mirada pícara y se dio cuenta de que le gustaba a la futura estrella.
Kim soñaba con aquel chico tímido de mirada trémula, pero limpia. Procuraba sentarse en las filas posteriores de la clase y observaba los hombros del atlético Bryan, su nuca despejada, su temperamento pausado, reflexivo y sensible y su perfil delicado. Se sentía indeclinablemente atraída por aquella misteriosa intangibilidad de aquel muchacho que no respondía a sus tímidos atrevimientos.
Bryan, en cambio, notaba cómo hervía su cuerpo en las clases de gimnasia, cuando veía al popular Max saltar el potro, correr hasta la extenuación y empapar de sudor su camiseta ajustada. Observaba cómo las gotitas le iban resbalando desde su sien hasta la mandíbula y cómo éstas caían en el suelo del gimnasio, como lluvia divina. Contemplaba su musculatura, sus bíceps prominentes y entreveía unos pectorales en los que se moría en silencio por acurrucarse. Soñaba con besar aquellos labios gruesos que habían besado tantos otros femeninos y, de no ser porque tenía la completa seguridad de que le partiría la cara, le habría dicho que tenía los ojos más bonitos que había visto nunca y que lo amaba con una ternura y admiración tan reprimidas como infinitas.
Llegó el día de fin de curso y Kim amenizó la fiesta con su aterciopelada voz. Recurrió al repertorio de Dinah Washington y de Etta James y embelesó al público con su sinuosa compostura y con la sensualidad que rezumaba durante su actuación. Max, conocedor del amor de la joven hacia Bryan, animó a éste a hablar con ella cuando  acabara el concierto. Bryan la observó detenidamente. Su belleza, su elegancia, su dulzura y su sex appeal eran verdaderamente indiscutibles, incluso al hacer el gesto cotidiano de acercarse un vaso de agua a los labios. Llevaba un vestido ajustadísimo que resaltaba un cuerpo escultural que aún no había iniciado la lucha contra la gravedad.
Kim le dedicó para sus adentros la canción At last, y tal vez todas cuantas cantó aquel día, y Bryan quiso desear a aquel bellezón; sin embargo, era con Max con quien necesitaba fundir su cuerpo. Besar su cuello, acariciar su espalda hasta donde pierde su nombre, enredar los dedos por su pelo ondulado: eso era lo que deseaba. La noche acabó como todas: en su más absoluta angustia, frustración y soledad.
Habían pasado treinta años desde entonces. Nunca más supo de Max, aunque a veces lo recordaba. Un mes de julio tuvo que ir a San Francisco por trabajo y coincidió con el festival de Jazz Filmore. Leyó el programa en el San Francisco Chronicle y allí estaba ella: Kim Nalley. Venía su foto en el periódico. A sus cuarenta y cinco años seguía siendo una mujer arrebatadora. Conservaba la chispa en su mirada y, si bien su apostura se había redondeado, conservaba aquella insólita mezcla de elegancia y sensualidad que no había conocido en ninguna otra persona. Bryan se mezcló entre los cientos, tal vez un millar de espectadores que la escuchaban bajo el sol abrasador. Las caderas rollizas de Kim se contoneaban con lentitud y sensualidad. Llevaba un vestido negro ajustado y escotado que dejaba asomar un canalillo inexistente en la época estudiantil, unos hombros redondeados y unos brazos que se balanceaban con gracejo. Sus labios seguían siendo carnosos y su voz había ganado con el tiempo. Era una estrella rutilante.
¿Y si lo probaba, al menos una vez? No había podido tener peor suerte en el amor. ¿Y si no era demasiado tarde? Al fin y al cabo, si existía una mujer capaz de hacerle sentir algo, era ella, desde luego. En un momento del concierto los ojos de Kim se cruzaron con los de Bryan y ella le regaló una mirada como aquélla de la clase de trigonometría. Tal vez los recuerdos se agolparon en su corazón y, por segunda vez, le dedicó para sus adentros At last.
Bryan se acercó a ella al finalizar el concierto, como otras decenas de seguidores incondicionales, y ella lo abrazó afectuosamente y le presentó a su pareja, Bárbara.