viernes, 4 de enero de 2013



Argumentación


      Cuando obtuve mi primer empleo, recuerdo que un día nos reunieron a todos los empleados para comunicarnos la importancia de la sonrisa al atender el teléfono. El cliente percibe si la persona que le atiende está sonriendo. Comprobé que era cierto, incluso algunos iracundos clientes colgaban suaves como la seda al escuchar mi tono amable, aunque no les hubiera solventado su incidencia.

      Extrapolé la sonrisa a otros ámbitos profesionales, como el saludo al entrar al trabajo. El saludo-sonrisa acabó imponiéndose en la oficina y dio lugar a almuerzos más frecuentes, a risas, a confidencias ocasionales y a alguna cena que otra que redundó en eficacia por haber facilitado las relaciones interpersonales y, consecuentemente, el trabajo en equipo y los resultados. Me hicieron empleada del mes durante cuatro meses consecutivos. Publicaron mi foto… con una sonrisa.

      Pensé en qué pasaría si sonreía a mis vecinos. Temí que confundieran mi sonrisa con un deseo turgente de socializarme con ellos, que no era el caso. Así que la acompañé de una pequeña aceleración de mi paso, que no daba lugar a charlas distendidas, pero que propició una mejor relación vecinal.

      Comprobé que mi sonrisa tenía efectos terapéuticos y que generaba bienestar en personas que no esperaban una actitud amable. La gente se conmovía y me expresaba sus preocupaciones con toda confianza, luego se sentían aliviados y yo era feliz porque indirectamente estaba haciendo un servicio a la sociedad.

      Con el sexo opuesto, los efectos eran inmediatos. Los hombres se rendían ante mi amplia sonrisa y mi vida sentimental era tan intensa que empecé a confundir a los hombres con los que salía.

      En el metro, los pasajeros buscaban cruzar mi mirada con la suya para que les regalara una sonrisa. Se avisaban los unos a los otros y se me acumulaba el trabajo. Los vecinos se habían aprendido mis horarios y provocaban encuentros en los rellanos. En el trabajo, el buen clima laboral se adornó de constantes cenas y copas, que empezaban a hacer mella en mi economía. Los clientes sólo querían hablar conmigo y no podía sacar mi trabajo adelante debido a las numerosas llamadas, que colapsaban mi teléfono.

      Me dolía la mandíbula y empezaron a salirme líneas de expresión, es decir: arrugas.

      Mi sonrisa se convirtió en un arma de doble filo que ponía en riesgo mi estabilidad emocional. Ya no me apetecía sonreír. Cuando me subía al coche encontraba la excusa perfecta para desahogarme, para descargar todos los problemas de los que la gente se había encargado de hacerme depositaria. Insultaba y me invadía la agresividad. Me saltaba semáforos en rojo por el simple hecho de saltarme la norma.

      Por eso no me dio tiempo de frenar y por eso choqué con su coche. Lo siento.

      —Creo que éste va a ser el principio de una bonita amistad —respondió el contrario.


¡Mira que eres iluso!

      Los rezos de los monjes benedictinos fueron interrumpidos por los llantos desconsolados de un bebé que, abandonado en un cesto en la puerta del Monasterio de San Benito, acusaba la falta de alimento. Una vez abastecido de sustento, su sonrisa cautivó a la congregación, que lo adoptó, lo bautizaron como Gonzalo y tuvo 50 padres velando por él hasta que se fue del Monasterio al cumplir dos décadas.

      La curiosidad de Gonso, como lo llamaban cariñosamente en la orden, en ocasiones fatigaba a los monjes, por eso decidieron darle una educación bilingüe de latín y lengua romance y le enseñaron a leer y escribir a edad bien temprana con el fin de que los monjes pudieran cumplir con sus trabajos diarios y descansar de las preguntas del muchacho. Gonzalo pasaba largas horas en la biblioteca del Monasterio y engrosaba los emolumentos de la orden trabajando como amanuense traductor para los nobles de la comarca. 

      El Abad, conocedor de la existencia de la Escuela de Traductores de Toledo y de la importancia que la misma tenía para el rey Alfonso X, escribió al Monarca y le pidió que acogiera a Gonzalo para que el muchacho, fuera del Monasterio, decidiera el devenir de su vida.

      El monarca le abrió las puertas de la Escuela y le encargó la traducción del Lapidario, que consistía en un tratado médico y mágico sobre las propiedades de las piedras en relación con la astronomía. Descubrió que el cielo era infinito y de repente, cientos de mundos se habían abierto ante él y los monjes le parecían meras hormiguillas desde su nueva vida. Su carácter afable le acercó a un enjambre de abejas, un entusiasmado aglomerado de traductores de hebreo, árabe y latín que, de sol a sol, traducían textos sagrados, históricos, jurídicos, científicos, recreativos y clásicos a la lengua romance. 

      Allí conoció a Álvaro, un pájaro libre de Valladolid que había peregrinado hasta Roma. En su periplo consiguió un libro que durante mucho tiempo le había cautivado. Era un libro sin nombre, pero estaba repleto de imágenes fantásticas, de animales desconocidos formados por partes de otros animales, bestias polimorfas y fantasmagóricas, que se repetían en la iconografía románica y que tenían nombres reales: grifos, anfisbenas, centauros, unicornios, mantícoras…

      Gonzalo reconoció algunos de ellos porque Andrés, el hermano más versado en escultura del Monasterio, cada día cincelaba esas bestias en los capiteles que remataban las columnas del claustro. ¡Qué tonto había sido durante tantos años! Nunca había caído en preguntar el por qué de aquellos animales. Embelesado por aquel libro y la simbología que éste contenía, pasaba las horas libres observando los minuciosos detalles de las ilustraciones y pensando en las piedras del otro libro que estaba traduciendo. Tenía dulces sueños con arpías y sirenas.

      Una tarde de verano, estaba refrescándose en el río cuando encontró una piedra extraña. Era de superficie rugosa pero claramente tenía un relieve en forma de caracol y de serpiente. Sin duda se había encontrado con una figura de las que recogía el libro de Álvaro, aunque no logró encontrarla en éste. Sabía que le iba a dar suerte porque era una piedra mágica y la llamó Lapidigonso. La llevaba siempre encima y sus traducciones ganaron velocidad y calidad, eran prácticamente impecables. Su popularidad en la Escuela creció, pero nadie sabía que todo era fruto de su hallazgo.

      Transcurridos dos años de fortuna y éxito, fue al Monasterio a visitar a sus antiguos familiares. Buscó a Andrés y le confió el secreto de su éxito.
      —¿No lo ha visto nadie?— preguntó el monje.
      —Nadie— respondió Gonzalo sacando la piedra de su bolsillo.
      Ante el asombro del chico, Andrés soltó una carcajada que resonó en la quietud del Monasterio.
      —Hombre de Dios, ¿no ves que se trata de un fósil de un caracol y un gusano? Ay… diantre de criatura, ¡mira que eres iluso! Pensar que esta piedra era un talismán que te protegía de las fuerzas del mal…


El laberinto
(Relato ganador del primer premio de relatos en castellano en el concurso de Sant Jordi Topalekua, junio 2010)



      ‒¡Martín, Martín! Despierte, hombre. ¡Menudo susto nos ha dado! le gritó el mosso mientras intentaba reanimarlo asestándole bofetadas para reanimarlo.

      Apenas había pasado un año desde que Martín había enviudado. Había notado que le gustaba el cava, y desde entonces no concebía una ingesta sin esta bebida. Se empezó a interesar por su elaboración, por las normas que regulan su producción, por las variedades de uva que se utilizan, por la cantidad de botellas que se comercializan, por la forma óptima de consumirlo, etc. Desde que se había jubilado, éste era el único hobby de Martín: el cava.

      Un día, sus hijos le regalaron una visita guiada a una bodega de Sant Sadurní d’Anoia. Esta bodega, que pertenecía a una saga familiar desde hacía más de 400 años, ostentaba la propiedad más asombrosa del Penedès, y la visita incluía un paseo en tren por sus kilométricas cavas subterráneas. Martín nunca hubiera podido imaginar que las profundidades de Sant Sadurní pudieran cobijar aquella ingente cantidad de botellas de cava y por un momento pensó que había muerto y que estaba en el cielo. Una gruta llevaba a otra y ésta a su vez a otra, y así sucesivamente, hasta alcanzar los treinta kilómetros de cavas, todas ellas repletas de pupitres sosteniendo botellas.

      De pronto decidió que necesitaba abandonar el tren turístico y sin pensarlo dos veces, aprovechando que estaba sentado en el último asiento, dio un brinco y vio cómo el tren, lleno de visitantes, se alejaba y él permanecía en aquel laberinto de pasillos que le producía tan buenas vibraciones.

      Pasó por la cava Tokio, por la cava Nueva York, por la cava Sant Jordi, por la cava Anna, por la cava Barcelona, por la cava Londres (adornada con arcos Tudor),… todas ellas habían sido bautizadas y tenían su nombre escrito en azulejos en el inicio y el final de las mismas. Cuando se dio cuenta de que todas las cavas le parecieron iguales, entendió que se había perdido, pero confió en que antes de cerrar, un celador pasaría comprobando que no quedara nadie allí y pasaría la noche en casa.

      Respiró aquel extraño aire impregnado de humedad y vino, y siguió caminando por las grutas, cada vez peor acabadas porque por allí no llegaban los visitantes. Pasaron los minutos y las horas y Martín seguía caminando sin rumbo: aquellos pasillos tenían que tener un final, seguro. Se sentía satisfecho de su hazaña: seguro que pocos turistas habían pasado por allí. Pero conforme pasaba el tiempo, se dio cuenta de que le empezaban a doler los huesos a causa de la humedad, que ya no percibía el olor a cava al respirar y que tal vez, se había adentrado en una especie de universo de cava en el que no existía un final. La emoción se convirtió en desasosiego y consideró la remota posibilidad de no ser encontrado hasta el día siguiente.

      De pronto, se apagó la luz. Se habían acabado las visitas guiadas y Martín seguía perdido, a oscuras y encerrado. Apoyándose en los pupitres siguió caminando, aunque sin saber para qué.

      Martín cogió una botella y la estrelló en el suelo, para que el olor del vino aliviara su angustia. Pensó en sus hijos, seguro que aleccionarían cuando se volvieran a ver. Pensó en su vida, en lo aburrida que se había convertido desde que se jubiló. Tenía muchos planes cuando estaba trabajando, pero una vez en su retiro, se puso el pijama y pasaba los días enteros sentado frente al televisor. Martín pensó que si salía de aquélla, se apuntaría a bailes de salón, pintura y al taller de escritura del Centro Cívico del barrio. Pero no tuvo tiempo de hacer más propósitos, porque cayó rendido al gélido suelo de la cava, de pura debilidad y frío.

      Cuando le despertó el mosso, Martín preguntó:

      —Sáquenme de aquí, que hoy hay final de Champions.
      —¿Final de Champions?—inquirió el joven mosso—. La final fue anteayer y el Barça ganó el triplete.

      Martín llegó a casa, se puso el pijama, y se sentó en el sofá a ver la televisión.


El tesoro                                           

      El Generalísimo Franco ocupó el medieval castillo de Raimat unos días durante la Guerra Civil. Llevaba consigo un tesoro que perteneció a la regente María Cristina y que la Casa Real había denunciado en numerosas ocasiones y aquel enclave le pareció el lugar ideal para esconderlo. General y cabecillas del ejército ocuparon las habitaciones que todavía llevan sus nombres.

      La cocina del castillo, hoy en día, es un lugar mágico. Allí, Loreto y Pilar elaboran los manjares más deliciosos de la provincia y su trato es tan cariñoso que uno se siente como en casa de su tía favorita. Entre la cocina y el comedor hay un pasillo con unas placas metálicas en el suelo que invitan a los huéspedes a tropezar. Allí debajo había un pozo, en desuso desde hace décadas.

      Con cierta regularidad, un agente de la Policía Nacional se hospedaba en el castillo con motivo de una investigación que desde primeros de siglo XX llevaba a cabo ese cuerpo. Sabían que en algún lugar en los que se había atrincherado el dictador estaría escondido el tesoro y periódicamente visitaban aquellos lugares donde había pernoctado. Al agente Pérez le habían asignado esta espinosa misión y se dejaba caer por el castillo de Raimat de vez en cuando, lo cual le encantaba en lo que hacía referencia a la gastronomía allí ofrecida.

      Pérez tenía olfato, pero no tino. Por eso escogió un 20 de noviembre para pasar la noche e investigar. En el castillo había un grupo de enólogos que habían encargado una paella. Pilar las bordaba. Mientras tanto, Pérez levantaba alfombras, retiraba cuadros, cómodas, mesitas de noche, cortinas, sofás, golpeaba paredes con los nudillos para detectar dobles fondos… pero ni rastro del tesoro de los Borbón.

      Pilar había dispuesto los langostinos alrededor de la paella mientras Loreto disponía la mesa y, en un descuido, vio que algunos langostinos habían cambiado su posición y se habían alineado. Qué extraño, pensó, y los volvió a colocar en su posición inicial. Mientras se acababa de cocer el arroz, acabó de hacer las ensaladas y al mirar la paella, comprobó que, de nuevo, los langostinos se habían movido. No podía ser Loreto, estaba en el comedor, y el fuego no estaba tan fuerte como para mover tanto los bichos.

      Volvió a colocarlos, extrañada, y decidió no quitar la vista de la paella. ¡Era asombroso! Los langostinos se movían uno a uno hasta formar la palabra «pozo». En ese momento el agente Pérez tropezó con las placas metálicas que cubrían el pozo y entró en la cocina.

—¡Qué bien huele!― exclamó.
—Mejor sabrá—, respondió Pilar.

      Otra vez colocó los langostinos y presentó la paella al grupo de enólogos, que aplaudieron acaloradamente.

      El agente comió en la cocina, mientras se preguntaba dónde estaría enterrado el tesoro.

      Pilar no acaba de entender aquel episodio de los langostinos y por la mañana, cuando todos los huéspedes se habían ido, movió las placas y, ayudada por Loreto, bajó al pozo. Encontró un cofre mediano en el fondo y lo sacó de allí. Loreto y Pilar lo observaron  con cierto miedo durante un tiempo, y al final decidieron abrirlo. Estaba repleto de joyas y de monedas de oro. Era el tesoro de la regente María Cristina.

      El espíritu de Franco se retorcía en el Valle de los Caídos pensando en que un tesoro español podía quedarse en una Cataluña independiente. Y utilizó a la oscense Pilar para evitar que ello sucediera: una vez en Huesca, el tesoro estaría a salvo. Pero no contaba con que Pilar compartiría el hallazgo con Loreto, hasta decidir qué harían con él. 

Camionero de Cuenca

      El doctor Giner esperaba a un nuevo paciente a las cinco. Más de treinta años avalaban su experiencia en psicología y su reputación brillante lo había situado entre los mejores especialistas en la materia de toda la provincia. Por su consulta habían pasado asesinos, banqueros, políticos, ejecutivos, amas de casa y otros especímenes del lumpen nativo.
Pero aquel individuo de voz temblorosa le había parecido enigmático y lo esperaba inquieto. 

      Era el doctor hombre impaciente por naturaleza, un manojo de nervios. Su preocupación por sus pacientes ocupaba todo su tiempo, apenas dormía y su alimento, siempre frugal, se limitaba a unas ensaladas, algunas legumbres precocinadas y algo de fruta. Por no ensuciar ni  armar grandes desbarajustes en la cocina. Sólo fue capaz de mantener una relación de un año con una mujer, quien le intentó hacer entender en vano que el cuidado personal es importante. Podría adivinarse la fecha en que ésta lo abandonó, a juzgar por la antigüedad del atuendo. El resto de su vida, ha estado solo. En su despacho, oscuro y desnudo de libros,  únicamente un diván, una pequeña mesita con un vaso y una botella de agua y un sillón no muy grande ocupaban la estancia.

      Sonó el timbre y acudió a abrir. Percibió, por el silencio, que el paciente estaba contrariado.

      ─Adelante, Sr. Blázquez.
      ─Creo que me he equivocado de piso.
      ─¿No es Usted Ricardo Blázquez? Yo soy Gumersindo Giner, ¿viene usted a mi consulta?
      ─Sí… dijo después de un silencio.
      El doctor cerró la puerta con recelo. Con la misma rapidez que un entendido en tauromaquia hace un retrato del toro nada más salir éste del chiquero, él sabía cómo eran sus pacientes a los dos segundos de abrirles la puerta de su casa consulta. Supo al instante que su paciente era agresivo, iletrado, rudo y estaba seguro de que sería parco en palabras. Por lo que la sesión no tenía visos de ser fácil.

      ─Póngase cómodo en el diván, por favor.

      Ricardo Blázquez se levantó rápidamente del sillón donde se había postrado y se dejó caer en el diván, plenamente convencido de que el invidente doctor no se había percatado de desliz. Tan convencido como equivocado. Porque el doctor había desarrollado unas capacidades intuitivas y perceptivas más propias de un murciélago que de un humano.
Después de varias preguntas con respuestas monosilábicas, el paciente indocto y el doctor impaciente llegaron a la raíz del problema: Don Ricardo era un celoso patológico. Su oficio de camionero le obligaba a pernoctar fuera de casa algunos días de la semana, se sentía alejado al núcleo familiar, sus hijos estaban muy apegados a su esposa y él había encontrado consuelo fuera de casa. Había un camionero de Cuenca que lo tenía obsesionado. No podía dejar de enviarle mensajes y de organizar encuentros furtivos con él en moteles de carretera.  

      «La leche», pensó el doctor. «Ésta sí que no me la esperaba». Siempre se había preguntado hacia dónde miran los de Cuenca.

Ucrania es romana 


      Roma, año MMXI dC. El imperio romano está en todo su esplendor. El bronceado césar, Alessandro Gassman, todas las mañanas contempla Roma desde su balcón palatino henchido de orgullo. Ningún otro imperio ha perdurado veinticinco siglos ni ha abarcado la extensión del que él lidera. Desde Kenium hasta Laponium. No van más al norte porque se acaba el planeta. Y no van más al sur porque el calor es insufrible y tampoco hace falta abusar. Es suficiente con haber enviado un ejército de ingenieros que han instalado sistemas de conducción de agua y energías alternativas en la mitad sur de África. La población negra está abastecida y no necesitan cruzar la frontera del imperio para prosperar.

      Longitudinalmente el mundo también es de ellos. Desde Hispania hasta Niponia, cruzando Américam, se puede regresar a Hispania dentro del dominio romano. También
Lontania, una isla con graciosos marsupiales saltarines, les pertenece.

      Roma es un hormiguero de doce millones de habitantes. Las empresas de cierto peso tienen su representación en esta capital. El Foro está rodeado de rascacielos y dos de ellos se erigen orgullosos como símbolo de una potencia que no tiene enemigos. 

      El dinar es la moneda de uso común en todo el imperio. Un único sistema judicial es de aplicación en el territorio romano. Un apuesto y estiloso líder, Alessandro Gassman, garantiza el orden y el progreso. Y una única lengua, el latín, es obligatoria. Las lenguas autóctonas de los pueblos conquistados ─que no invadidos─ están autorizadas, se hablan y estudian con libertad en los territorios. No obstante, los ciudadanos deben conocer, hablar y escribir perfectamente el latín; para ello la enseñanza, gratuita en todo el imperio, es bilingüe en zonas con lengua autóctona. En general (con la excepción de Estatus Unificatus, donde muestran una constante incapacidad para declinar adecuadamente), no hay desacuerdos con respecto a la cuestión idiomática, porque siempre ha existido respeto por las costumbres de cada lugar. Los romanos no han vencido, sino convencido y no han impuesto, sino llevado la paz al mundo.

      Todos los ciudadanos tienen empleo y gozan de cien días de vacaciones, treinta de los cuales están obligados a visitar un país del imperio, con la subvención pecuniaria y logística del Imsersum, una plataforma garante del progreso. No hay progreso sin conocimiento y no existe una forma más rápida de aprender que viajando. Reciben un cántaro de vino al mes.

      El César acaba de llegar a Lutecia con motivo de la final romana de calcio, un deporte inventado en Britania que mantiene distraídos a los ciudadanos: Roma contra Barcino Nova. Los romanos salen al campo luciendo equipamiento de marca Armani, perfectamente afeitados y luciendo brillantes cabellos. Los catalanius lucen equipamiento Massimo Dutti, más modesto, algunos jugadores presumen de melenas rizadas o extraños tupés, lo que contraría al César, que en su interior desea que gane el Roma y que teme que eso no suceda. El entrenador del Barcino Nova es el hombre más carismático y envidiado del imperio y ha creado un equipo imbatible, digno de una ciudad moderna que empezó siendo una provincia de Tarraco y se ha convertido en la capital modernista del Mediterráneo, receptora de millones de turistas al año y motor económico de Hispania. La costumbre de hacer torres humanas sirve de ejemplo de hermandad, solidaridad y trabajo en equipo en todo el imperio.

      Final del partido: Roma 0 – Barcino Nova 5. El césar no oculta su decepción, pero regala su mejor sonrisa al laureado equipo. La voluptuosa mujer del César, Mónica Belucci, le regala una mirada chispeante a su amado esposo, y éste la interpreta como un preludio de una excitante noche de amor en su cámara elísea. Ella siempre sabe cómo consolarlo.

El binomio tardío



      Don Cándido Recóndito regentaba la estrambótica tienda de la esquina de la calle Arístides con la plaza Lacónica desde hacía más de cincuenta años. La inauguró el día de su trigésimo cumpleaños y ninguno de los presentes acertó a adivinar qué clase de tienda era aquélla que vendía, únicamente, objetos esdrújulos: láminas artríticas, cántaros  maquiavélicos, anémonas magnéticas, máquinas escuálidas, básculas atónitas, brújulas fantasmagóricas y toda suerte de adminículos polifacéticos. Objetos esdrújulos. 

      «Objetos, no: artículos», se defendía el joven Cándido.

      El establecimiento estaba cubierto de madera: suelo, paredes, anaqueles y mostrador. Al abrir la puerta, una campanilla daba la bienvenida y despedía al visitante. Por las tardes, un amplio ventanal que hacía las veces de escaparate llenaba de luz el establecimiento. El negocio no daba pingües beneficios, de hecho, era un tanto ruinoso. No obstante, como la trastienda era el domicilio que Don Cándido había heredado de sus padres, poco gastaba en arrendamientos y suministros, pues dos fluorescentes iluminaban el local y él personalmente se encargaba de la limpieza y mantenimiento. Y era un hombre austero. «Austero, no: místico», corregía.

      Veinte años después, allá por los años setenta, el paso del tiempo había llenado de polvo los rincones y las baldas superiores, pero el mobiliario permanecía exactamente en el lugar de origen. Acaso más deslucido. El ventanal seguía iluminando la estancia y evidenciando pequeñas moléculas flotantes así como el devenir diario de extramuros. Entrar en aquella tienda era como viajar al pasado. Los mismos clientes, que buscaban nuevos artículos como excusa para una amigable conversación con el dueño, frecuentaban el establecimiento desde su inicio. Una clientela que había ido plateando sus cabellos, en el mejor de los casos, al compás de los de Don Cándido. 

      Don Cándido agradecía la compañía, pero aun siendo solitario soñaba con un día en que aquella campanilla emitiera un tintineo de amor, preludio de una persona que llenara de luz el lúgubre local. Y que todo pareciera más brillante y esplendoroso a partir de entonces… Por si se producía el milagro aprendió de memoria incontables poesías y estaba preparado para dedicar a su amada las frases de amor más bellas de la historia de la literatura. Sumido en esa ilusión pasó, sigilosamente, medio siglo sin besos, ni abrazos, ni caricias. Sin conocer aquello sobre lo que tanto había leído: el amor.

      Aquél era su último día en la tienda y la víspera de su octogésimo cumpleaños. Apenas quedaba media docena de objetos a la venta: una cámara con trípode, un bolígrafo metálico, una estilográfica con una libélula, una espátula rústica, un termómetro esperpéntico y unos prismáticos básicos. Se vistió su mejor y único traje, el mismo que llevó el día de la inauguración. Don Cándido seguía siendo un alfeñique. Se anudó la corbata a la altura de otro nudo que anidaba en su garganta, porque esperando al amor de su vida se le había ido ésta. Y se preguntó a dónde irían aquellas bellas palabras que tenía preparadas si finalmente no encontraba a su amada.

      A las nueve en punto levantó, no sin esfuerzo, la persiana, que era el pasivo más moderno de la empresa y que había tenido que comprar para proteger el negocio de posibles vandalismos. Una inmobiliaria le había entregado una pequeña fortuna a cambio de su negocio-domicilio y podría vivir cómodamente el resto de su vida. Pero de nada servía el dinero si no podía compartirlo con una mujer especial. De pronto, la campanilla sonó y entró una dama encantada de sus sesenta y dos primaveras. Era espléndida, rolliza, morena, enérgica, con vivarachos ojos negros y labios brillantes de carmín rojo, a juego con el estampado de su vestido ajustado. Era ella.

      —Buenos días. Estaba esperando que abriera porque quiero preguntarle si tiene usted…
      —Sí. Tengo todo el tiempo para pasarlo con usted.

      Salió de detrás del mostrador, colgó un letrero en la puerta de la tienda y, una vez en la calle, ofreció su brazo a aquella dama a la que llenó de amor obsoleto e intenso todos los días de su vida. «Agradecidísimo. Cándido», rezaba el cartel.